19/11/2019 estreno

Miguel Mato propone "una experiencia sensorial" a partir de los pueblos originarios

El cineasta estrena "Apurimac", un documental que refleja a través de la óptica de cuatro comunidades la experiencia que estas tienen con su tierra y sus creencias.

El realizador Miguel Mato estrena este jueves en salas locales “Apurimac” , documental en el que propone “una experiencia sensorial que permita al espectador conectar con la naturaleza y con lo que sucede en lugares remotos, fuera de las grandes urbes”.

El filme acompaña a cuatro comunidades con varios siglos de historia en medio de la cordillera peruana unidas por un ritual ancestral, como es la renovación del Q`eswachaca, el único puente inca que se conserva en Perú y que cruza el río Apurimac.

“La ceremonia de reconstrucción del puente se convirtió en una excusa, desde el principio quería poder realizar un documental sensorial que sumergiera al espectador en un lugar diferente al habitual, que no lo saturara con información y que esto permitiera llevarlo a un viaje de sensaciones”, confesó Mato en una entrevista con Télam.

El realizador de “Yo, Sandro. La película”, explicó que para lograr este objetivo no utilizó un relator en off, por ejemplo, sino simplemente una cámara que acompañara la vida cotidiana de estas poblaciones que transitan la vida de otra manera, con espacios para los encuentros comunitarios, la contemplación de la naturaleza y el uso de ella de forma lógica y sustentable.

“De esta manera buscamos que el espectador se sumerja más libremente en la propuesta y tenga espacios de reflexión sobre cómo vivimos en las ciudades, sin tiempo ni espacio para ver al otro”, reflexionó Mato.

Télam: ¿Cómo surgió el proyecto?

Miguel Mato: En el año 1976, estando en Perú, me enteré de la existencia de este puente colgante que se confeccionaba tejiendo a partir del trabajo comunitario entre distintas comunidades. En aquel entonces no estaba vinculado en forma activa al cine, pero con el correr de los años y ya habiendo dirigido muchos documentales, volvió a mi memoria el puente de Q´eswachaca. Creo que frente a un momento en el cual se privilegia, incentiva y estimula el logro individual por encima de lo colectivo, el poder rescatar el trabajo en comunidad en pos de un bien común me lo devolvió y a partir de allí, en forma obsesiva, comencé a investigar sobre la “minga” (trabajo comunitario) y en ese momento me enteré que era el último puente colgante Inca lo cual lo tornó más atractivo aún.

T: ¿Cómo fue la experiencia del rodaje con las comunidades y esa geografía?
MM: A partir de varios viajes en los que se entabló el contacto con las cuatro comunidades y con sus respectivas autoridades, el relato comenzó a cobrar forma. Lo siguiente fue pensar cómo lograr la aceptación de ellos para ser filmados y poder acompañarlos en lo cotidiano hasta llegar a la construcción del puente que se realiza en tres días, pero que nosotros acompañamos durante 30 en la cordillera peruana. Filmamos en la región de Quehue, donde participaron las comunidades Qollanaquehue, Chaupibanda, Choccayhua y Huinchiri. El rodaje fue complejo por un lado en cuanto al esfuerzo físico del equipo, ya que estábamos a alturas que iban de los 3.800 a los 4.200 metros y, salvo una de las personas del equipo que es cuzqueño, los demás teníamos que batallar físicamente con la altura; y por otro lado la geografía y las distancias. A veces viajábamos cuatro horas para poder hacer una toma que podía incluir trepar laderas. El apunamiento es como tu sombra, te persigue todo el tiempo y lo sentís en el cuerpo.

T: ¿Qué tuvo en cuenta para lograr la confianza de estas comunidades?
MM: Dadas las características del proyecto y la necesidad de alterar lo menos posible la vida cotidiana de las comunidades, pensé en un equipo reducido. Eso nos permitió en el día a día que nos fueran aceptando de manera tal que pudiéramos contar lo que queríamos y, por su puesto, lo que ellos querían contar. De hecho tuvimos el privilegio de que nos invitaran a filmar una ceremonia nocturna de permiso a los Apus que nunca antes se había filmado.

T: ¿Qué elementos cinematográficos utilizó para el planteo narrativo?
MM: Una de las decisiones fue la elección del equipo, conformado por dos peruanos, un boliviano y tres argentinos, lo que intuía nos daría una sinergia a partir de las diferentes miradas, cosa que efectivamente sucedió, y eso enriqueció la película. Desde la búsqueda de los encuadres y el cuidado en la fotografía a la composición de una banda sonora, que acompaña y sensibiliza pero no interfiere, partiendo del precepto que no quería la asociación inmediata a los clásicos sonidos del altiplano, de allí que la construyéramos a partir de bowls tibetanos, ocarinas, percusión y sonidos registrados durante el rodaje.