Política

13-02-2014 15:57 - aniversario

La Ley Sáenz Peña: un pilar de la democracia que llegó con las luchas populares

La Ley Sáenz Peña sigue siendo a 102 años de su aprobación uno de los pilares de la democracia argentina, dado que legisló sobre el carácter secreto y obligatorio del voto y, a partir de las luchas impulsadas por el radicalismo, se llegó a esta norma que dejó atrás varias décadas de elecciones controvertidas en las que primaba el sufragio calificado.

Telam SE
13-02-2014 | 15:57

El primer beneficiario de la reforma electoral de 1912 fue Hipólito Yrigoyen, quien triunfó en los comicios de 1916 gracias a la Ley 8871 sancionada por el presidente Roque Sáenz Peña el 13 febrero de 1912, que en rigor se vio forzado a sancionar la norma por las luchas populares  llevadas adelante por la Unión Cívica Radical.

Si la Ley Sáenz Peña abrió el camino para que el pueblo argentino en su conjunto tuviera acceso pleno al poder por la vía electoral, también activó un período histórico donde las diferencias no se resolvieron mediante el sufragio y el respeto a la voluntad popular, sino con golpes de Estado, a raíz de que ciertos sectores antidemocráticos comprendieron que nunca más llegarían al poder por la vía del voto.

Yrigoyen gobernó la Argentina de 1916 a 1922 y luego volvió a la Casa de Gobierno en 1928. Dos años más tarde, el 6 de septiembre de 1930 ocurriría el primer golpe de Estado, hecho repetido en otras cinco ocasiones durante el curso del siglo XX, el último de los cuales (1976-83) resultó ser el más sanguinario y cuyas secuelas aún sacuden a la sociedad.

La llamada Ley Sáenz Peña, en realidad, fue una reforma política, porque no sólo legisló sobre el alcance del voto, sino que también  aprobó otras dos leyes, que fueron el sustento para que los argentinos pudieran sufragar con libertad y amplitud. La primera de ellas fue la Ley 8129 de Enrolamiento General, sancionada por el Congreso el 4 de julio de 1911; la segunda norma fue la Ley 8130 de Padrón Electoral, sancionada el 19 de julio del mismo año y la tercera fue la de la Reforma Electoral.

Según el libro Historia de las Elecciones en la Argentina, de Hilda Sábato y otros, de Editorial El Ateneo, hasta entonces “el empadronamiento estaba en manos de los municipios y de los jueces de paz, y la inscripción en él era voluntaria, la confección del padrón se prestaba a todo tipo de manipulaciones”.

Sáenz Peña había llegado a la Presidencia de la Nación por el sistema antiguo, pero en su campaña electoral había prometido una reforma electoral, que empezó a cumplir cuando ordenó a su ministro del Interior, Indalecio Gómez, que comenzara a redactar el proyecto que implantaría el “voto secreto y obligatorio”.

Sábato opina que los reformadores de 1912 “creían que existía una fractura entre la sociedad y la política, que debía ser eliminada como condición previa para el desarrollo de una vida política virtuosa”.

Por eso incluyeron el carácter secreto del voto, la obligatoriedad de hacerlo y la representación de la minoría, que hasta ese momento no estaba contemplada.

El voto secreto fue introducido a través de la figura del cuarto oscuro y se convirtió una disposición fundamental de la ley, forma que un siglo después se mantiene vigente y con futuro. La idea de los promotores fue la de evitar que el elector fuera presionado al momento de sufragar, circunstancia que también consagraba el hecho de que el voto constituye un derecho individual esencial.

La condición de voto obligatorio solucionó un aspecto que muchas veces hacía –y hace- perder legitimidad política a los representantes cuando la cantidad de electores son bajos en relación a la población, a los habilitados por el padrón.

En las primeras elecciones del siglo XX, anteriores a 1916, se calcula que sólo concurrieron a las urnas alrededor del 30 por ciento de los electores habilitados, que según Sábato, “representaban entre el 3 y el 4 por ciento de la población” argentina.

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