Miguel Grinberg
Durante el último cuarto de siglo, el 24 por ciento de la superficie terrestre del planeta sufrió una disminución en suproductividad como consecuencia de una insostenible utilización de los suelos, afirma el Anuario 2012 del Programa Ambiental de
Naciones Unidas (PNUMA).
Las evaluaciones expuestas por este nuevo documento ecológico indican que algunos tipos de agricultura convencional intensiva ya están provocando índices de erosión de los suelos alrededor de cien veces mayores que las tasas con las que la naturaleza puede formar suelo en primera instancia.
Achim Steiner, subsecretario general de la ONU y director ejecutivo del PNUMA, afirma en su prólogo al documento que "la delgada capa de suelo que cubre la superficie terrestre es a menudo uno de los ecosistemas olvidados, pero constituye el más importante para la sobrevivencia futura de la humanidad".
En ese sentido, el funcionario resalta que el metro superior del suelo sustenta la agricultura, sostiene los bosques, los pastizales y las praderas que a su vez genera las condiciones para la salud y la viabilidad de muchas de las especies vegetales y animales del globo.
Añade que "ese metro de superficie también almacena tres veces más carbono que el contenido por la atmósfera, de modo que la alteración de los usos de la tierra está detonando dramáticas pérdidas de los mantillos, los nutrientes y el carbono allí acumulados."
El profesor Steiner manifestó que el Anuario 2012 incluye otro tema relevante que podría parecer desconectado y distante del asunto principal del estudio: el desmantelamiento de antiguas usinas atómicas que ya cumplieron su ciclo de utilidad.
Ese desmantelamiento o "decomisión" (puesta fuera de servicio) es señalado por el PNUMA como un problema ecológico emergente, dado que existe en el mundo una gran cantidad de reactores nucleares que están llegando al final de su trayectoria.
A la vez, las tendencias agrícolas sugieren que sin cambios en la manera de gestionar la tierra, en el 2030 más del 20 por ciento de hábitats terrestres como los bosques, las turberas y los pastizales, en los países en desarrollo se convertirían en simples tierras de cultivo, con pérdidas agravantes de los servicios vitales prestados por los ecosistemas y la biodiversidad.
El Anuario 2012 cita las políticas de siembra directa practicadas por algunos países, y ofrece como estudios ilustrativos de caso a la Argentina y el Brasil, que se eso modo contribuyen a preservar el carbono del suelo y otros beneficios de amplio alcance.
Los suelos albergan enormes cantidades de carbono en la forma de materia orgánica que a su vez se enlaza con los nutrientes necesarios para el crecimiento de las plantas y que a la vez permite que la lluvia penetre hacia los acuíferos subterráneos.
Al respecto, el Anuario remarca que "en Argentina se han logrado significativos incrementos del carbono de los suelos debido a la práctica de la sembra directa practicada por los agricultores, lo cual aporta beneficios complementarios como la retención del agua, su infiltración y la prevención de la erosión."
Los análisis efectuados por los expertos estiman que desde el siglo XIX, alrededor del 60 por ciento del carbono terrestreacumulado en los suelos y en la vegetación se ha perdido como consecuencia de cambios en el uso de la tierra, tanto por el desmonte de las tierras para la agricultura como para la construcción de ciudades.
A fin de ilustrar el proceso, los expertos del PNUMA señalan que el metro de mantillo que cubre los suelos de la tierra contienen unas 2.200 gigatoneladas de carbono, que equivalen a tres veces del nivel actual de carbono presente en la atmósfera.
El Anuario 2012 será presentado durante la 12 ª Sesión Especial del Consejo de Administración del PNUMA, que se celebrará del 20 al 22 febrero en la sede principal del organismo en Nairobi, Kenia.
Durante ese período extraordinario de sesiones, las consultas ministeriales estarán centradas en cuestiones de políticas ambientales que surgen en el marco del temario general de "La agenda ambiental en el mundo cambiante: de Estocolmo (1972) a Río de Janeiro (2012)".
Se sabe que cumplida su etapa productiva, la propia estructura de las usinas atómicas se convierte en un "desecho radiactivo" y el aislamiento seguro de los componentes desmantelados pasa a tomar una gran relevancia ambiental, dada la larga vida de algunos materiales que exigen rigurosos sistemas de aislación.
Steiner dijo al respecto que "que es preciso clarificar anticipadamente el momento de clausura de las centrales obsoletas, sin perder de vista la provisión de fondos específicos para ello, el entrenamiento de personal especializado, la manipulación de la chatarra radioactiva y el destino final de los materiales implicados".