07/04/2017 literatura

El Libro de la Semana: "Florentina", de Eduardo Muslip

Para Sarlo, el libro de Eduardo Muslip "renueva la utopía" a la vez que "repara la brecha entre lecturas y nos persuade de que hay un campo común entre la elite literaria y el público que se mueve en el mercado".

Por Beatriz Sarlo

Es difícil encontrar una novela que me guste mucho y que, al mismo tiempo, yo tenga el valor de recomendar con entusiasmo a gente que habitualmente solo lee literatura comercial, best-sellers y productos de ese género. Por lo general, nunca sé qué contestar cuando me preguntan qué novela leer, creyendo por error que mis gustos pueden representar un territorio común. Hace más de un siglo que ese territorio común empezó a erosionarse: el mercado de libros y las vanguardias trabajaron, con movimientos opuestos pero simétricos, para que no hubiera campo compartido. Lo que yo leo le interesa a poca gente y lo que lee mucha gente no me interesa a mí. Las vanguardias y el mercado de libros separaron, quizás para siempre, al crítico de los lectores. Los británicos creyeron que existía algo así como un common reader. Si existió alguna vez, ya no existe. Hay libros que se venden de a miles y otros que se venden de a cientos, como si estuvieran destinados a compartimentos diferentes, incluso antes de ser escritos.

Y, sin embargo, contra todo pronóstico, de repente aparece un libro que renueva la utopía. Un libro que repara la brecha entre lecturas y nos persuade de que hay un campo común entre la elite literaria y el público que se mueve en el mercado. "Florentina" de Eduardo Muslip, por ejemplo (que acaba de publicar Blatt y Ríos). Las primeras páginas de una novela son siempre las más difíciles: hay que sumarse a algo desconocido que está allí. Bien, después de leer dos páginas, Muslip ya me había convencido de que lo que viniera después iba a gustarme. El narrador recuerda a su abuela gallega. Comienza cuando ella tiene más o menos ochenta años y finaliza su relato cuando muere a los noventa. El que narra, en cambio, recuerda su infancia.

Podría ser insoportable. La última literatura argentina tiene varios protagonistas infantiles y solo eso, que sean niños, nos hace temer una forma del cliché y la repetición: suspiritos en habitaciones pintadas en colores pastel con afiches o manchas de humedad, según los casos, ensoñaciones y desconsuelos, juegos, pieles tersas, pelos desgreñados o vaporosos, crueldades y perversiones, etc. La novela de Muslip no incurre en este folklore infanto-juvenil.

El narrador no ejerce su memoria con agrado narcisista ante lo que sale de allí, sino que recuerda a un personaje formidable: su abuela, bruta, digna, maldecidora de curas, supersticiosa con las vírgenes. Florentina, gallega de una aldea de Orense, a quien casaron y enviaron a Buenos Aires, un lugar horrible al que llegó más o menos en 1920, y del que trató de huir tomándose otro barco, con dos hijos, para volver a la aldea gallega. Sus hermanos la embarcaron de nuevo hacia Buenos Aires, porque la abuela y su prole eran "una boca más". O sea que la exiliaron, la condenaron, la encadenaron a Buenos Aires, ese lugar donde no había vacas, ni cabras ni cerdos; donde la fruta y la verdura era enclenque y tenía "mala cara"; donde los alimentos eran inservibles y nadie podía hacer un guiso decente, ni unos embutidos de chancho que fueran tan finos y flexibles como los dedos que rellenaban la tripa y, mucho antes, habían acariciado los chanchitos recién paridos que irían a parar adentro de los futuros chorizos orensanos. Buenos Aires, un lugar desértico donde no había aromas, ni colores, ni montañas humanizadas por los siglos.

La abuela Florentina no puede aceptar esa realidad antinatural, donde todo huele a peste y a deshechos. No puede reconciliar su infancia campesina con ese presente porteño donde tiene lo peor de todos los mundos: riachuelos podridos, hombres que persiguen a las obreras que caminan por Barracas al amanecer y a las locas del Hospicio. A diferencia del persuasivo relato de la modernidad urbana, la abuela vive en un escenario que carece de cualidades.

Ella es analfabeta, pero había aprendido en su pueblo gallego el refinamiento de una naturaleza moderada. Eso es lo que extrañaban los inmigrantes. No solo aquellos que fueron a parar a la inmensa la llanura con horizonte lejano, sino los que vivieron en las piezas mezquinas de los conventillos. Sin hacer grandes gestos sociológicos, Muslip invierte un capítulo de nuestra historia inmigratoria; pone a prueba el potencial de verdad de la literatura. 

Anclada en Barracas, la abuela Florentina sintió la permanente injusticia de su destino: no quería ir a América; no estaba enamorada del hombre que le tocó como marido; cuando crecieron y se casaron, tampoco entendió a ninguna de sus tres hijas; no le interesaron los cambios de cuarenta años de progreso; miraba distraída la televisión y la radio, como si no estuvieran en su espacio. A los ochenta años, sentada con su nieto en la sala de un departamento barrial, simplemente sentía enojo y nostalgia. Repetía refranes e historias mínimas como si fueran la única fuente de una experiencia identificable.

Con este material Muslip escribe una contra-historia de la inmigración. No el camino de adaptación que se cumple a través del mayor bienestar y el progreso de los hijos, sino el círculo de furiosos recuerdos de quien no pudo ni quiso aceptar que no habría más cabras, ni perros que cuidaran ovejas, ni tomates que crecieran en plantas gráciles. Solo habría malas comidas (quizás abundantes) hechas con verduras de "mala cara". Y quienes eran peste en Galicia, como los curas, seguirían siendo peste en América. La convicción apasionada de la abuela Florentina es la materia de esta narración que, a diferencia de las típicas evocaciones de infancia, no es ni del todo una pesadilla (porque el narrador no sufre), ni un paraíso, porque la que ha perdido el verde paraíso donde nació es la abuela, no el narrador que la recuerda.

Lejos del lugar común, "Florentina" no es un tipo realista sino una original. No representa a la "gallega inmigrante". Es una serie de pequeñas excepciones, de exageraciones verosímiles, de desvíos. Como si fuera un personaje de Beckett, repite obsesiones sin sentirse en la obligación de justificarlas siempre; sus obsesiones valen porque vienen de su tierra, son obsesiones gallegas. Y el narrador, con gran habilidad, tampoco somete su relato a la pesada construcción de un "cuadro costumbrista con anciana". Por el contrario, muestra una escena con vieja maldecidora y obsesiva; una vieja alejada de cualquier ternura, que no se emociona ni encuentra compensaciones.

Nadie podría pensar a Florentina como una subjetividad típica. No le gusta nada de lo que la rodea, ni quiere demasiado a sus hijas ni a sus nietos. Vive repitiendo tres o cuatro anécdotas. Lejos de una autenticidad promedio de representación realista, esas remotas historias son su desesperada autenticidad: con un furor objetivista y poético, recuerda lo que perdió. Por eso, lejos de ser una ficción de niños y viejos (ese tembladeral del sentimentalismo), la vida de Florentina es un duro transcurrir de malentendidos, donde no hay ninguna reconciliación posible.

Quizás una: que Muslip lo haya escrito (o inventado).