15/04/2017 Turqua

Un pas crispado y violento decide entre la democracia parlamentaria y el presidencialismo

Los turcos decidirán mañana en un referendo si le dan más poder a Erdogan o apoyan la continuidad de una democracia parlamentaria, en un contexto de estado de emergencia interno y conflictos externos.

Por Leticia Pogoriles


Los turcos decidirán mañana si avanzan hacia un sistema presidencialista liderado por Recep Tayyip Erdogan o apoyan la continuidad de una democracia parlamentaria, en un contexto de estado de emergencia interno y conflictos externos que hacen del territorio que une Oriente y Occidente un país a la deriva.

El referéndum propone instaurar un sistema político que le da todo el Poder Ejecutivo al presidente y, si tiene éxito, podría suponer el mayor cambio en la historia reciente de Turquía, al modificar las bases de la República laica fundada en 1923 por Mustafa Kemal Atatürk. 

La guerra en Siria, los atentados yihadistas, el conflicto kurdo, la represión de libertades, el estado de emergencia y la purga constante, sumado a la tensión con la Unión Europea (UE), Irán, Irak y Rusia, son el marco de esta consulta popular que dirimirá dos modelos: el actual sistema parlamentario, creado a imagen y semejanza de los gobiernos de las potencias europeas, o un futuro presidencialismo, más parecido al de Estados Unidos. 

Erdogan arremeti contra la Unin Europea por la reforma constitucional.

Esta última opción es la que impulsa el islamista Partido Justicia y Desarrollo (AKP), que gobierna con mayoría absoluta desde 2002, y por especialmente por Erdogan que, desde que asumió en 2014, acaricia el sueño de esta reforma al punto de forzar renuncias en su entorno, incluido un primer ministro, si no acompañan públicamente este proyecto. 

Por eso, la consulta gira alrededor de la figura de Erdogan.

Sus seguidores votarán Sí porque confían en su liderazgo; sus detractores optarán por el No para rechazar lo que consideran como un creciente autoritarismo.

Según las últimas encuestas, los números están divididos y el resultado puede depender de un 10% de votantes todavía indecisos.


Con el nuevo sistema, el mandatario turco podrá permanecer dos ciclos electorales más, lo que significa que si gana en 2019 y 2024 podría estar en el poder hasta 2029. También podría volver a la dirección del partido AKP que cofundó y actualmente controla el Parlamento.

"Necesitamos un líder fuerte para la estabilidad del país, especialmente tras el intento de golpe de Estado", contó el abogado Serhat Tugral, militante del Sí, en referencia al fallido levantamiento cívico-militar de mediados del año pasado. "Necesitamos defender la democracia", vociferaba el oficialista en plena campaña en las calles de Ankara, la capital del país.

Al escuchar sus arengas electorales, un anciano que camina por allí, lo increpó: "¿Qué democracia? No quiero escuchar el mismo discurso del mismo hombre en cinco canales de televisión diferentes, quiero una democracia real, todos son mentirosos, todos son mentirosos y arderán en el infierno".

Este diálogo -registrado por la cadena de noticias alemana Deutsche Welle- es apenas un ejemplo del clima de crispación que sucedió al fallido golpe de Estado, con una purga masiva, la detención de cientos de militares, policías, periodistas y empleados públicos, y un estado de emergencia que aún sigue vigente. 

Los partidarios del Sí sostienen que Erdogan los conducirá a una "Turquía fuerte", que promoverá el desarrollo económico y combatirá el terrorismo en estos tiempos de incertidumbre, en los que la violencia estatal aumentó en las zonas de mayoría kurda, los atentados de la guerrilla PKK y de la milicia extremista Estado Islámico se multiplicaron y la campaña del gobierno contra la red de Fetullah Gülen, el hombre acusado de orquestar el golpe de estado, se masificó hasta incluir a miles de maestros y empleados públicos. 


Los opositores -encabezados por el Partido Republicano del Pueblo (CHP)- creen que el presidencialismo será un régimen político de un sólo hombre. Creen que este sistema no haría más que aumentar la represión contra la disidencia, exacerbar la sensibilidad oficialista frente a las críticas y potenciar las purgas y detenciones sistemáticas.

En cambio, para Erdogan, el sistema parlamentario impide gobernar eficazmente porque los mecanismos de control "obstaculizan los proyectos legislativos y las coaliciones electorales crean inestabilidad", pese a que a su partido, el AKP, gobierna en soledad desde 2012.

"Este sistema nos tiene con las manos atadas", denunció Erdogan en un reciente acto y argumentó que la reforma "permite gobernar cinco años sin rendir cuentas a nadie".

Tras una fuerte crisis económica y política, el AKP nació en 2002 de la mano de Erdogan. Llegó al poder con un discurso democrático y conservador, y protagonizó un período de éxito económico y reformas, que captaron de inmediato la simpatía de la Unión Europea, que abrió un período de promesas, nunca cumplidas, para ingresar al bloque regional. 

Europa los aceptó como una versión islamista moderada de los partidos demócrata-cristianos conservadores del Viejo Continente y, dentro del país, el AKP fue respaldado por sectores liberales y de centro izquierda como un freno a los avances del Ejército y los nacionalistas laicos. 

Pero con los años, el elemento religioso volvió a ganar peso en las políticas del gobierno de Turquía.

A partir de las revueltas populares conocidas como la Primavera Árabe y que comenzaron en 2011, Erdogan y el AKP viraron hacia una islamización más expresa y Ankara apostó por convertirse en una potencia regional, con el apoyo de partidos y sectores islamistas en Egipto y Libia.

Esta política provocó disputas con Irak, Rusia, Israel y, sobre todo, con Siria, donde Turquía apoya desde el comienzo de la guerra civil a milicias islamistas insurgentes.

Internamente, en tanto, el giro conservador de Erdogan y el AKP se expresó en campañas contra el consumo de alcohol, el aborto o con llamados a tener más hijos. 

La ruptura definitiva entre el progresismo y el AKP llegó, sin embargo, en 2013, cuando una protesta ecologista contra un proyecto urbanístico de Estambul derivó en una oleada de manifestaciones contra el autoritarismo del primer ministro Erdogan, que en 2014 pasó a ocupar la Presidencia de la nación.

También en 2013 se fracturó su alianza con Gülen, un clérigo islamista autoexiliado en Estados Unidos con seguidores en importantes sectores del Estado turco, tras una larga batalla por el poder. 

Hoy los gulenistas son tildados de "organización terrorista" y son los sospechosos detrás de cualquier conflicto, crisis o problema político, económico o social. 

Después de más de una década de gobierno de Erdogan y el AKP, Turquía se encuentra ahora tironeado entre una masa popular conservadora y religiosa, y una clase media laica y liberal.

La oposición teme que si Erdogan triunfa en el referéndum el país avance hacia una Turquía estructurada a partir de la identidad islámica, con segregación progresiva y una aspiración a recuperar la herencia imperial como tutor de los musulmanes en el mundo. 

Sus miedos no son injustificados.

En 1996, Erdogan, entonces alcalde de Estambul, ya había advertido su visión de la política: "La democracia es para nosotros un tranvía: nos bajamos en la parada que queremos".

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