29/12/2013 resea

Macedonio Fernndez: la vida y la literatura

Macedonio Fernández: la vida y la literatura. Itinerarios y escorzos de una poética de la inexistencia, presenta un estudio original sobre el funcionamiento de la relación literatura-vida en la obra de este autor enfocada desde diversas ópticas, tales como la adscripción a una época, la vinculación con la vanguardia, las nociones de experiencia y comunidad, y la relación de Macedonio con otros escritores, intelectuales o pensadores.

Por Marinela Pionetti

Mónica Bueno parte de una conceptualización sobre la figura del autor moderno y la relación vida/obra constitutiva de su definición para analizar las formas que asume esta función en Macedonio a través de los pares autor/escritor y autor/época. Esto le permite, por un lado, adelantar la hipótesis de que su figura se inserta en la fisura producida entre las nociones que conforman el primer par, en tanto asume formas ficcionales que exasperan su dispositivo y, por otro, proponer una periodización posible para su obra, en la que entra a funcionar el segundo par.
 
Como lo anuncia el subtítulo, la autora descubre puntos claves del itinerario de una escritura signada por la construcción de una poética original, desde los primeros textos de Macedonio Fernández. El estudio parte de los escritos producidos en el Fin de Siglo, continúa con los que se incorporan a la vanguardia de los años veinte, y finaliza con los textos de los años cuarenta. En la periodización propuesta es posible  identificar la presencia de una prehistoria del autor, del escritor y del intelectual. Mónica Bueno propone una mirada aguda que atraviesa sus textos más vanguardistas, y lo hace a la manera del genealogista nietzscheano: busca procedencias y reconoce emergencias de una poética singular en una textualidad compleja. Traza un arco que va desde Papeles antiguos hasta la primera novela buena, Museo de la Novela de la Eterna. Vale destacar la elección de un modo de trabajo particular por parte de la autora, que focaliza un periodo particular de la obra del autor, ilumina zonas en penumbras y permite reconocer cada época como un eslabón fuerte en la cadena interpretativa del pasado. Emplear la metodología del genealogista habilita la identificación de la confluencia de tiempos en un espacio textual preciso, y el reconocimiento del cambio de época en los fragmentarios escritos macedonianos, publicados unos, en su tiempo, algunos, en el nuestro, y otros, aún inéditos.
 
El primero de los cuatro capítulos que conforman el libro está dedicado a la escritura de Macedonio en el Fin de Siglo XIX y a las relaciones establecidas con el campo intelectual de la época a través de escritos en revistas –su lugar predilecto de publicación- y principalmente, en Papeles antiguos. La autora se detiene en esta obra e indaga en sus particularidades genéricas, en la convivencia de la crónica periodística, el artículo de costumbres, el ensayo filosófico y la poesía, que le permiten identificar las disonancias respecto del sistema de creencias hegemónico en esos años. Realiza un análisis minucioso de textos como “La calle Florida”, “Cándido Malasuerte”, “Gatos y tejas”, este último, una crónica en verso que se vuelve metáfora y encierra una parodia y una crítica a las  instituciones sociales. Se detiene en escritos, como “El problema moral”, “Ensayo de una teoría de la psiquis” y teoría atomística”, que instauran la duda como motor de búsqueda de solución a los problemas de época; atacan el sistema de creencias, abordan problemas de la constitución del yo y muestran el germen de la “inexistencia de la vida” al que todo verdadero arte debe apuntar. En el poema “Hay un morir”, Bueno ve un enlace entre la primera etapa de su poesía y su producción de vanguardia a través de la intensificación del trabajo con el lenguaje y la resignificación de motivos en pos de una concepción de la poesía como forma de reflexión filosófica. Se trata de textos que muestran tempranamente los ejes del pensamiento macedoniano y revelan la existencia de una teoría del arte en ciernes que el autor completará hacia la década del veinte. En estos textos la autora identifica un funcionamiento singular de la ironía, a través de la cual Macedonio enmascara su crítica tenaz al presente, al lenguaje, a las ideas de época y donde la mirada actúa como dispositivo de trabajo que convierte al otro en objeto de análisis y habilita el ejercicio de la crítica. El análisis detenido de los poemas y de las estrategias rupturistas puestas a funcionar en ellos iluminan una etapa de su producción  que,  aunque  fragmentaria,  diseminada, dispersa, borrosa, adelanta un Macedonio escritor de una literatura futura.
 
Siguiendo la trayectoria propuesta, en el segundo capítulo la autora se detiene en la relación de Macedonio con la vanguardia de los años veinte, período en que consolida postulados presentes en la producción de Fin de Siglo. Para esto, apunta las particularidades de la vanguardia  y subraya la complejidad del contexto, la división de aguas entre tendencias ideológicas representativas como Boedo y Florida y el vínculo con los “padres” de la literatura argentina, Lugones y Gálvez, principalmente. Este panorama ilumina el lugar disidente en que se sitúa Macedonio. En este tramo,  Papeles de Recienvenido sintetiza los postulados adelantados en los textos de Fin de Siglo y los actualiza en relación con las particularidades contextuales. Macedonio ingresa en la literatura y socava sus cimientos desde adentro, ataca la hegemonía del nombre propio y la relación entre el sujeto y las instituciones. La autora señala como estrategia central de esta operación la instauración de nombres que remiten a un margen: el Bobo, Recienvenido, construyen la paradoja del sujeto y por tanto, desrealiza la figura de autor “instaurándola sólo como una móvil función compleja y variable de un sujeto inestable” (Bueno 2013:96).
 
En el tercer capítulo, dedicado a la relación entre experiencia y novela, la autora introduce una, serie de consideraciones acerca de la relación entre experiencia estética y experiencia literaria, partiendo de las formulaciones sobre experiencia estética de teóricos como Agamben, Adorno y Benjamin para delimitar la noción de experiencia particular en la obra de Macedonio Fernández. Mónica Bueno entiende que la puesta en juego de la vida en una obra es una decisión ética que convierte a la vivencia (Erlebnis) en experiencia (Erfharung), idea sintetizada en la fórmula “la vida puesta en obra”, de manera que la experiencia es definida en un espacio que denomina “vida literaria”. Sobre esta conceptualización, Bueno analiza la radicalización de dicha fórmula en Museo de la novela de la Eterna, su primera novela buena, y parte del cuestionamiento acerca de por qué construye en la novela –género predilecto del realismo- su experimento vanguardista de mayor envergadura. Para esto acude a teorizaciones sobre la novela como las de Bajtín, Lukács, Lubbock , Foster y los ensayos de Henry James, que relaciona, por supuesto, con la teoría de la novela postulada por el propio Macedonio, para quien el mundo inventado en la novela solo tiene sentido si logra un efecto: la construcción por parte del  lector de su propio sentido de experiencia. Así, se instala en un género que postula la representación de la realidad para, desde allí, corroer la creencia en la representación. La forma en Museo apunta a una “desorganización razonada” que moviliza al lector y conforma un nuevo modo de leer el género. El complot de los personajes de la novela contra la Realidad de la ciudad de Buenos Aires es una ficcionalización del complot del propio Macedonio respecto de la tradición literaria: entrar en ella y socavarla desde su interior. La autora sintetiza el análisis de “una novela que no es novela” (Bueno 2013: 181) propuesto en este capítulo parafraseando la concepción de arte de enunciado por Duchamp. La novela provoca en el lector lo mismo que los “preguntadores” colgados en los árboles por  Macedonio: desconcierta, descoloca, provoca la reflexión y constituye así, un “taller de artefactos”.
 
El último capítulo continúa el análisis de la noción de experiencia en la escritura de Macedonio, pero esta vez, en relación con el concepto de comunidad, que remite a la construcción de la primera persona en la novela y su vinculación con los otros. La autora parte de la configuración de la primera persona en Museo como indicador de una heteronomía constitutiva de esta poética, destructora del yo único y a la que Macedonio denomina Autorística. Recupera a Bataille y Blanchot para ingresar en la noción de experiencia comunitaria y acude a las postulaciones de Scheler y Rozitchner, entre otros, sobre la noción de comunidad basada en un principio de solidaridad atravesada por una conciencia política e histórica del contexto. Conciencia que la autora reconoce en el complot de los personajes de la Estancia contra Buenos Aires, contra el esencialismo de la tradición argentina exaltado en las dos primeras décadas del siglo XX. El concepto de experiencia en Macedonio asume nueva forma al definir modos específicos de la vida colectiva y puede pensarse su literatura como el relato del experimento con su existencia y la experiencia con los otros.
 
En el tramo final, dedicado a sus Teorías y a la revista Papeles de Buenos Aires, la autora recupera una serie de reflexiones de Macedonio en torno al Estado, la guerra y su incidencia en la vida social anticipadas en Papeles de Recienvenido y Continuación de la nada. Según ella, Papeles de Buenos Aires constituye un espacio despojado de definiciones y límites, uno de sus intentos vanguardistas que acentúa el alejamiento de la sociedad burguesa. Considerando la preferencia del autor por las publicaciones periódicas o en revistas, Bueno propone una mirada retrospectiva de la participación de Macedonio en este tipo de ediciones durante las décadas previas, tales como sus colaboraciones en Sur. Luego se ocupa de Papeles de Buenos Aires, donde identifica como dispositivo predilecto la diseminación, estrategia que pone a funcionar todos los mecanismos vanguardistas exhibidos en sus obras previas, tales como el humor, el fragmento, la conversación y la convivencia del nombre propio de otros autores con pseudónimos que exasperan dicha categoría. Papeles de Buenos Aires es entonces concreción y efecto. Finalmente incluye, a modo de homenaje y agradecimiento a Adolfo de Obieta, su hijo, albacea, su transcriptor, su cuidadoso heredero, el texto leído por él mismo en la apertura al homenaje a Macedonio realizado en la ciudad de Mar del Plata en el año 1997, titulado “Macedonio en Mar del Plata”.
 
El siguiente apartado se ocupa del par Borges-Macedonio y analiza el vínculo entre ambos a partir de la relación con los jóvenes martinfierristas y del funcionamiento de conceptos análogos tales como la figuración del lector y la relación vida/literatura en sus respectivas obras. Luego, revisa los puntos de contacto entre la escritura vanguardista de Macedonio con la de Mario de Andrade, centrada principalmente en el vínculo con la tradición y los procedimientos que cada uno pone a funcionar en Museo de la Novela de la Eterna y Macunaíma, respectivamente. La tríada Macedonio, Hobbes, y Shopenhauer amplía el panorama de relaciones establecidas por nuestro vanguardista con pensadores extranjeros. En este caso, Bueno alude a las disidencias y el diálogo que mantienen las teorías sobre el Estado, el sujeto y el libre albedrío en estos pensadores, señalando las procedencias del autor de El mundo como representación en las teorías del arte de Macedonio. Por último, dedica un espacio a comentar los “desafíos y riegos” en que se ha visto envuelta la crítica que, recién hacia los años sesenta reconoce la densidad y heterodoxia de las reflexiones de este autor, su concepción del arte y la vida. Bueno recupera la lectura de tres críticos en los que reconoce un mérito fundacional sobre los escritos de Macedonio, en tanto han dado un paso adelante respecto de las lecturas previas. Ellos son Ana María Barrenechea en “Macedonio Fernández y su humorismo de la nada”, Noé Jitrik en “La novela futura de Macedonio Fernández” y César Fernández Moreno en “El existidor”, quienes se animan a ingresar en la textualidad de sus escritos y sortear los problemas epistemológicos surgidos de una lectura tradicional de la literatura. Con esta última lectura, la autora muestra una “zona de riesgo” en la que estos críticos entran para quitar el lastre de sujeto “raro”   e intentar un paso más en la comprensión de la compleja producción macedoniana. La elección de finalizar el libro con el análisis “arriesgado” de estos críticos vale como evidencia de lecturas emergentes que “fundan (…) una comunidad que se despliega secreta y dialógica, que es también una arquitectura y una ética” (Bueno 2013: 291)