26/06/2013 Juan Pablo Bertazza

Quieto en la orilla, de Marcos Bertorello

Uno de los rasgos más claros de los jóvenes narradores argentinos es que, en lugar de aseverar, dudan: subjuntivos, condicionales, rodeos, conjeturas, equívocos y reflexiones se muestran a la orden del día.

Por Juan Pablo Bertazza

A propósito de dudas, Quieto en la orilla es la primera novela o nouvelle de Marcos Bertorello, escritor y psicoanalista nacido en 1970 en Buenos Aires, que ya había publicado el libro de relatos Porno y los textos intrusos de Rokerito. La de Quieto en la orilla es una escritura egocéntrica que carece de narcisismo, una escritura que, en efecto, se hace sentir a sí misma incómoda, débil, insegura. También ostenta un discurso profundo en tanto trabaja a distintos niveles: no es una línea recta sino una especie de parábola que arranca, se detiene, vuelve atrás, lo intenta de nuevo y vuelve a empezar de cero. La entonación de Marcos Bertorello es, en definitiva, dubitativa, sinuosa y dilemática.
 
Lo mismo sucede con su protagonista El Guerrillero, clara referencia a
 
Roberto Quieto, cuyo nombre completo era Roberto Jorge Quieto y a quien se lo conocía por el apodo de Negro. Nacido en Buenos Aires, el 30 de enero de 1938 y secuestrado en 1975 en la localidad de Martínez, Quieto continúa hasta la fecha en situación de desaparecido. Fue fundador y líder de la organización Fuerzas Armadas Revolucionarias que luego se fusionaría con la conducción nacional de Montoneros.
 
El dilema que trabaja Bertorello entre historia y ficción se replica en otro dilema que, inmediatamente, incorpora la figura de Roberto Quieto, y es qué hacer con la información sobre la organización brindada por aquellos militantes que se encuentran en situación de tortura. Luego de ser detenido por primera vez, Quieto fue enviado a la cárcel de Rawson de la que se fugó junto con otros detenidos dirigiéndose al extranjero. Regresó luego al país y vivió en la clandestinidad hasta su secuestro. Al mes del hecho, la organización a la que pertenecía lo calificó de traidor y lo condenó a muerte a causa de una serie de ataques que sufrió la organización a partir de una logística que solo se pudo haber puesto en práctica gracias a los datos supuestamente entregados por Roberto Quieto.
 
Otra relación importante que se profundiza en los distintos planos de la novela tiene que ver con las resonancias del apellido del dirigente Montonero. En ese sentido, el título Quieto en la orilla refiere tanto al nombre del dirigente montonero como así también a la quietud del personaje a la hora de ser apresado por el grupo de paramilitares que fueron a secuestrarlo al río: “quedarse quieto, mirando la nada, como abstraído o preocupado, al lado del río, en una playa en Vicente López”.
 
Los personajes de Quieto en la orilla aparecen divididos entre militares, por un lado, y hombres y mujeres, por el otro, que se dedican a la ciencia, la crítica, el arte, la política y la militancia. Mientras los militares son los que no dudan, los que actúan como autómatas, los demás se caracterizan por vivir en permanente contradicción y a merced de dilemas. Esas contradicciones, que tienen que ver con la propia naturaleza elusiva del deseo, vuelven imposible, por ejemplo, la elección entre dos mujeres, entre dos formas de vida, entre la política y el instinto de supervivencia, entre la fidelidad y la felicidad.
 
El Guerrillero vendría a representar el clímax de ese dilema, de esa incertidumbre; pero ahora no sólo a nivel discursivo. La contradicción atraviesa su ser, existe una especie de escisión entre lo que él realmente es y lo que trata de mostrar a los otros con el objetivo de lograr sus metas: “El Guerrillero te miró. Vos pensaste: qué tipo decidido. Y algo de su mirada (una mirada que simulaba no tener dudas, pero que al mismo tiempo parecía triste y desesperada) te hizo darte cuenta de que lo mejor sería irte”.
 
En el caso de Nicolás, el hijo del Guerrillero, esa condición hereditaria se intensifica aún más: ese dilema lo preescribe, lo escribe antes que el pueda escribir su propia historia, es inherente a su identidad, está inscripto en su gen. Es un doble dilema que lo atraviesa: está el dilema de no poder dilucidar si su papá, en el momento cúlmine del secuestro, “o estaba esperando que lo apresaran, o se sentía tan derrotado que no hizo más que entregarse”. La otra cara del mismo dilema tiene que ver con que lo que Nicolás vio lo vio tan de chico que no lo puede recordar a ciencia cierta, pero lo puede recordar a partir de la ficción, gracias a la dudosa posibilidad de completar como sea, como pueda, las baldosas flojas de la memoria.
 
Claramente, la voz narrativa se identifica con el campo de quienes dudan, de quienes aceptan sus contradicciones aun cuando no puedan o no se encuentren en condiciones de trascenderla. Esa toma de posición explica que la entonación tan insegura de Quieto en la orilla sea, paradójicamente, lo más firme de esta obra porque constituye una especie de ancla que remite al momento histórico y social al que refiere. Es una obra que se hace carne, que expone un rasgo fundamental, identificatorio de su generación.
 
Quieto en la orilla es hija de esa incertidumbre, de esa duda que preescribe esta novela. No intentar borrarla y, por el contrario, crear una especie de palimpsesto –tal como sucede con las personas, en tanto somos una sumatoria de deseos propios y ajenos—constituyó una manera sumamente eficaz de exponer esa duda en todo su esplendor.
 
Es decir, con toda seguridad.