14/10/2017 Lnea de tiempo

Rusia, de la autocracia a la incertidumbre: cien aos de drama y un final abierto

El zarismo, la revolución bolchevique de 1917 y ocaso del sistema comunista son parte de una historia que no se cerró con Putin buscando que el país sea considerado un igual por Occidente.

Por Nstor Gorojovsky

En 1917, Rusia buscó en una revolución la cura de sus males. Y si bien logró remediar algunos, la historia le tenía reservados otros distintos, que cien años después aún no se resolvieron y son la luz con la que hay que alumbrar ese instante del pasado.

El año en que protagonizó la primera revolución socialista de la historia, Rusia -que hacía tres años venía librando, con resultados cada vez más catastróficos, la Primera Guerra Mundial junto a sus aliados Francia y el Reino Unido- era un enfermo grave que ignoraba su condición.

La autocracia rusa (en ese entonces el único gobierno de régimen personal remanente en Europa) recién había terminado con la Edad Media el 3 de marzo de 1861, con un decreto de emancipación de Alejandro II que llegó tarde y se ahogó en la supremacía de la gran propiedad territorial, agravando aún más la situación de los "mujiks" (campesinos).



Alejandro pagó con su vida el fracaso, en 1881, en un atentado perpetrado por integrantes del partido populista (naródniki), así denominado por su voluntad de "ir al pueblo" (narod) y partidario de reformar Rusia a partir de lo que aún quedaba de la antigua comunidad campesina.

Los trabajadores de las potentes islas industriales que había ido implantando con capital externo la corona, por su parte, cada vez prestaron más atención a las teorías socialistas y humanistas del Oeste, así como, cuando llegó la hora de prueba en 1917, a las propuestas insurreccionales que en la propia Rusia desarrolló el ala más revolucionaria del movimiento socialista.

La de 1917 no fue la primera de las revoluciones en Rusia. Tuvo un antecedente en la de 1905-1906, también producto de un desastre militar en medio de la hambruna y la miseria: el de la guerra ruso-japonesa de 1904, en la que la catástrofe de Tsushima eliminó a Rusia como potencia naval en el Extremo Oriente.

Ese antecedente renació después cuando una institución surgida de su seno, el soviet (consejo popular de gobierno), se convirtió en el eje de la toma del poder por los trabajadores y campesinos en el primer acto de 1917, en la revolución del 23 de febrero de ese año (3 de marzo en el calendario gregoriano).

Los gobiernos formales surgidos en ese instante se enfrentaron de un modo cada vez más agudo con los renacidos soviets y no pudieron resolver los problemas acuciantes del país.

Las masas revolucionarias querían que Rusia dejara de combatir en la guerra mundial, querían terminar con las hambrunas, y, en sus mayorías campesinas, querían las tierras que en 1861 no habían podido obtener. Pero el gobierno, atado a sus compromisos con sus aliados franceses y británicos, no quería declarar la paz y posponía cualquier otra decisión.

El 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917, al grito de "todo el poder a los soviets", el consejo de la capital, representante de los obreros y los soldados (que eran campesinos en armas) ya en manos de los bolcheviques de Vladimir Lenin, a quien recientemente se había sumado León Trotsky.



Lenin y los suyos pensaban que ese grito tendría inmediata repercusión en Europa. Rusia era "el eslabón más débil" de la cadena de naciones imperialistas. Una revolución socialista no podía sostenerse en un país tan atrasado y devastado como Rusia. Esperaron entonces la respuesta.

Pero Europa faltó a la cita. No hubo alzamientos exitosos en Occidente. Rusia implantó el poder de los trabajadores y campesinos, pero pasó de la guerra mundial a la intervención extranjera y la guerra civil.

Entre 1918 y 1921, el país se debatió en una masacre en la cual, además, intervinieron fuerzas de 14 países extranjeros. El partido comunista, en el fragor de una guerra a muerte, impuso medidas draconianas y declaró ilegales a los partidos de la oposición.

Después de un último y mal organizado intento revolucionario, nuevamente en Alemania, en 1923, la situación en Occidente se estabilizó.

Rusia se convirtió en Unión Soviética (URSS), pero estaba devastada, famélica, reducida a la más dramática miseria y con una utopía inmensa en el espíritu, sola en un planeta hostil, con toda la generación revolucionaria de 1917 muerta o integrada al aparato del Estado.

Lenín, que murió en 1924, entrevió que en esas condiciones, la burocracia civil y militar del Estado se convertiría en dueña y señora, y dedicó sus últimas energías a impedir esa deriva, que consideraba fatal.

Trotsky, que continuó su combate, fue perseguido, exiliado, y finalmente asesinado en México, en 1940, por un sicario del jefe de esa burocracia, un hasta entonces oscuro militante llamado José Stalin, que adquirió un inmenso poder en las décadas siguientes hasta su muerte, en 1952.

A un espantoso costo en vidas, la burocracia, que con Stalin desató sucesivas olas de masacres políticas (en particular los Juicios de Moscú, de 1936 y 1937, en los que fue exterminado el último remanente de la generación de 1917), también transformó a la URSS, a partir del devastado infierno de la posguerra civil, en una potencia científica, industrial, espacial y nuclear.

Y, en medio de ese curso, respondió, a partir de un admirable heroísmo y sacrificio popular, a la agresión de la Alemania nacional socialista, que se inició con una invasión en 1941 y terminó con la bandera de la URSS en la Cancillería de Berlín, en 1945.

Pero en 1947 la URSS vio cómo sus antiguos aliados contra Hitler volvían a la actitud agresiva que habían mostrado contra Rusia desde el inicio de la revolución, aduciendo que después de vencer a Alemania, Moscú se había convertido en un nuevo imperio equivalente al de los nazis.

El sistema, que ganó en vitalidad después de la muerte de Stalin, volvió a anquilosarse con el largo período gris de Leonid Brezhnev. Finalmente, la URSS renació de la posguerra pero no logró vencer a sus ex aliados, y no logró democratizarse sin abandonar el socialismo.

Con la caída del sistema soviético el país quedó en manos de una oligarquía nacida del seno de la propia burocracia, como había predicho Trotsky. Con apoyo de Occidente, este paso del socialismo al capitalismo se dio durante el gobierno de Mijaíl Gorbachov, y, muy especialmente, bajo el de su sucesor, Boris Yeltsin, que fue un gestor interno del interés extranjero.



Putin, en parte, intenta restaurar ese poder interno tan menguado por Yeltsin.

El balance sigue abierto. Rusia desea ser considerada un igual por Occidente, pero no lo logra.

El péndulo ruso, como otras veces en el pasado, se desplaza ahora hacia la China. Y Beijing quiere que el país de Octubre de 1917 sea el paso terrestre que le permita unir económicamente Eurasia.

La historia no se cerró. Y Rusia, otra vez, está en el centro del torbellino, le guste o no.