17/04/2017 Turqua

La victoria prrica de Erdogan

"Otra victoria como esta y volveré solo a Epiro", es la frase que se le atribuye a Pirro, rey de Epiro entre los años 307 y 302 AC y que habría sido pronunciada tras la segunda victoria contra Roma en Asculum. En esa batalla perdió una gran cantidad de soldados y generales, lo que dio lugar a la expresión "victoria pírrica", que define al triunfo obtenido con más daño para el vencedor que para el vencido.

Horacio Raa

Por Horacio Raa

Tal vez no lo crea así en estas horas de celebraciones, pero al presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, el triunfo en el referéndum de este domingo puede costarle más caro de lo imaginado, empujándolo a una marginación cada vez más evidente de la Europa que siempre anheló integrar. Es decir, una victoria a lo Pirro.

Hacia adentro de un país geopolíticamente estratégico y que alguna vez fue ejemplo de democracia y laicismo, Erdogan se hace cada vez más fuerte ya que la reforma constitucional aprobada ayer en el referéndum le otorgará a partir de 2019 –año en que entrarán en vigencia la mayoría de esas reformas- la sumatoria de un poder casi absoluto.

Sin embargo, hay tres modificaciones que regirán de inmediato: la reducción de 23 a 13 miembros del Alto Consejo del Poder Judicial (HSYK); la derogación de la prohibición constitucional que obliga al presidente a ser neutral y apartidista; y la reducción del Tribunal Constitucional de 17 a 15 miembros, poniendo fin a la presencia allí de dos representantes militares.

Esto va en el mismo camino de la progresiva reducción de la influencia militar en la vida civil y judicial, iniciada tras el golpe de Estado de 1980.

Pero lo más importante es que ese paquete de reformas votado ayer significará la transformación de un sistema de gobierno parlamentario a uno presidencial, borrando la figura del primer ministro y otorgándole amplios poderes al titular del Ejecutivo. Es decir a Erdogan.

El presidente tendrá, por ejemplo, derecho a redactar los presupuestos, nombrar y remover a los ministros del gobierno y jueces, y emitir decretos en algunas áreas.

Se trata de la mayor restructuración política del país desde la creación de la Turquía moderna a manos de Mustafá Kemal Ataturk, cuando cayó el imperio Otomano en 1924. Pero las diferencias de objetivos son bien marcadas.

Ataturk implementó una política laicista con el islam controlado por el Estado, ya que entendía que lo secular del Imperio otomano había llevado a la ruina a Turquía. Por tal razón, sostenía que la construcción de la nueva República debía hacerse con una occidentalización progresiva.

Erdogan, en cambio, fue trocando sus posiciones desde que fue nombrado primer ministro en 2003 hasta lograr ser el primer presidente elegido por el voto popular en 2014. Desde entonces comenzó a aplicar leyes cada vez más restrictivas y a acumular una sumatoria de poder que le permitió aplicar un asfixiante fundamentalismo político y religioso.

El fallido golpe de Estado en su contra de julio de 2016 le dio pie para una notable purga cívico militar que aún continúa y por la que fueron cesados más de 100.000 personas entre jueces, maestros, médicos, periodistas, académicos, militares y policías.

Medios de comunicación y ONGs fueron clausurados y más de 40.000 personas encarceladas, muchas de ellas seguidoras del exiliado clérigo Fetullah Gülen a quien Erdogan señala como el cerebro de la frustrada intentona golpista.

El "Sí" en el referéndum ganó con poco más del 51% de los votos, lo que marca sin lugar a dudas una sociedad fracturada en partes casi iguales y que no augura tiempos tranquilos para Erdogan.

Las pruebas más claras se dieron en Estambul, donde por primera vez desde que fue electo alcalde, en 1994, Erdogan perdió ayer una elección, así como en Ankara y en Esmirna, ciudades que siempre votaron por el oficialista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) y ayer se volcaron por el "No".

Ahora, con el resultado del referéndum muy cuestionado por la oposición y por observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) y del Consejo de Europa, quienes sostienen que no cumplió con los estándares democráticos mínimos, a Erdogan se le complica aún más su ingreso a la Unión Europea (UE).

Los cancilleres europeos debatirán sobre el futuro de la relación con Turquía en un encuentro previsto para los días 28 y 29 de abril en Malta y si bien por el momento nadie elevó una voz rupturista, no pocos recuerdan que en marzo el ministro de Relaciones Exteriores alemán, Sigmar Gabriel, vaticinaba que "Turquía está más lejos hoy que nunca de ser miembro de la UE".

Y recuerdan que el gobierno de Ankara no cumpliría con uno de los requisitos imprescindibles para adherir a la UE de acuerdo a los estándares de Copenhague: la estabilidad de las instituciones que garanticen la democracia, el Estado de Derecho, los derechos humanos y el respeto y la protección de las minorías.

Seguramente Erdogan está con cosas mucho más importantes, pero no sería extraño que le recuerden aquel acontecimiento de la historia y entienda que el triunfo de ayer tiene que ver más con lo pírrico que con un fortalecimiento democrático de su actual gestión y, sobre todo, de las futuras.