20/04/2017 Opinión

Venezuela es una dictadura

La oposición venezolana convocó para hoy a una nueva marcha contra el presidente Nicolás Maduro, tras la gigantesca movilización de ayer en todo el país que derivó en focos de violencia en los que murieron dos jóvenes y un militar. Sobre la situación que atraviesa la nación caribeña opinó para Télam Leandro Querido, politólogo especializado en observación electoral y director ejecutivo de la ONG Transparencia Electoral.

Leandro Querido

Por Leandro Querido

En líneas generales, en América latina la llamada última ola democrática fue impulsada por movimientos políticos de izquierda y centro izquierda. Le reclamaban a los gobiernos militares y autoritarios de derecha el cese de la persecución y la represión, elecciones libres y el respeto a los derechos humanos. Esas banderas perduraron cuando llegaron los gobiernos de transición. Muy lejos ha quedado esta etapa en donde la izquierda se aferraba a valores democráticos. Nicolás Maduro se ha transformado en el sepulturero de la izquierda latinoamericana. Esta, por un tiempo muy largo, no podrá hablar de democracia, libertades, derechos humanos ni de presos políticos o criminalización de la protesta. La defensa del denominado socialismo del siglo XXI ha ubicado a una innumerable cantidad de personas en un lugar incómodo, diseñado con gustos reaccionarios, represores, autoritarios y militaristas. 

La "revolución chavista" ha devenido en una dictadura sofocadora de todo resquicio democrático. Las imágenes de pobres mal nutridos movilizados y portando armas y uniformes para defender a una nueva oligarquía de extracción militar nos remontan a las provocaciones de dictadores excéntricos como el norcoreano Kim Jong-un. 

Las democracias están en retroceso. Solo el 11% de la población mundial vive en países considerados democráticos. El informe 2017 de la ong internacional Freedom House así lo confirma. Este mundo convulsionado y en tensión ha distendido la observancia mundial. En esta etapa de provocaciones y de líderes belicosos muchos gobiernos autoritarios han aprovechado para intensificar la represión en sus países. Es el caso de Turquía, pero también el de Nicaragua y Venezuela. Aprovechan que la atención mundial se posa en otros lugares para dar el zarpazo. 

En este contexto es más probable que las consideradas democracias defectuosas, en vez de evolucionar hacía democracias plenas, decaigan en la categoría de regímenes autoritarios.

Aunque resulte increíble todavía algunas personas se resisten a considerar al gobierno de Maduro como una dictadura o régimen autoritario. Para aclarar el tema podemos recurrir al trabajo de los politólogos Steven Levistky y Lucan Way. Los autores quisieron dar cuenta de un fenómeno político que combina elementos democráticos y elementos autoritarios y que hoy se conoce como "autoritarismos competitivos".

Venezuela supo cuadrar en esta clasificación y la elección que determinó la actual composición de la Asamblea puede dar fe de ello. Sin embargo, Venezuela se cayó. Desde el momento en que el Poder Ejecutivo cooptó al poder electoral para obturar la implementación de un referéndum revocatorio consagrada en la Constitución a instancias del propio Hugo Chávez, para luego suprimir las elecciones regionales previstas para fines del año pasado, la vía electoral ha dejado de existir.

Por lo tanto, lo que define a ese "autoritarismo competitivo" es la presencia de un proceso electoral, que, aunque sea sesgado, limitado y restringido, representa una mínima válvula de escape. Hoy eso ya no está. Venezuela es hoy una dictadura. Un régimen autoritario para los que no les gusta este término. Sin elecciones, con todo el aparato represivo del Estado dispuesto a sembrar terror entre los que no quieren dejar de ser ciudadanos y con un black out informativo implacable. Recordemos que este país por primera vez desde que se realiza el informe Freedom House de libertad en el mundo ha dejado de ser considerado parcialmente libre. Ahora es clasificado como No Libre. El acoso del Poder Judicial al Poder Legislativo a instancias del Ejecutivo nos hace cantar bingo. No quedan dudas.

El caso Venezuela nos debería hacer reflexionar en un punto que entiendo medular. ¿Cómo puede ser qué en nuestro país, en donde conocemos muy bien las consecuencias trágicas de los gobiernos autoritarios y dictatoriales, seamos tan condescendientes con este gobierno fuera de la ley? ¿cómo ser tan indiferentes ante los que hoy padecen esta inmensa escalada represiva? 

Toda esta situación deja al desnudo dos problemas. Por un lado, la ausencia de posturas reflexivas políticamente honestas. Por ejemplo, cuando advertimos que el premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, reproduce el discurso de Maduro y parece justificar la represión abierta contra ciudadanos indefensos. Esto es una contradicción de sentido formidable. Una claudicación ética sin retorno para un referente de la paz. Por el otro, también habla de nuestra convivencia, nuestra cercanía, con sectores políticos que rechazan la institucionalidad democrática. La defensa de Maduro es la negación misma de consolidación democrática y nos plantea un escenario futuro poco alentador dado que se ofrece tentador para toda incursión populista autoritaria. Lo ocurrido en el Congreso esta semana es una muestra de ello.

La violencia institucional contra ciudadanos que reclaman en paz que lleva adelante el gobierno de Nicolás Maduro y sus militares habla mucho de él. La indiferencia ante esta situación, o la defensa cerrada de este régimen habla mucho de nosotros. 

(*) Politólogo y director ejecutivo de la Ong Transparencia Electoral.