18/05/2018 Libros

El Libro de la Semana: "Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos", de Eugenio Baroncelli

Entre las sesenta semblanzas que el autor italiano bosquejó en su libro, sobresalen las de Franz Kafka, Marina Tsvietáieva, Tólstoi, Sylvia Plath, Raymond Roussel.

Por Damin Tabarovsky

La primera frase de la reseña de Luis Chitarroni, en Ñ, a "Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos", de Eugenio Baroncelli, dice así: “La literatura es el arte de salvar vidas perdiéndolas en un obituario”. Es una gran sentencia, que dice mucho del autor del libro y del autor de la reseña. Al fin y al cabo, el texto de Baroncelli es un conjunto de siluetas, género en el que Chitarroni es, al mismo tiempo, su máximo maestro y su máximo discípulo. ¿En la herencia de quién escribe Chitarroni sus "Siluetas" y Baroncelli sus "Doscientas sesenta y siete vidas..."? De Borges. Se dirá: no. No es Borges, es Marcel Schwob. Sí, por supuesto, en orden cronológico primero están las vidas imaginarias de Marcel Schwob. Pero todos conocimos a Schwob por Borges. Y no me cabe duda de que Baroncelli también. De hecho, podría haber indagado esa afirmación en entrevistas y reportajes, podría haberle preguntado a su editor, a su traductor o a él mismo, pero no vale pena. El efecto Borges no necesita verificación alguna. Es así. Como una imposición. Un acto.

Por lo tanto, la pregunta detrás de las siluetas de Baroncelli es qué hacer con Borges. Cómo escribir en esa estela sin repetir lo repetido una y otra vez, sin hacer lo hecho una y otra vez. El método de Baroncelli opera por pequeños desvíos. La lectura de una tras otra de las doscientos sesenta y siete minibiografías genera un efecto de acumulación irónico. Ironía que recae tanto sobre los personajes elegidos, como sobre la propia tradición en la que el libro se inscribe. Baroncelli juega con Borges y con Schwob, pero también con Giorgio Manganelli -la pata italiana de esta historia- como un malabarista distraído. A veces se le cae la pelotita -obviamente los doscientos sesenta y siete textos son desparejos- pero poco importa. Importa el gesto de estar ahí, informando que se puede seguir escribiendo sobre vidas con gracia, elegancia y solvencia, sin necesidad de recurrir más que a la imaginación, a la erudición y a un buen editor (como Sellerio en el original italiano, y Periférica, en la edición en castellano, por cierto muy bien traducida por Natalia Zarco).

Baroncelli acierta todo el tiempo con frases punzantes y casi definitivas. Veamos una. Está en la entrada “Dora Markovich, musa del siglo breve”, es decir, de Dora Maar, nacida en la Argentina en 1907, luego inmersa en la París de vanguardia. Amante de Bataille, Éluard y Lacan, lo fue también de Picasso. Y allí Baroncelli afirma: “Se hablaban en español como dos conspiradores”. La lengua extranjera -el castellano en medio del francés- como una potencial conspiración, un complot, un caso de paranoia secreta (por esos años Lacan escribía “De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad”, su libro pre-freudiano, influenciado por Dalí y el surrealismo). Todo en Baroncelli funciona de ese modo: una frase aguda sobre un personaje puntual dispara, como la punta de un iceberg, sin decirlo pero señalándolo como un deíctico, una trama de hechos, argumentos, historias y escenas que van mucho más allá del personaje biografiado.

Sobre Elizabeth Bishop dice: “De vuelta a Boston para envejecer, observó que los recuerdos de infancia son los horóscopos de un destino ya vivido”. Antes Bishop le había pedido a Robert Lowel que “cuando escribas mi epitafio, di que he sido la persona más sola del mundo” (Baroncelli agrega que Bishop tuvo “la desgracia” de sobrevivir a Lowel). En el apartado dedicado a “Mexicanos” (que comienza con un epígrafe de Borges, claramente de más: aquí el truco se vuelve redundante), elije a Pancho Villa para decir dos cosas. Una: “Vivió cuarenta y cinco años, pero con tanta prisa que parecieron seis o siete, los de un niño.” Otra: “Aunque únicamente tenía una, perdió la cabeza dos veces: la primera en vida, por María Conesa, cantante deslumbrante, que lo rechazó, y la segunda ya muerto, cuando alguien, profanando la tumba, se la separó del cuerpo y se la llevó”. A Marina Tsvietáieva la introduce con una cita atribuida a la propia poeta: “Yo no quiero morir, lo que quiero es no existir”.

Antes hay otra cita, ahora de Roland Barthes: “Ninguna novela (pero mucho romance)”. Yo recordaba otra cita de Barthes parecida, en la misma dirección: “Es lo novelesco sin la novela”. Evidentemente es el proyecto de “Fragmentos de un discurso amoroso”, bien lejano al libro de Baroncelli. Pero el atractivo de “Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos” reside en reformular esa idea, y convertirla algo así como los personajes sin la novela. Como si el libro fuese un formidable catálogo de vidas transformadas en personajes a la espera de una trama, una historia, un desenlace. Un manual en estado de disponibilidad. Pero también en estado de trampa: tomar algunos de esos perfiles para transformarlos realmente en personajes, para escribir una novela o un cuento llevaría inevitablemente al fracaso. Nadie debería caer en la trampa de Baroncelli. Porque el encanto de su libro -y el suyo es un libro encantador si los hay- reside en dejar a las vidas allí, en esa tumba sin sosiego que es “Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos".