18/06/2017 literatura

Federico Lorenz: "Los militantes de los '70 estaban inmersos en una realidad cambiante, peligrosa y claramente desfavorable"

En su libro "Cenizas que te rodearon al caer", el escritor interpela en paralelo a una generación que incorporó a la violencia como parte del repertorio político y a una sociedad que aceptó convivir con la ferocidad.

Por Julieta Grosso

 Durante las cuatro décadas que median desde que colocó la bomba que mató al entonces jefe de la Policía Federal Cesáreo Cardozo, la militante montonera Ana María González se transformó en un emblema incómodo, arrastrado hacia el presente por una trama de silencios que el historiador Federico Lorenz desarma en su libro "Cenizas que te rodearon al caer", donde interpela en paralelo a una generación que incorporó a la violencia como parte del repertorio político y a una sociedad que aceptó convivir con la ferocidad.

Sin vacilaciones a la vista, el 17 de junio de 1976 la chica de 20 años que sus allegados evocan con el apelativo de Anita ingresó sin despertar sospechas al departamento donde residía el general Cardozo. Había logrado franquear la intimidad de uno de los artífices del plan represivo de la dictadura gracias a una estratégica amistad con su hija, con la que compartía el curso del Profesorado de Enseñanza Primaria en el Normal 10 de Belgrano.

Con la excusa de hacer una llamada telefónica, la joven llegó hasta la habitación del jefe de la Policía Federal para colocar bajo su cama la pequeña bomba camuflada en una caja de perfume que estallaría durante la madrugada, acaso sin intuir que con su raid asesino ella misma se transformaría en un artefacto complejo, que la organización Montoneros exhibiría como un avance en su objetivo revolucionario pero que capitalizaría especialmente la cúpula militar, presentándolo como un acto de traición que serviría para justificar el despliegue de una represión demencial.

Pese a la pesquisa furiosa que los militares desplegaron para hallarla, la joven montonera no logró ser detectada. Un mes después del atentado ofreció en la clandestinidad una conferencia de prensa que difundió la revista española Cambio 16 y desde entonces nada se supo de ella, hasta que quedó malherida en un tiroteo contra fuerzas del Ejército y murió asistida por su compañero de entonces, Roberto Santi. Antes de morir, llegó a pedir que su cuerpo sea quemado. Sabía que nada deseaban más los generales de la dictadura que exhibir su cadáver como un trofeo de guerra.

En "Cenizas que te rodearon al caer" -bello título extraído de un texto del poeta Juan Gelman- Lorenz sostiene que la acción de Ana María fue "una gota en el mar violento de esos años" y explica que terminó siendo funcional en diversas formas a las fuerzas que pretendía combatir, no sólo porque habilitó a los militares a redoblar el componente salvaje de su plan "disciplinador" sino porque al mismo tiempo erosionó los niveles de consenso social ante la militancia revolucionaria.

En las semanas posteriores al atentado se sucedió lo que el actual director del Museo Malvinas define como "una verdadera carnicería que siguió un patrón evidente", con fusilamientos simulados como tiroteos donde no se registraban bajas en las fuerzas de seguridad y en cambio morían numerosos integrantes de las organizaciones guerrilleras. "La guerrilla era peligrosísima pero ineficaz", ironiza Lorenz.

A la luz de la derrota montonera, Ana María se convirtió en una heroína viscosa, silenciada por los militantes sobrevivientes pero al mismo tiempo retomada por sus adversarios políticos para reactualizar el debate sobre los 70, habilitar versiones negacionistas sobre los crímenes de la dictadura y hasta vehiculizar reclamos de organizaciones que pretenden un resarcimiento para las víctimas de atentados cometidos por agrupaciones armadas. Lorenz los desestima bajo el argumento de que al optar por una metodología represiva de orden clandestino es imposible establecer una equiparación jurídica entre los actos violentos de las organizaciones guerrilleras y los que fueron perpretados por las "fuerzas del orden".

- Télam: ¿En qué momento Anita se transforma en un símbolo y genera la omisiones hacia su figura que prosperan hasta la fecha?
- Federico Lorenz: Anita fue un símbolo de la lucha revolucionaria mientras duró el proyecto revolucionario. En paralelo, la dictadura la transformó en el emblema de lo que combatía. Cuando Montoneros desapareció como enunciador político desaparecieron los marcos de referencia políticos que podrían haber permitido no ya reivindicar la figura de Anita, sino explicar el hecho político. Desde el punto de vista de los discursos, a partir de 1983 el énfasis en las violaciones a los derechos humanos despolitizó a las víctimas. Así, con la desaparición del marco de referencia que permitía comprender el atentado como un hecho político y sacarlo del énfasis en sus aspectos éticos o subjetivos, no hay discusión posible.

- T: El escritor y periodista Rodolfo Walsh advirtió tempranamente el impacto negativo del atentado contra Cardozo ¿Los jefes montoneros no supieron leer con la misma claridad este escenario o lo intuyeron pero no supieron cómo plantear una alternativa a ese radical desplazamiento de lo político a lo militar que caracterizó a la organización a partir de 1976?
F.L: Creo que los líderes montoneros, como todos los militantes, estaban inmersos en una realidad muy cambiante, peligrosa y claramente desfavorable. El margen de elementos para tener un panorama claro variaba de acuerdo al nivel de responsabilidad de cada uno de ellos.
La acción de Anita, por un lado, parece justificar el salvajismo de las represalias posteriores. Pero no es que el terrorismo estatal se volvió más “terrorista” o más masivo como consecuencia del atentado, sino que en todo caso el impacto que esa acción produjo permitió un reacomodamiento en las internas dentro de las fuerzas que conducían la represión ilegal.
Lo que no queda duda es que las características del atentado fueron funcionales a una estereotipación de la guerrilla que sí fue muy funcional con fines propagandísticos y disciplinadores.

- T: No hay atisbos de vacilación en la conducta de Ana ¿En qué medida para mantener su convicción fue imprescindible disociarse del componente humano de su acción, como decís "deshumanizar al enemigo y en ese camino dejar algo de la propia humanidad?
- F.L: Creo que una de las cosas más llamativas de esta historia es la firmeza que revelan las acciones de ella. Si vaciló, no tenemos registro. No podemos saberlo. Si medimos por sus actos, no dudó. Creo que hubo un proceso de disociación muy grande. También es importante tener en cuenta que las vidas propias y ajenas eran secundarias, en el primer caso en función de los objetivos (la revolución, la patria) o en tanto expresión de aquello que había que destruir para fundar una nueva sociedad, en el caso revolucionario, o defender un orden amenazado, en el caso de la represión.
Efectivamente, en el proceso de construir a ese adversario menos humano, seguramente el precio parcial fue ceder algo de la propia humanidad. Que era cedida en nombre de un proyecto revolucionario, algo imposible de ponderar desde una sociedad individualista como la nuestra.
Es fácil hoy hablar de lo “irracional” de ciertas conductas, de lo “suicida” de otras, o de lo “heroico” o “abnegado” de esas mismas conductas desde otro paradigma. Esos años fueron muy revulsivos, con escenarios que cambiaban con mucha rapidez, y que esos cambios se traducían en vidas perdidas, casas abandonadas, matanzas, torturas, exilios. Decisiones de vida y muerte tomadas en un contexto enormemente hostil.

- En la historia argentina, la violencia ha sido una modalidad recurrente para dirimir conflictos de poder y luchas de clases. ¿Por qué parece haber quedado replegada a los 70 y no se lee como parte de una secuencia consustancial a distintos ciclos históricos?
- F.L: La dictadura de 1976 fue un pico de lo que Eric Hobsbawm llamaba “descenso civilizatorio”. De allí que de violencias anteriores extremas (la matanza de los obreros patagónicos, los bombardeos de Plaza de Mayo) de alguna manera quedaron desdibujadas y no fueron leídas como parte de un proceso caracterizado por la radicalización de la política y la consecuente escalada en la violencia represiva. Creo que el rechazo generalizado a la violencia de cualquier tipo que fue fundante de nuestra democracia, de alguna manera nos llevó también a que aprendiéramos a convivir con una cuota importante de violencia que hay en nuestra sociedad.
Quizás nos hayamos negado a entender a la violencia como inherente, en distintos grados, a las relaciones sociales. Y al rechazarla de plano, también nos inhibimos de pensar sus matices, su cotidianeidad, y por ende la posibilidad de ver como enfrentar las situaciones que la producen.

- T: El gobierno anterior y el actual desplegaron discursos casi antagónicos respecto a la resignificación de esos años ¿Los debates en torno al número preciso de ví­ctimas de la dictadura tienen algún sentido más allá de entorpecer la escena y "bajarle el precio" a los estragos que generó la dictadura?
- F.L: Los debates en torno a la cantidad de víctimas en realidad no lo son. Hay una manipulación de la imprecisión de la cifra con fines deslegitimadores, que es otra cosa. Llaman la atención, en todo caso, sobre la necesidad de avanzar desde el Estado hasta donde se pueda en el conocimiento de la verdad. Pero la disputa es, más bien, torno a los sentidos sobre el pasado.
La revalorización de la militancia setentista que hizo el kirchnerismo –discrepo en cuanto a la lucha armada- no irrita tanto como los avances en los juicios que son, si se quiere, ajustes verificables y concretos con el pasado. Lo que irrita no es una supuesta victoria de un relato sobre otro, sino el final de la impunidad. Si bien el kirchnerismo impulsó políticas de memoria, verdad y justicia, una excesiva apropiación tendieron apartidizarlas en el imaginario y, lo que para mí es más grave, llevaron a un segundo plano el hecho de que son conquistas populares, de la sociedad argentina.