31/03/2017 libros

El Libro de la semana: “Los mecanismos de la ficción”, de James Wood

"Los mecanismos de la ficción" (2009) es el primer libro de ensayo de Wood, y fue reeditado ahora junto con el último, "Lo más parecido a la vida" (2015).

Por Graciela Speranza

Aunque James Wood lleva casi tres décadas brillando como un faro solitario en la prensa cultural, publicó cinco libros de ensayo y es, a juicio de escritores tan dispares como Susan Sontag, Cynthia Ozick, Christopher Hitchens, Martin Amis o John Banville, el mejor crítico literario en lengua inglesa en actividad, su obra se conoce poco en español. A un lado y al otro del Atlántico, desde las páginas de The Guardian, The New Republic o The New Yorker, Wood (Durham, Inglaterra, 1965) brilló desde sus comienzos como un lector implacable de la actualidad literaria, efervescente en la relectura de viejos y nuevos clásicos, duro, a veces durísimo, con las modas repentinas, pero también generoso en la disección afinada de la obra de escritores consagrados (Sebald, McEwan, Alice Munro, Philip Roth), relativamente ignorados (Bolaño, Lydia Davis, Denis Johnson, Ben Lerner) o desconocidos en el mundo anglosajón hasta sus lecturas (Knausgård, Teju Cole, Sergei Dovlatov o el joven Alejandro Zambra).

Por su recelo frente al "realismo histérico", ese exceso de autoconciencia, humor caricaturesco y vitalidad sobreactuada con que definió la ambición narrativa de Don DeLillo, Rushdie, Zadie Smith y hasta de los intocables Thomas Pynchon y David Foster Wallace; por sus sospechas frente a un realismo "informativo" que como por efecto de Google sofoca la ficción con sobreabundancia de datos; por su fidelidad incondicional al magisterio de Flaubert, Henry James o Virginia Woolf, Wood fue tildado de "defensor acérrimo del realismo", "moralista" y "esteticista" no sin parte de razón. Pero basta leer algunos de sus ensayos o sus meditadas respuestas a los ataques polémicos para comprobar que aún los dardos más certeros dan en la cota de malla de su impecable dialéctica y caen a sus pies, doblegados por su arrolladora pasión de lector. No hay crítico más dotado para describir peculiaridades poéticas con precisión, desmontar los resortes de la ficción y abrir juicio rigurosamente argumentado, ni entusiasta más contagioso de los hallazgos a veces mínimos -un detalle bien observado, una metáfora, un adjetivo- de un gran escritor.

Para quien nunca lo ha leído, su primer libro de ensayo "Los mecanismos de la ficción" (2009), reeditado ahora junto con el último, "Lo más parecido a la vida" (2015), es una oportuna introducción, un breviario laico de su credo de lector. Porque aunque el subtítulo agregado al primero, "Cómo se construye una novela", parece prometer un manual para aspirantes a escritor, y el todavía más desafortunado añadido del segundo licúa la pasión crítica en anodinas "Lecciones sobre nuestro amor a los libros", nada más lejos de sus ensayos que la lección instrumental o la elegía humanista. Wood no enseña cómo se "construye" la ficción (nunca usaría ese clisé de los "papers" universitarios, más apto para metales y aleaciones que para las formas etéreas de la narración) ni da lecciones de "amor", sino que abre para la crítica literaria un camino alternativo a la metalurgia de las jergas académicas y al impresionismo insulso de mucho periodismo, impermeable al venero teórico que en las últimas décadas ha enriquecido la mirada del crítico.

Cierto que en el prólogo de "Los mecanismos de la ficción" Wood asegura que quiere abrir el ensayo al lector no especialista, pero anticipa que sus críticos favoritos del siglo XX son dos grandes formalistas que pensaban como escritores -Víktor Shklovski y (no sin reparos polémicos) Roland Barthes-, que planteará cuestiones teóricas pero las responderá de manera práctica, que hará preguntas de crítico y ofrecerá respuestas de escritores. Aclara en una "Nota preliminar" que solo recurrirá a la biblioteca que tiene a mano en su estudio (sin duda muy considerable), aunque sorprende mucho más la que guarda en la memoria y resplandece en los ejemplos y la selección de citas. En ciento veintitrés fragmentos numerados vuelve a problemas clásicos de la crítica -el punto de vista, el detalle, el personaje, el lenguaje, la verdad del realismo- pero revisa los convencionalismos perimidos y los faceta dialécticamente, señalando paradojas: la narración omnisciente en tercera persona suele ser más parcial que la poco fiable narración en primera; no todos los personajes a primera vista planos son planos, ni redondos los aparentemente redondos; artificio y verosimilitud, autoconciencia y vitalidad, verdad y ficción no son conceptos o atributos necesariamente antitéticos. La novela, a fin de cuentas, es "un gran despliegue de excepcionalidad" y se renueva liberándose, como el gran Houdini, de las ataduras y los lastres que la ciñen o la llevan a repetirse.

Pero Wood brilla sobre todo en el "close reading", esa práctica de la "lectura detallada" que la aplanadora estética de los estudios culturales y el abuso de la teoría sepultaron en el arcón de los trastos viejos. También en la precisión, la claridad y la gracia de la escritura ("un estilista soberbio", dice otro gran estilista, John Banville), que nos recuerdan que el estilo no es ornamento del pensar si no su misma sustancia y que, a diferencia del crítico de artes o de música, el crítico literario habla de la ficción con su mismo instrumento. Para quien haya olvidado qué es la lectura atenta, Wood regala un festín de buenos ejemplos: un adjetivo en una frase de Henry James deja ver el vacío y el puente que estilo indirecto libre teje entre el autor, el narrador y el personaje; un hombre que va a ser ejecutado y se ajusta la venda de los ojos porque le queda demasiado apretada en un pasaje de Tolstói ilustra el "detalle superfluo" que revela cuánto hay de hábito y de falta de lógica en la vida cotidiana; una caminata de Frédéric Moreau por París enseña cómo el "detalle dinámico" de Flaubert unifica compases de tiempo instantáneos y recurrentes. 

El foco se afina todavía más en los fragmentos dedicados al lenguaje: el ritmo en un pasaje de Saul Bellow, una metáfora de Virginia Woolf ("El día ondea amarillo con todas sus cosechas"), un adverbio de Muriel Spark disparan la admiración razonada y, bordeando el éxtasis analítico, una frase exuberantemente erudita y sucia de Philip Roth inspira tres páginas deslumbrantes en que Wood disecciona los repentinos cambios de registro desde cimas altísimas hasta la lengua más baja. Pero habría que agregar que Wood no sólo comparte sin ningún pudor el efecto inmediato y la emoción de la lectura ("¡Qué maravilloso párrafo!", escribe después de citar a Henry James y antes de desmenuzar los vaivenes del punto de vista, o "Esta frase me tortura en parte porque no puedo explicar por qué me conmueve tanto", después de citar la metáfora de Woolf y auscultar el "ondea amarillo" con todo su arsenal retórico hasta calibrar el efecto preciso) sino que confía, como los escritores que admira, en el poder metafórico y la "vividad" (lifeness y no solo lifelikeness) del lenguaje literario.

"La metáfora", resume en un ensayo más reciente, "es el lenguaje de la literatura y por lo tanto de la crítica literaria". Hay ejemplos en cada página: el oído intensamente musical de Saul Bellow consigue que "incluso los de pies más ligeros, los Updike, DeLillo o Roth, parezcan monópodos"; Proust nos muestra todos los elementos de la caracterización humana conviviendo felizmente "como si estuviéramos contemplando cardúmenes de peces bajo un barco con fondo de cristal"; los cambios de registro de Roth suben y bajan en la página como "un electrocardiograma enloquecido".

Con todo, el arco de la ficción que componen sus "fragmentos de un discurso amoroso" tiene sus límites y uno acaba por concederle cierta cuota de razón a sus rivales en la polémica. Porque aunque Wood ha expandido su idea de la novela "viva" a un realismo abarcador en el que caben Flaubert, James, Woolf y Roth pero también Kafka, Beckett o Lydia Davis, y ha ampliado considerablemente desde entonces su biblioteca anglosajona, queda claro que deja fuera del arco mucha literatura que en un salto más radical exige otros criterios, otra caja de herramientas. No sorprende que los precursores o los cultores más audaces del giro conceptual en la literatura -Roussel, Perec, Borges, Cortázar, David Markson o César Aira- no figuren en la larga lista de su ensayos críticos y que rara vez la literatura lo lleve a otras artes y otros lenguajes.

En cualquier caso, en "Usarlo todo", un ensayo extraordinario incluido en "Lo más parecido a la vida" (por el momento -caprichos de los grandes grupos editoriales-, solo disponible aquí en e-book), Wood concede que "las jerarquías estéticas son fluidas, personales, excéntricas, que siempre están sujetas a revisión y que probablemente sean un tanto incoherentes". Allí mismo sin embargo se ocupa de deslindar la "crítica de escritor" de otras tradiciones críticas y tamiza años de lecturas en una definición personal de la tarea que es difícil no suscribir. La crítica es una suerte de "reescritura apasionada" que cuenta una historia sobre la historia que está leyendo y no sólo escribe "sobre" sino "a través" de los libros. 

Por si no ha quedado claro, el ensayo se cierra con una experiencia personal que ilustra esa "semejanza de visión" que reúne al lector, al crítico y al escritor. En un auditorio de Edimburgo, el pianista Alfred Brendel da una charla sobre las sonatas para piano de Beethoven. Consultando unas notas a través de los gruesos cristales de sus lentes, murmura unos comentarios, pero de tanto en tanto se vuelve hacia el piano de cola a sus espaldas para tocar unos compases. Al piano no sólo "cita" a Beethoven sino que lo recrea en la interpretación, con mucha más sustancia crítica que las notas que balbucea con su fuerte acento vienés. El buen crítico, como no coincidir con Wood, "interpreta" lo que lee como Brendel a Beethoven.