22/06/2018 Literatura

El Libro de la Semana: "Arte duty free", de Hito Steyerl

La ensayista Graciela Speranza analiza el crítico y punzante ensayo sobre el estado del arte contemporáneo en el capitalismo tardío de Hito Steyerl, la videoartista y ensayista alemana publicado recientemente por Caja Negra.

Por Graciela Speranza

A poco de comenzar "Arte Duty Free", el ensayo que da título a su último libro, la videoartista y ensayista alemana Hito Steyerl resume las condiciones de posibilidad del arte de hoy en una lista demoledora: "El arte contemporáneo es posible gracias al capitalismo neoliberal, además de Internet, las bienales, las ferias de arte, las historias paralelas emergentes y las crecientes desigualdades de los ingresos. Sumemos a esta lista la guerra simétrica -una de las razones de las enormes redistribuciones de riquezas-, la especulación de bienes raíces, la evasión fiscal, el lavado de dinero y los mercados financieros desregulados."

La enumeración ilustra bien el carácter frontal de las intervenciones críticas de Steyerl, presentadas con un tono por lo general crispado y urgente, y una cuota de humor ácido que ya es una marca de estilo de sus videos. La voluntad firme de buscar fisuras en las redes del poder global que amenazan convertir al arte en mera inversión rentable le han dado un lugar único entre artistas y pensadores contemporáneos, pero también sus documentadas especulaciones sobre los nuevos desafíos del mundo digital, que conocíamos desde su primera colección de ensayos publicada en español, "Los condenados de la pantalla" (2014).

Primera en la lista de las cien figuras más influyentes del arte en 2017 de la revista británica ArtReview (seguida por Pierre Huyghe y Donna Haraway), Steyerl ha conseguido ocupar espacios altamente visibles de la escena artística (la Bienal de Venecia, la dOCUMENTA de Kassel, el ICA de Londres o el Museo Reina Sofía) y convertirlos en plataformas para lanzar sus dardos críticos, repartidos entre sus videoinstalaciones, sus conferencias performáticas y sus artículos en revistas. Es el caso de "Arte Duty Free", una investigación audaz sobre los espacios de almacenamiento de arte en puertos libres afinada en sucesivas presentaciones en Nueva York, Doha y Moscú, ejemplo claro de la personalísima mezcla de montaje documental, teoría, ficción e imaginación aforística que define sus ensayos. Todo un síntoma, asegura Steyerl, los grandes almacenes de arte libre de impuestos ocultos en galpones industriales de Ginebra o Luxemburgo se han convertido en los centros más activos del arte de hoy, reverso distópico de las bienales, paraísos fiscales en los que las obras son trasladadas de una sala a otra una vez vendidas, inaccesibles, exiliadas en una lujosa tierra de nadie. Creados según un modelo institucional de exención impositiva y extraterritorialidad táctica, esconden suficiente arte como para poblar uno de los museos más grandes del mundo y probablemente cientos de Picassos: "Es el museo de la era de Internet, pero un museo de la dark-net, donde el movimiento es oscurecido y el paisaje es poco claro".

Pero para completar el diagnóstico y ahondar en el desquicio espacial y temporal del arte de nuestro tiempo, Steyerl confronta los grandes almacenes off-shore con la Sala Municipal de Arte de Diyarbakir, Turquía, que en setiembre de 2014 suspendió una muestra sobre las consecuencias del genocidio para albergar a más de doscientos refugiados yihadistas. El montaje se faceta con gráficos, fotos, documentos comprometedores de WikiLeaks, y hasta una aparición del filósofo Peter Osborne, que se le cuela en un sueño para corroborar su argumento como McLuhan en el film de Woody Allen. El panorama es sombrío e invita a redoblar la apuesta. Ya que se trata de un arte duty free ¿por qué no llevar la propuesta a sus últimas consecuencias y liberar literalmente al arte de todas sus obligaciones, su necesidad de actuar, representar, enseñar, encarnar valores? ¿Por qué no recuperar la maltrecha idea de "autonomía artística" y adecuarla a las actuales condiciones de producción? ¿Por qué no librar a los estudiantes de arte de sus cargas, a los artistas de los Estados-Naciones y a las obras de sus autores y sus propietarios? No parece muy sencillo pero no más difícil que construir "museos extraterritoriales" o convertir salas de arte en campos de refugiados, y seguramente menos absurdo que almacenar arte para que nunca pueda ser visto.

Internet, previsiblemente, es el blanco recurrente de muchos de los ensayos. En "¿Internet está muerta?" la consideración sobre el fin de la utopía informática es amplia, pero en otros artículos o conferencias Steyerl ciñe el foco a alguno de los nuevos fenómenos nacidos a la luz de las pantallas: la sobrecarga digital y la mezcla indiscernible de datos y ruido, la fotografía computacional, los bots y la política posrepresentacional, el Spam y los desechos digitales, los fraudes por correspondencia, la impresión 3D y las réplicas materiales. Lejos de estar muerta, concluye Steyerl, Internet avanza y se expande off line.

Cierto que con su promesa de un nuevo espacio plural y multicultural congregado en la esfera pública electrónica la cibercultura alentó la última utopía del siglo XX, pero la ilusión se desvaneció muy pronto; la revolución digital aceleró las comunicaciones y el acceso a la información a un ritmo sin precedentes, pero contribuyó al mismo tiempo a desmaterializar el contacto, descorporizar los lazos sociales, multiplicar el consumo y el control. Internet está ahora vigilada, "monopolizada y esterilizada por el sentido común, el copyright, el control y el conformismo". No está muerta sino "muerta en vida" y está en todas partes. El mapa de la web ya no solo coincide con el mapa real como en el imperio de la ficción borgeana y en el Passaic de Robert Smithson, sino que lo excede en la Internet de las cosas y en el mundo de imágenes posproducidas que desbordan los dispositivos y las nubes de datos en un "circulacionismo" desenfrenado. Las grandes ilusiones que alentó la web se fueron disipando en una mezcla de recelo y desesperanza que Steyerl resume en un aforismo certero: "Internet engendró a Über y a Amazon, no la Comuna de París". Pero otra vez: si el copyright puede ser evadido, ¿por qué no podría ocurrir lo mismo con la propiedad privada? "¿Por qué reclamar acceso abierto solo a JSTOR y no al MIT, o cualquier escuela, hospital o universidad?".

No se trata en cualquier caso de sumarse a las huestes de los tecnófobos sino de desnaturalizar hábitos, gestos y usos, cambiar la lente con que se observan los fenómenos. Steyerl analiza las estafas por mail como versión contemporánea del melodrama, los lee a la luz de la teoría de Austin de los actos de habla, y ve en el collage de lenguajes intervenidos por máquinas traductoras la lingua franca de un mundo futuro. La impresión 3D capaz de ripear la realidad, a su vez, invita a volver al pliegue deleuziano y a recuperar y actualizar las consideraciones de George Simmel y Siegfried Kracauer sobre las superficies como expresión inmediata del inconsciente social.

Queda claro finalmente que no son tiempos fáciles para el arte, vuelto cómplice de transacciones oscuras o moneda alternativa a la par de los bitcoins. "Muchos anhelan grandes cambios: algunos porque el sistema es inútil, dañino o exclusivo, pero muchos más porque desean ingresar en él". Pero conviene tomar recaudos: el resentimiento y la indignación suelen anidar en las elites conservadoras, prestas a relanzar los estereotipos del "arte degenerado". Steyerl acaba por revisitar un camino conocido con las nuevas herramientas y alentar una autonomía de nuevo cuño que, a diferencia del aislamiento elitista de la autonomía modernista, trame redes subterráneas genuinas. Como a lo largo de gran parte de la historia del arte, los artistas pueden subsistir optando por esquemas de ingresos mixtos que generen fondos para la realización artística y los liberen del patrocinio mortificante de Estados, fundaciones, mecenas y corporaciones. En un sistema completamente manipulado, el arte también puede ser una moneda de reserva.