20/12/2017 opinin

Los nudos estratgicos del gobierno de Piera

Sobre cuáles serán los desafíos de la presidencia de Sebastián Piñera en Chile opinó para Télam Marcelo Mella Polanco, cientista político de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago de Chile.

Marcelo Mella Polanco

Por Marcelo Mella Polanco

La victoria inesperadamente amplia de Sebastián Piñera en la segunda vuelta el pasado domingo 17 de diciembre, ratifica que los desafíos electorales son diferentes a los desafíos de un buen gobierno. A pesar de la victoria rotunda del candidato de Chile Vamos que se expresó en casi diez puntos porcentuales de diferencia con el candidato de la Nueva Mayoría y en sendos triunfos en regiones emblemáticas como Valparaíso (52,21%), la región del Bio Bio (58,52%) y la Araucanía (62,40%); desde el día siguiente, se empezó a configurar un nuevo puzzle para la gestión política del futuro gobierno de la coalición de derecha.

En esta perspectiva distinguimos tres dilemas que el gobierno de Piñera deberá resolver en los próximos meses para fortalecer su capacidad de agencia y asegurar una gestión gubernamental efectiva y legítima.

Primero, el presidente electo deberá articular una relación efectiva entre el ejecutivo y el legislativo en un contexto caracterizado por la división y una mayor fragmentación del congreso después de las elecciones del 19 de noviembre. Los resultados de las elecciones arrojan como coalición parlamentaria un contingente cercano al 48% en cámara baja lo que si bien deja al gobierno ad portas de la mayoría absoluta, todavía constituye una correlación insuficiente para garantizar los quorum calificados y supermayorias necesarias para gestionar reformas relevantes. Esto significa que para impulsar políticas Piñera estará obligado a negociar con sectores de la oposición y por tanto, a la búsqueda de puentes con los parlamentarios de la Democracia Cristiana, que a la postre puede convertirse en la formula decisiva para viabilizar las políticas sectoriales priorizadas por el futuro gobierno.

Además, se debe agregar la tendencia a una sostenida y creciente fragmentación del congreso chileno que eleva sistemáticamente los costos de construcción de acuerdos para el ejecutivo durante el período 1990 a 2017. Observando el número efectivo de partidos (NEP) como índice de fragmentación del sistema de partidos chileno (calculado según fórmula de Laakso y Taagepera) se aprecia que el NEP aumentó en Chile desde 5,3 partidos en el gobierno de Patricio Aylwin a 6,2 partidos durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet y 7,7 para la administración de Sebastián Piñera desde marzo de 2018. Sin ser un fenómeno mecánico se puede concluir que el segundo gobierno de Piñera tendrá la mayor fragmentación partidaria desde la recuperación de la democracia, tendencia incrementada por el cambio en la fórmula electoral en el 2015. Producto de este nuevo sistema, el total de partidos con representación en el Congreso subió de 9 partidos en 2013 a 16 partidos en 2017.

Como segundo desafío surge la necesidad de una agenda legislativa con prioridades claras y estratégicas considerando los temas que se encuentran activados. Efectivamente, un asunto ineludible será definir convergencias en una coalición gubernamental caracterizada por una alta polarización interna entre diferentes actores y liderazgos que compiten por la hegemonía de este espacio. Entre estos referentes se cuentan la derecha social de Manuel José Ossandón, el polo liberal de EVOPOLI de Felipe Kast y el polo conservador de José Antonio Kast. Encontrar fórmulas de convergencia y gobernanza interna de la coalición gubernamental representa un imperativo frente a temáticas que están activadas como fuerzas centrífugas que amenazan la unidad de la coalición; como la reforma educacional, el perfeccionamiento del sistema de AFP, la gestión del conflicto en la Araucanía, el diseño e implementación de políticas para enfrentar el cambio climático que incluye múltiples dimensiones como energía y medio ambiente. Resolver con asertividad las prioridades programáticas supone gestionar oportunamente, con efectividad y coherencia las políticas sectoriales, dado que la demora excesiva en temas como la ley de universidades estatales y el avance de la gratuidad podría ser un primer chispazo para encender la movilización social.

¿Cómo resolver las tensiones internas de la coalición de gobierno? ¿Cómo construir una mayoría parlamentaria para respaldar aquellas prioridades legislativas más allá del oficialismo? ¿Cuál debiera ser el orden de prioridades para la gestión legislativa? ¿Cuáles debieran ser aquellos contenidos de las políticas que permiten consolidar y dar proyección a la coalición de gobierno?.

No dar respuestas efectivas a estos dilemas podría exacerbar la fragmentación y las fuerzas centrifugas de la coalición gubernamental o enfrentar una pérdida de apoyo en la opinión pública como ocurrió en la segunda administración de Bachelet. Por ejemplo, la reforma laboral parte el 2014 con alrededor de un 45% de apoyo para terminar en la actualidad con un 34% de apoyo; la reforma educacional parte también el 2014 con un 60% y termina este año con un 36% y la reforma tributaria parte el 2014 con un 52% de apoyo y termina el 2017 con un 25%.

Un tercer desafío consiste en gestionar eficazmente el conflicto social en el contexto de un país polarizado y con fuerte aprensión frente a lo institucional. Distintos estudios muestran que existe una parte importante de la sociedad indiferente o reactiva frente a la política institucional y que se caracteriza por una extendida desconfianza horizontal y vertical. Como manifestación de lo anterior, Somma y Bargsted han analizado la creciente autonomización de la protesta social en Chile que implica la desestructuración de la relación entre actores políticos formales y organizaciones sociales. Asimismo, existe un debate importante respecto del peso del centro político en la actualidad de la democracia chilena. Aunque desde 1990 la creencia predominante de políticos y expertos chilenos frente a la competencia electoral se apoyó en la “teoría del elector medio” (Kenneth Arrow), que sostiene que para ganar una elección es necesario controlar los votos del centro político, en la actualidad dicha creencia se encuentra en entredicho por las tendencias centrífugas de las dos coaliciones tradicionales y por la virulencia en las narrativas de las candidaturas presidenciales en la primera y segunda vuelta.

En consecuencia, a pesar de que Piñera ha sido el tercer presidente con mayor votación desde 1990 y que ha sido el más votado de los candidatos presidenciales triunfadores en segunda vuelta, el uso adecuado de la “caja de herramientas presidencial” tendrá una importancia capital en un país y una región donde más allá de un teórico y retórico “hiperpresidencialismo latinoamericano”, los presidentes sobreviven, siendo cada vez más vulnerables frente a la presión de la calle o el apremio parlamentario.

(*) Cientista político de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago de Chile.

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