16/09/2017

Relatos y voces de personas que viven en veredas y paradores

Télam conversó con varias personas en situación de calle -en plazas, debajo de puentes y de autopistas- y con ex habitantes de paradores y hogares.

Por Mara Aguirre

"Esto no es un estilo de vida, vivir en la calle no es algo que elegimos, sino algo que pasó por un montón de malas decisiones, pero es pasajero, un aprendizaje y estoy segura que vamos a salir", indicó L. Rossi, quien forma parte de una minoría decidida a sortear los obstáculos que impone no tener techo y apuesta a un proyecto de vida.

L.Rossi, de 39 años, reside desde hace menos de dos meses junto a sus tres hijas más chicas en el Hogar para mujeres 26 de Julio, en el barrio Montserrat, adonde llegó luego de una estadía en un refugio de la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) de la Corte Suprema, que la rescató de un ataque de su ex pareja.


Desde la adolescencia vivió entre alquileres y la calle. La adicción a la pasta base la alejó de su papá, de sus hermanos y de sus primeros cinco hijos. Hoy, ya "limpia" de drogas, pudo separarse de su último marido y refugiarse en el sistema, que -asegura- "te pone miles de trabas para ayudarte".

"Ahora prefiero drogarme con la sonrisa de mis hijas cuando llegan del colegio con un 9 en una prueba de matemáticas; esa es mi mejor droga", contó a Télam L.Rossi, con lucidez y un manejo de las palabras que supera lo aprendido en la escuela primaria.

Después de años de oscuridad y violencia, el ir y venir entre habitaciones alquiladas y la calle, Rossi aseguró que la terapia que le proporcionó el Estado le "cambió la vida" y dijo que confía en abrirse paso "como sea". Recicla latas, hace artesanías y cuadernos y les repite a sus hijas "que estudien porque sin estudio es imposible tener una vida mejor".

Su sueño, para fin de año, es alquilar una habitación en cualquier lugar del conurbano y viajar con sus hijas a Puerto Madero para ver los fuegos artificiales en las fiestas, o cenar las cuatro juntas en alguna parrilla de la costa de Quilmes.

Además de L.Rossi, Télam conversó con varias personas en situación de calle -en plazas, debajo de puentes y de autopistas- y con ex habitantes de paradores y hogares. A continuación, una síntesis de esas charlas.

Debajo de un puente, en el cruce de la avenida Richieri y Miralla, en Villa Lugano, Juan José carga con 65 años, una separación, un colchón y los restos de un guiso en un vaso de plástico. Ofrece cigarrillos y cuenta que hace menos de un año perdió su trabajo, la estabilidad de su matrimonio, su lugar en la casa y, por último, la licencia de conducir.

Sin los 625 pesos necesarios para renovar el registro, Juan José se quedó sin chances de conseguir un trabajo como chofer, el oficio al que dedicó toda su vida, al volante de camiones, camionetas y remises. Muestra orgulloso su DNI. Sabe que ahí no sólo está impresa su identidad, sino también los vestigios de otra vida más digna, que lo mostraba afeitado y con una camisa pulcra.

En la avenida Juan de Garay al 1600, en el barrio de Constitución, Luis resiste bajo un techo improvisado de cartones, plásticos y mantas junto a su mujer y dos perros. Empezó en la calle de chico. Creció atesorando monedas en la esquina de Florida y Córdoba, que le pagaban por abrir las puertas de los taxis hasta que creció y pudo trabajar como albañil, pintor y panadero y pagar una habitación en una casa familiar de Boedo. 

En los últimos años, las changas y los trabajos temporarios empezaron a escasear, el alquiler se volvió imposible y los perros se convirtieron en una traba para conseguir un lugar en uno de los paradores de la ciudad.

Con 200 pesos que cobra por día por cada objeto que encuentra y vende a un feriante de Florencio Varela, Luis se las rebusca. Cuando las ventas son buenas él y su mujer se regalan unas horas en un hotel alojamiento de Constitución, donde por 160 pesos pueden disponer de una ducha caliente y del lujo de un juego de sábanas limpias.

Horacio y Yanina viven junto a sus cuatro hijos en la vereda de Chacabuco al 1200 hace casi dos años, después de que fueron echados de un hotel de Constitución porque no pudieron afrontar el aumento del alquiler.

Están enojados con la asistencia del Estado, que consideran una "burla", y denuncian que por ser indigentes desatendieron a su beba de 9 meses en un hospital público y "quedó ciega". Sus otros hijos -dicen- fueron rechazados en una escuela de la avenida Belgrano al 1300 y todavía no pudieron empezar el ciclo lectivo.

Horacio ya vivió en la calle de chico, cuando se escapó de la casa y vendió botellas y huesos, hasta que se reconcilió con su madre y su padrastro, aprendió el oficio de panadero y más tarde formó su propia familia.

"Sé lo que es la calle y no quiero que mis hijos vivan en la calle", afirma Horacio, para quien los paradores del gobierno porteño "son nidos de ratas" y que la "burocracia" del Estado hace imposible avanzar con los trámites para acceder a un subsidio habitacional, inscribir a sus hijos en el colegio y atenderse en los hospitales públicos.

Isabel Tor, profesora de danza y gimnasia, es un ejemplo de perseverancia. Con sus tres hijos, sorteó un marido violento, dormir en la calle y una espera de diez años -entre alquileres, trámites y desalojos- hasta que consiguió que le otorgaran un crédito hipotecario del Instituto de la Vivienda porteño, para personas de bajos recursos (Ley 341).

"Estas situaciones son bisagra; cuando uno se cae tiene que descansar un poco ahí abajo, llorar y volver a levantarse, agarrar todas las manos que están extendidas, aceptar la ayuda y no mirar para atrás", reflexionó Isabel, quien hoy trabaja en la órbita del Ministerio de Desarrollo Social, en el dispositivo de asistencia para personas en situación de calle de la línea telefónica gratuita 108.

Un comedor comunitario, donde empezó a trabajar para escapar de la violencia de su propia casa, y la guía que le dio una trabajadora social fueron el puntapié para que Isabel aprendiera a sobrevivir sin techo y aprovechar al máximo los recursos del Estado.

"No se trata sólo si sirve o no la ayuda del gobierno, sino más bien si está claro para todo el mundo cómo pedir esa ayuda, a quién y en qué momento", asegura esta mujer que los fines de semana se desempeña como encargada en una clínica de Coghlan, 14 horas por día.

Isabel admite que la estructura de ayuda del Estado está fragmentada y que el proceso burocrático fácilmente desalienta a quien tiene que cumplir con infinidad de requisitos para obtener los beneficios.

Sin embargo, después de una década de trámites y dos compras fallidas de departamentos, consiguió el crédito del IVC con el que ahora paga la casa en la que vive.

Dos cartas que le escribió a la entonces ministra de Desarrollo Social porteña, María Eugenia Vidal, sirvieron para que su situación fuera tenida en cuenta: le permitieron comprar un departamento en el conurbano y recibió ayuda para afrontar los costos de escrituración.

Además, Isabel ocupa parte de su tiempo libre en escribir recomendaciones sobre cómo mejorar los dispositivos del Estado y esas propuestas las envía periódicamente a sus jefes del Ministerio.