Cultura

23-08-2013 17:53 - Julián López

La memoria después de la memoria

La violencia de los 70 en Argentina como marco, el detalle como registro y la voz del hijo de una madre sola como protagonista son las piezas visibles de la novela Una muchacha muy bella, donde el escritor Julián López suelta indicios de una relación profunda, de una marca generacional y de sucesos atravesados por la experiencia social, y tremenda de una época.

Por Leticia Pogoriles
Por Leticia Pogoriles
23-08-2013 | 17:53

Con la poesía al servicio de la prosa, López (Buenos Aires, 1965)  escribió una historia mínima en el magma de un país en su hora más oscura. La madre es la figura omnipresente que lucha silenciosa y el autor entrega con detalles -la pulsión de este relato- un perfil cariñoso y sensual de esa mujer que tendrá el destino del secuestro o la muerte. Todo logrado sin caer en golpes bajos o en una atmósfera irrespirable. 
 
Un ice cream soda en la Casa Suiza, el humo de los 43/70, una cena de salchichas frías, paseos por el Botánico, la imagen de la cubierta de "El varón domado", la alegría del topolino o el cabello negro de mamá se imponen con candor y fiereza a la posibilidad de una amenaza de bomba en la escuela, a la palabra picana, al llanto perturbador en la soledad del sillón.
 
Una muchacha muy bella (Eterna Cadencia) es la primera novela de López, quien ya ha publicado el libro de poemas Bienamado, además de ser codirector del ciclo literario Carne Argentina. Quería construir un vínculo y no hacer una novela ideológica, define en diálogo con Télam.
 
López vivió su infancia en los 70, siendo un niño respiró la violencia de esos años, perdió a su madre aún pequeño -aunque no en manos de la dictadura- y supo congelar en su memoria momentos que pintan un imaginario colectivo. El núcleo de esta novela le dio vueltas durante años, recién ahora sale a luz y así lo cuenta a Télam.
 

Telam SE
- Télam: ¿Qué quisiste expresar con este libro?
- López: Me interesaba hablar de la memoria después de los juicios. Este libro no podría haber sido escrito si no hubiera habido justicia y condenas. El desafío era hablar de la memoria tratando de sortear el discurso institucional pegado a los organismos y proponer ver más allá.
 
- T: El narrador es y no es un niño ¿cómo lo construiste?
- JL: Se impuso, la cuestión era cómo cuidar esa voz, cómo dejar que se manifestara y se hiciera dueña del libro. Es una voz hegemónica, es un chico puesto en el lugar del padre, entendiendo a su madre, a un universo y a un momento del mundo muy tremendo.
 
Es un chico puesto a sobreentender la vida que le toca, que es en absoluta soledad con su madre, una mujer atravesada por su momento histórico y muy tironeada entre el amor a la vida y a su hijo y su obligación ideológica.
 
- T: Y la ausencia paterna, ¿fue una decisión?
- JL: Es el gran desaparecido y lo construí a propósito, es la ausencia de ley y marco. Una mujer con su hijo en un mundo de mucha soledad, en algún sentido puede ser una metáfora de los 70.
 
-T: Si bien no es autobiográfico, ¿qué experiencias personales recayeron en este libro?
-JL: No es autobiográfico, pero a la vez sí. La reconstrucción de esa infancia es mía. A mí no me pasó eso, pero sí a gente cercana. En algún sentido, esa violencia me pasó a mí. Quería narrar una respiración de la violencia constante sin nombrarla.
 
-T: Sin embargo, hay un pulso inocente y tierno...
-JL: Mi madre murió cuando era chico y era inevitable que escribiera esto. Me tomé muchos años para acercarme a la idea de una novela que juntara ese caudal autobiográfico con lo que quería decir sobre la memoria. También me interesaba que hubiese mucha sensualidad y vitalidad en esa relación entre madre e hijo. Por eso la lectura, las comidas, las golosinas. Quería construir un vínculo y no hacer una novela ideológica.
 
- T: ¿Qué huellas ve en la generación que vivió su infancia en los 70?
- JL: Es tremendo, lo que viene después es la masacre. Por un lado, hay algo muy vital, de siempre intentar recuperar y reponerse; por otro, algo muy cristalizado: el mundo no es más, ni hay posibilidades de esos sueños. La generación de la madre es una generación masacrada y los hijos, son gente nutrida por una masacre y por el silencio más atroz.
 
- T: La infancia, ¿Qué te dejó?
- JL: Es una paradoja. Yo la pasé como el `orto`, pero también es el terreno de la amistad y no hay cosa más extraordinaria. Me acostaba pensando en la oferta de la amistad del día por venir. Si la vida era una mierda, estaba mi amigo Luis.
 
Cuando uno es adulto cambia la calidad y la cualidad de la amistad porque ese nivel de intimidad emocional y espiritual es una patria única de la infancia. Algo de eso siempre se busca, es un paraíso perdido.
 
- T: ¿Tuviste reparos para escribir sobre los 70 como época?
 
- JL: Me aventuraba a escribir de un tema y tenía el fantasma que podía enojar, pero no tenía que ser fiel a nada, más que a mi ficción. Traté de ser cuidadoso con el lenguaje porque quería hablar de la memoria en términos de la fascinación de la violencia  y no contar cualquier cosa. Fue una década en la que la violencia era una valor naturalizado.
 
- T: ¿Cuál es el peso de la memoria en la vida de alguien?
- JL: El libro de alguna forma propone que uno tiene que buscar su vida afuera de lo que el Estado le pueda hacer, que es lo más espantoso. Después viene la reparación, pero hay violencias que  en algún punto se siguen consumando. En todo caso, uno tiene que defender su individualidad para seguir peleando por eso.
 
La memoria no puede ser un guión absoluto de tu vida, sino un significado nuevo para el presente. El discurso sólo de la memoria no alcanza, por eso, el de la reparación es fundamental. Hasta que no hay reparación, no se puede hacer demasiado.
 
- T: ¿Este libro fue parte de tu reparación?
JL: Si, está siendo reparador. Trajo enorme felicidad y a la vez fue doloroso porque era muy fuerte escribir eso y a veces tenía que parar. Pero, me trajo muchos amigos.

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