08/07/2017 Opinin

Los tucumanos y aquel amanecer de la Patria

El martes 9 de julio de 1816 se firmó la Declaración de Independencia de la Argentina, decisión tomada por el Congreso de Tucumán, que sesionó en la ciudad de San Miguel de Tucumán de las entonces Provincias Unidas del Río de la Plata que proclamaron su independencia política de la monarquía española y renunciaron también a toda dominación extranjera. Al respecto opinó para Télam el abogado, escritor e historiador, José María Posse, autor del libro "Bernabé Aráoz, el tucumano de la independencia".

Jos Mara Posse

Por Jos Mara Posse

El decreto revolucionario del 20 de octubre de 1812, después del triunfo de Belgrano en la Batalla del Campo de Las Carreras, expresaba: "Tucumán, más que ningún otro estado argentino, debe manifestar la pureza de su civismo. Porque si en las horas de incertidumbre, en los momentos preñados de tempestades, mientras las demás provincias sólo juntaban las manos para aplaudir el esfuerzo y la constancia, el tesón y el patriotismo de este pueblo noble, siempre entero en las horas de peligro, altivo en los instantes en que la gloria reclamaba la abnegación de sus hijos, Tucumán daba a la República el ejemplo auténtico de las convicciones". 

Sin lugar a dudas, la elección de Tucumán como sede del Congreso que declaró nuestra independencia no fue un hecho fortuito ni obedeció a una situación geográfica, como enseña algún texto escolar. En pocas ciudades del antiguo Virreinato había germinado de manera más fecunda la semilla revolucionaria. Tanto los criollos antiguos, como los hijos de los godos e incluso algunos españoles peninsulares, tal el caso de Salvador Alberdi (padre de Juan Bautista), habían abrazado con exacerbada pasión la causa libertaria. 

Todo ello quedó manifestado en las jornadas gloriosas que llevaron a la Batalla del 24 de septiembre de 1812, donde se salvó la suerte de la revolución sudamericana. En este escenario heroico, los congresales encontraron un clima propicio para desarrollar su tarea, lejos de las insidias de los realistas, del pesimismo de algunos y de la mala voluntad de aquellos que se veían perjudicados económicamente con el cambio de situación. 

Por todo ello, la ya provincia norteña mantuvo viva esa tradición patriótica en las generaciones posteriores. Era un orgullo sano, generador de un espíritu constructivo y de una voraz sed de realizaciones. No fue casual que allí naciera la primera industria pesada de la América del Sud, como lo fue la industria azucarera, de la mano del obispo (y congresal de 1816), José Eusebio Colombres; que fuera la cuna de hacedores de la Patria como Bernabé Aráoz, Juan Bautista Alberdi, Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca, sin olvidar a Marcos Paz (vicepresidente de Mitre), quién comandó durante largos períodos los destinos del país durante la Guerra del Paraguay. O de las heroínas durante las Invasiones Inglesas: Manuela Hurtado de Pedraza y Agueda Tejerina, también de la genial Lola Mora. 

Pero más allá de los nombres ilustres, existió un pueblo que sostuvo como pocos, con su esfuerzo cotidiano, con la sangre de sus hijos, con su fortuna poca o mucha, la gesta de la construcción de una Nación.

Como todos los 9 de Julio, venimos a Tucumán para recordar a aquellos anónimos hacedores de la Patria, y también a los que no dejaron quizás sus nombres grabados en las páginas de la historia, pero que son recordados en el inconsciente colectivo del argentino medio. 

Son los gauchos que abrieron las sendas de aquellos caminos impenetrables; son los esclavos libertos que vertieron su sangre en los primeros ejércitos patrios; son los nativos, hijos de la tierra que siguen vivos en nuestros criollos, aunque lamentablemente su cultura vaya desapareciendo. Son los europeos que vinieron a poblar pueblos en los páramos desiertos; los judíos que desarrollaron nuestras pampas, los árabes que llegaron luego y nutrieron la tierra con su rica cultura; y recientemente los orientales que se asimilaron rápidamente a nuestra nación. Todos ellos constituyen en suma, ese crisol que hacen de nuestra Argentina un país digno de ser vivido, a pesar de sus avatares políticos y económicos intermitentes.

Al recordar, entonces, a los forjadores de nuestra nacionalidad, hacemos carne el legado recibido por tradición, entendiendo ésta como aquél bagaje cultural y de "gentes" que pasa de una generación a otra. 

Una nación se solidifica mientras mantiene vivas esas tradiciones que la nutrieron, como oriente o guía inspiradora. De las nuevas generaciones depende mantener encendida la antorcha de ese ideal germinal, recordando que, al decir de Borges, "nadie es la Patria, pero todos los somos. Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, ese límpido fuego misterioso".

(*) Abogado, escritor e historiador. Autor del libro "Bernabé Aráoz, el tucumano de la independencia".