16/06/2017 literatura

El libro de la semana x Damin Tabarovsky: "El regreso y otros relatos"

Nacido en los Estados Unidos, cubano por adopción y persistencia, Casey escribió la mayor parte de su obra en castellano. Apoyó la revolución, visitó a Cabrera Infante en Londres y se suicidó en Roma en 1969.

Por Damin Tabarovsky

Quizás el trabajo de la edición resida en convertir un texto en libro. Cada una de esas palabras -texto, convertir, libro, e incluso edición y trabajo- está sobredeterminada por una larga historia cultural, política y económica, sobre la que no estamos en condiciones de profundizar en este espacio. Diversas son las formas en que se recibe un texto -y se trabaja sobre él-, si el autor es vernáculo, si es una traducción, etc. Cuando el autor lleva casi cincuenta años muerto, y los textos, escritos en castellano, ya habían sido casi todos publicados en vida -incluso en editoriales de alta circulación como Seix Barral- poco trabajo hay para hacer con el texto, y en cambio casi toda la labor recae sobre la edición. Pues la edición de "El regreso y otros relatos", de Calvert Casey, publicado por la editorial Final Abierto, es tan interesante, polémica, arriesgada y finalmente airosa, como los propios cuentos de Casey, de lo mejor que dio la narrativa cubana de mediados del siglo XX.

Comencemos por el principio, en orden de lectura. El texto está publicado en una colección llamada “Vanguardia”. Pocas palabras tan usadas, re-usadas y desusadas como “vanguardia”. ¿Qué significa ponerle “vanguardia” a una colección? Probablemente un gesto petulante, soberbio, inusual, provocador, perturbador y maravilloso. Todo a la vez. En esa misma colección, por dar un ejemplo, está publicado "Vida de ahorcado", de Pablo Palacio, probablemente más vanguardista, en sentido estricto, que Casey. Luego inaugura el libro un “Acerca de la colección” firmado por el editor, de tres páginas, en la que se encuentran, disimuladas entre otros, citas de Virgilio Piñera, más una definición casi programática del porqué del nombre de la colección, verdadero gesto político la editorial: se propone “una recolección de estas vanguardias” (no hay ya más espacio para progresar por este desfiladero, solo agregaré que el concepto de “recolección” me resulta altamente productivo para pensar qué hacer hoy con la vanguardia).

Avanza luego el libro con un breve prólogo de Antón Arrufat, seguramente el mejor escritor cubano vivo, amigo de Casey (y por supuesto de Piñera). Hay después un artículo informativo, a cargo de Jamila Medina Ríos, una bibliografía exhaustiva, y finalmente los cuentos, salpicados por las ilustraciones que Antonia Eiriz hizo para la edición de Ediciones R., La Habana, 1963. Grandes cuentos de un escritor que hizo de lo menor su estética (aquí también -pero solo en esto, o también en el influjo de Kafka- Casey se acerca precisamente a Piñera). Los temas de Casey no son menores -el sexo, la muerte, el destierro, la errancia-, en caso de que hubiera temas menores -suposición desmentida desde "Bouvard y Pécuchet"-, que al estar cruzados con un estilo casi transparente, en el que la vieja tradición cubana del barroco no parece haber dejado ninguna huella, se vuelven ejemplares piezas de una escritura de oraciones breves, diálogos punzantes y un gusto por la primera persona.

Nacido en los Estados Unidos, cubano por adopción y persistencia, Casey escribió la mayor parte de su obra en castellano. Apoyó la revolución, visitó a Cabrera Infante en Londres y se suicidó en Roma en 1969. Su cuento más reconocido es "El regreso", en el que escribe: “En aquel frío Norte, él había perdido el viejo arte de saber estar (la frase allí era incluso intraducible), y tendría que aprenderlo de nuevo, pacientemente, amorosamente”. Deberíamos leer esa frase bajo el modo de los círculos concéntricos -con la frase en el centro- o mejor, en el orden de la estética de las mamushkas: una dentro de otra, pero siempre idénticas a sí mismas. Pequeña miniatura de su obra, la frase condensa dos tópicos a los que Casey regresó a menudo: la imposibilidad de la traducción y la pérdida. No solo se pierde un viejo arte, sino que hay aprenderlo todo de nuevo, tal como se aprende una lengua.

El personaje de "El regreso" es un impostor -influencia que le llega de Jean Genet y de cierto desasosiego de los años 50-, un “gran lector de contraportadas”, afincado en Nueva York, que un día decide regresar. ¿A dónde? A Cuba, por supuesto. Pero sobre todo a una forma de escribir, un léxico, un estilo: “¡Cómo le gustaban las palabras!”, escribe en un pasaje, en referencia a la palabra “sosegado”; como si el sosiego y la escritura fueran socios, o tal vez más, íntimos: las dos caras de una misma moneda carente de canto. Pero no hay sosiego posible. "El regreso" es también un agudo relato sobre los alcances y límites del poder de la palabra en la Cuba inmediatamente posterior a la revolución. Para Casey, la palabra es susurro, no heroísmo. La palabra es sexualidad, y sexualidad es homosexualidad. La palabra es lateral, nunca institución afirmativa.

Casey regresa a la Cuba de la revolución, pero su literatura no encaja del todo (podría afirmarse, sin error posible, que para la Cuba de esos años revolucionarios, ninguna de las mejores literaturas encajan: Cabrera Infante al exilio, Virgilio Piñera al ostracismo, etc., etc.). El regreso es imposible. Quedan entonces los restos -el resto también de sus cuentos, no glosados en esta reseña, pero igualmente notables-, los textos de Casey como esquirlas, como testimonio impertinente de un tiempo que todavía se pensaba de vanguardia.

Casey, la edición de Final Abierto, todo invita a pensar entre la melancolía, el silencio y un optimismo que se aleja siempre, como el horizonte.
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