24/03/2017 libros

El Libro de la Semana: “Frenética armonía”, de Juliana Miranda

Es un libro cargado de originalidad y erudición, de una mirada poco complaciente con los lugares comunes de la historiografía literaria sobre el tema.

Por Damián Tabarovsky

Es pertinente pensar a "Frenética armonía", de Julia Miranda, como una gran intervención en el debate acerca de las vanguardias latinoamericanas, o más aún, en la dimensión política de las vanguardias, en la tensión entre vanguardia y política, en la posibilidad de politizar el arte y por lo tanto la vida misma.

Con demasiadas huellas de una prosa que debió pertenecer a alguna tesis de doctorado, con demasiadas citas y citas y citas de autoridad, con un aparato de notas no pensado para hacer crujir al texto sino para legitimarlo por momentos mecánicamente, pese a todo, "Frenética armonía" es un libro cargado de originalidad, de gran originalidad y erudición, de una mirada poco complaciente con los lugares comunes de la historiografía literaria sobre el tema. Es uno de esos grandes libros polémicos, sobre los que uno imagina que nadie puede estar de acuerdo con todo lo que allí se afirma (de hecho este reseñista tiene más de un reparo, en especial sobre la ausencia de una reflexión crítica acerca del mercado como escenario final al que los escritores de izquierda populista se integraron como coartada para, supuestamente, de desde allí acceder al “pueblo”).

¿Pero qué importan esas disidencias? La dimensión novedosa y polémica ya viene dada desde el subtítulo: “Vanguardias poéticas latinoamericanas en la Guerra Civil Española”. No la “influencia de la Guerra Civil Española sobre las vanguardias latinoamericanas”.

Todo lo contrario: las vanguardias latinoamericanas “en” la Guerra Civil Española. Miranda parte de la hipótesis, muy bien presentada, de que la Guerra Civil Española “constituyó un avatar fundamental para los campos literarios latinoamericanos”, ya que “contribuyó a formular imaginarios muy sólidos para las vinculaciones entre vanguardia y política”.

De esas vinculaciones, me detengo en la noción de “cosmopolitismo de guerra”, concepto tan novedoso como iluminador, sobre el que desearía que Miranda -o cualquier otro ensayista interesado en estos temas- avance más, profundice en el futuro en próximos libros o artículos. En ese punto, Miranda hace pie en José Carlos Mariátegui, en la interpretación que Gonzalo Aguilar realiza sobre el autor peruano, entendiendo al cosmopolitismo “como una vía de indagación acerca de lo propio”. El cosmopolitismo como algo que incluye al internacionalismo, pero que lo supera, que va más allá, en una estela que ya no es el viejo cosmopolitismo de clase alta de fines del siglo XIX y principios del XX, sino uno que mantiene una mirada crítica con el mundo burgués.

Mutatis mutandis, hay en esa tradición un hito posterior en el concepto de “cosmopolitismo de los de abajo” (los migrantes, los exilados, los desplazados), tal como lo define K.A Appiah, e incluso también en la idea de un cosmopolitismo sur-sur (el eje entre el nuevo cine argentino y el nuevo cine del sur de Asia, por ejemplo) tal como como lo desarrolló el propio Aguilar en una mesa redonda sobre el tema, en la terraza de una editorial porteña hace algunos años. Es un asunto crucial (la utopía de un cosmopolitismo contemporáneo como forma de oponerse, en un solo movimiento, al nacionalismo y a la globalización) al que valdría la pena dedicarle más espacio, pero ya es hora de volver al libro de Miranda (aunque nunca nos fuimos: como todo buen libro, dispara pensamientos en todas las direcciones).

Más convencional y por lo tanto menos sugestivo, es el punto en el que piensa el compromiso de los poetas latinoamericanos en tanto “poetas actuantes” bajo el signo de una “escritura-acción”. Neruda es el caso testigo, pero también Octavio Paz, en el camino de vuelta, tomando distancia de ese Neruda casi cursi (probablemente ese “casi” esté demás). No deja de ser interesante que Miranda recurra a "Alone" -Hernán Díaz Arrieta, el gran crítico chileno, siempre a punto de ser definitivamente olvidado, siempre a punto de ser permanentemente rescatado- cuando ironiza sobre la "Antología de la poesía chilena", editada en 1935 por unos jovenzuelos Eduardo Anguita y Volodia Teiteilboim, para quien “ese mismo populismo hace que los versos sean intercambiables y que los lectores no puedan distinguir un poeta de otro”.

Ocurre que la dimensión polémica de Miranda reside en afirmar que la politización de la poesía latinoamericana, a causa en parte de la Guerra Civil Española, no solo no terminó con la vanguardia, sino que la profundizó, la llevó a un extremo y en algunos casos (como el brasileño) le permitió atravesar dignamente el siglo XX. Allí donde en los poetas de izquierda de los años ’30, ’40, ’50 e incluso ’60, muchos ven (o vemos) poesía didáctica, docilidad frente a la sintaxis establecida, y hasta cierta demagogia, Miranda encuentra radicalidad vanguardista, espíritu de resistencia, apertura hacia una poesía popular.

"Frenética Armonía" tiene un objetivo claro: intentar “una revisión de la categoría de 'vanguardia' para América Latina”. Objetivo logrado con creces, sin dudas, más allá de cualquier discusión.