18/06/2017

Una charla sincera, durante el debate de la ley de divorcio

José Bielicki

José Bielicki

Por José Bielicki

La Presidencia más difícil de la historia fue, sin dudas, la de Raúl Alfonsín.

Ninguna anterior o posterior, tuvo que enfrentar situaciones de alto riesgo y las debió llevar a buen término  con valentía y lucidez, tanta que aseguró, por primera vez en nuestra vida institucional, casi 34 años de estabilidad, sin golpes de estado.

Así debimos, en soledad los radicales, anular la autoamnistía que se habían dado los militares del proceso, el Juicio a las Juntas, único aun hoy en el mundo, el conflicto de límites con Chile, la deuda externa y las enormes deudas con la ciudadanía.

Pero hubo otros complejos problemas a resolver y que hoy se consideran actos normales en nuestra vida frente a un pasado de exclusión. Eran las familias en situación irregular, sin posibilidad de normalizar su situación y la de sus hijos ante la Ley.

Han pasado 30 años y es verosímil y normal que los avances en instituciones consagradas a dar libertad a los argentinos tienen su origen en los pasos dados hace 30 años al sancionar la Ley 23.515, de divorcio y recuperación de la aptitud nupcial.

Hasta allí el largo camino de discriminaciones y afrentas tuvo cambios y la misma sociedad fue aceptando las uniones irregulares como normales. Las parejas buscaban legitimaciones mediante actos inválidos en el exterior.

En la campaña electoral de 1983, en algunos debates me réferi al divorcio vincular como un objetivo para lograr. Fui rebatido, casi con sorna, por algunos candidatos de otros partidos.

Su razón estaba fundada en la posición de Hipólito Irigoyen en la segunda década del siglo pasado.

Así era,  pero las instituciones sociales y la misma sociedad, lo llevarían a la adecuación de su postura al gran líder radical.
La tarea a emprender, a mi entender, fue la presentación de un proyecto para dar validez a las sentencias alcanzadas por el Divorcio de la ley de 1954, número 14.394, durante la presidencia de Juan Domingo Perón y que fuera anulada por la Revolución Libertadora, que no  habían sido notificadas, con lo cual no tenían validez.

Mi segundo paso fue un encuentro con mi amigo el Obispo de Morón, Monseñor Justo O. Laguna en su residencia del Seminario de Bella Vista. El encuentro fue de cuatro horas.

Le explique detenidamente lo sucedido en los dos debates que había estudiado, el de 1902 y el de 1932, donde se fracasó por un duro enfrentamiento con la Iglesia.

Allí nos detuvimos al análisis de la situación social y económica de las uniones irregulares de más de dos millones de argentinos. Los esfuerzos de muchos en buscar matrimonios inválidos en el exterior.

El pensamiento de Laguna, desde luego, no rompía con su consagrada vida religiosa, pero si comprendió la gravedad del problema y el significativo daño a tan amplio sector.

Luego de su valiente determinación me pregunta que es lo que creo que se debe hacer. Le respondí, dos cosas: una evitar que se repita la guerra santa como sucedió en el pasado y señalar la responsabilidad de los legisladores para resolver los tremendos problemas de la sociedad, sin consideraciones religiosas.

La historia culmina con un llamado del periodista Bernardo Neustadt en su muy escuchado programa.

Debo hacer un gran reconocimiento a Monseñor Laguna, que reconoció la necesidad de establecer una normativa que hiciera alcanzar la vida normal a tantas familias.

En nuestro dialogo recordé el caso de Polonia con su antigua ley de divorcio, anterior al comunismo, y su muy bajo índice de aplicación.

La similitud entre la nación Polaca, una de las más Católicas del mundo y bastante similar a la nuestra, en ese tiempo.
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