16/06/2017 relaciones exteriores

Intervencionismo y seguridad internacional

El fin de la Guerra Fría y la creciente tendencia intervencionista en conflictos, o crisis, internacionales llegó a sugerir la entrada de una era donde las obligaciones internacionales, a pesar de que no los preceden, se encontrarían a la par de los intereses nacionales de los Estados.

Francisco Farag

Por Francisco Farag

Si bien desde principio del siglo, incluso a partir de la década del noventa, se puede ver por parte de los actores del sistema internacional un intento de congeniar las implicancias del principio de soberanía -y el respeto por este-, con el de ‘democratización’ del orden internacional.

De esta forma, las normas de ‘no intervención’ de la Guerra Fría parecían desaparecer para dar paso a un nuevo consenso en el que mínimos standards humanitarios, y principios y normas internacionales, debían ser ‘obligados’ por la Comunidad Internacional dentro de aquellos Estados donde no se respetasen, incluso con el uso de la fuerza si fuese necesario.

La limitada autonomía de la ONU significa que raramente puede comprometerse con una política que vaya en contra de los intereses bien definidos de las potencias

Sin embargo, muy pocas intervenciones -o bien ninguna- fueron exitosas y para mitad de la década, los gobiernos de las potencias se encontraban más interesados en limitar que en extender sus compromisos globales. Es así como la tendencia a intervenir comienza a estar circunscripta nuevamente al interés de los Estados de mantener la seguridad internacional, como lo había sido tradicionalmente. La idea de que podía existir un “orden internacional humanitario” divorciado de consideraciones estratégicas fue una ilusión.

Si bien la interdependencia del mundo de hoy modifica e intensifica las percepciones y consecuencias que conllevan los conflictos (intra-estatales e inter-estatales) sobre el orden y la seguridad internacional, volviéndose difícil establecer una línea divisoria entre lo que sería el interés internacional por mantener la seguridad del sistema y un interés exclusivo de búsqueda de justicia dentro del Estado,  el hecho de que cuando las operaciones fracasan y se vuelven más complejas, extensas y costosas, los Estados disminuyan su compromiso con la intervención da la pauta de cuál es el interés principal que los moviliza.

Cuanto más inseguro el entorno para las intervenciones, menos probabilidad hay de que los Estados provean de protección y apoyo militar, a menos que haya claros intereses estratégicos para ser defendidos.

Fuera de la doctrina realista -escuela de pensamiento en las relaciones internacionales que percibe al estado y el interés nacional como supremo en el sistema internacional, y en donde no hay colaboración sino persecución de intereses egoístas-, existe un amplio consenso sobre la existencia de una ‘sociedad internacional’ encargada de sostener el orden internacional y el respeto por el derecho internacional. No obstante, dentro de esta corriente coexisten dos posiciones divergentes en relación al alcance del concepto de soberanía: los pluralistas y los solidaristas.

Cuanto más inseguro el entorno para las intervenciones, menos probabilidad hay de que los Estados provean de protección y apoyo militar, a menos que haya claros intereses estratégicos para ser defendidos

Los primeros, sostienen que el respeto por la soberanía requiere de mínimas reglas de coexistencia como ser la no intervención en los asuntos domésticos de otros Estados. Los segundos, sostienen que la soberanía es condicional y que la existencia de una sociedad internacional requiere que se determinen los fines a los que en principio todas las naciones y Estados deben estar comprometidos. Es decir, desde una mirada pluralista no se aceptaría la noción de una intervención humanitaria colectiva desinteresada.

La Organización de las Naciones Unidas parece unir ambas concepciones de ‘sociedad internacional’ en su Carta bajo el Capítulo 7, en donde aprueba la acción colectiva para disuadir amenazas a la paz y a la seguridad internacional. Pero también obliga a sus signatarios a respetar ciertos derechos humanos fundamentales; compromisos que descansan sobre premisas solidaristas. La Guerra Fría silenció este debate entre pluralistas y solidaristas, dado que el principio de soberanía era prioritario excepto cuando el interés nacional o la seguridad internacional según lo entendiera alguna de las dos potencias se hallase amenazado.

Con el fin del conflicto, la ONU ha estado intentando responder cuando los derechos fundamentales están siendo significativamente violados, sin embargo siguiendo en parte los lineamientos realistas, podría decirse que es más bien la estructura anárquica del sistema, la búsqueda del interés propio de los actores y el fuerte arraigo del principio de no intervención lo que frena el avance hacia una sociedad internacional solidarista.

Por último, es interesante analizar la reconsideración de las reglas y prácticas de las Operaciones de Paz durante el período de posguerra fría, y lo que se denomina la “cultura del peacekeeping”. Nuevas presiones y oportunidades globales conllevaron a que la ONU expandiera los propósitos de las intervenciones de paz reconsiderando la funcionalidad de las reglas de consentimiento, imparcialidad y  neutralidad para los nuevos conflictos.

Sin embargo, se reasumieron las reglas de imparcialidad y consentimiento luego de que la falta de éxito de las intervenciones fuese percibida por la ONU como una amenaza a la autoridad moral y el apoyo político de la organización, y por ende a su supervivencia también. De esta forma, se permitió que las reglas determinaran los límites del humanitarismo; no se intervendría en una guerra civil donde no había una paz que mantener. Aquí podríamos percibir un incipiente choque entre ciertos principios y determinadas reglas de la organización, entendiendo que cuando esto ocurre el organismo internacional se debilita. 

La limitada autonomía de la ONU significa que raramente puede comprometerse con una política que vaya en contra de los intereses bien definidos de las potencias. Cuando estas últimas dejaron de proveer recursos y apoyo para una creciente agenda de intervención y resolución de conflictos, esto, junto con la falta de capacidad de la organización de otorgar buenos resultados, estaba poniendo en peligro la legitimidad y autoridad de la misma. Los principios del organismo quedaban subordinados a los intereses de los Estados.