03/03/2017 libros

El libro de la semana: “Conjunto Vacio”, de Verónica Gerber

"Conjunto vacío" es la primera novela de Verónica Gerber Bicecci, escritora mexicana que se define a sí misma como "una artista visual que escribe".

Por Graciela Speranza

"Conjunto vacío" no es el primer libro de Verónica Gerber Bicecci (México, 1981), pero es su primera novela, si cabe en el género un relato que lo dilata, lo amplía o lo condensa con iluminaciones visuales, y lo devuelve transformado, renacido en el "entre dos" de imágenes y palabras. Gerber se define a sí misma como "una artista visual que escribe" y es así a primera vista en el recuento biográfico. Lleva años desairando a los custodios de los medios específicos en murales que dibujan los silencios de los libros, instalaciones con bordados de textos invisibles, nombres pintados en braille en medianeras del DF y, más cerca todavía de la cosa misma del que escribe, en una serie de libros de artista y sobre todo en "Mudanza" (2010), un híbrido personalísimo de autobiografía y ensayo que prefigura el pasaje a la narrativa. Los cinco artistas que desfilan por el ensayo (Vito Acconci, Sophie Calle, Ulises Carrión, Marcel Broodthaers y Öyvind Fahlström), "mudados" al arte desde la literatura, le dan a su propio vaivén una genealogía cosmopolita, pero el marco autobiográfico que los reúne siembra claves de una mudanza inversa y una filiación más sinuosa. 

Cuenta Gerber que a los nueve años, tarde ya para remediarlo, le diagnosticaron ambliopía (un síndrome raro de la visión por el que un ojo capta la imagen y otro perezoso mira y ve lo que quiere), que es zurda (y quizás por eso más proclive al pensamiento holístico que al pensamiento lineal), que es hija de exiliados argentinos, y que se llama Verónica por una lectura de infancia de su madre ("Verónica...", la serie moralista y cursi de la niña huérfana de la colección Iridium que espanta a Gerber muchos años más tarde cuando consigue un ejemplar en la Argentina) y también por la Verónica del velo con el rostro de Cristo (ícono verdadero, según la etimología del nombre), indicadores oblicuos del camino que desde el mural, la instalación o el dibujo la lleva a "Conjunto vacío". 

Como si espejara la inversión desde el comienzo, la novela se abre con un final, una ruptura amorosa que deja a la protagonista (Yo (Y)) girando en falso, de vuelta en la casa materna, hilando otros finales y otras desapariciones. Es decididamente un comienzo de novela pero muy pronto el texto deja paso al dibujo para que de tanto en tanto diga a su modo lo que "no se puede contar con palabras". Para el enamorado, ya lo dijo Barthes, el lenguaje es a la vez excesivo y pobre, demasiado y demasiado poco, y en las representaciones gráficas de la teoría de conjuntos Gerber encuentra formas nítidas, diagramáticas, para figurar "con precisión casi científica" no solo el amor, el desamor, los celos o la ilusión de un nuevo comienzo sino también la historia familiar, la soledad o el vacío. De ahí que los personajes -Tordo (T), Hermano (H), Mamá (M), Alonso (A), Marisa (M)...- lleven nombres con los que animan las incidencias del relato y también letras, que les dan una función precisa, más abstracta, en el juego proteico de los diagramas. 

Pero el final del principio es solo la punta del iceberg, una disyunción repentina que poco a poco se complica con una historia más enmarañada. Los Diagramas de Venn de la teoría de conjuntos, desterrados por subversivos de las escuelas de Córdoba durante la dictadura militar argentina, cobran otro sentido a medida que la historia de Yo (Y) empieza a desovillarse, devanando el exilio y la separación de los padres, la evanescencia de la madre en México, el pasado de otra exiliada argentina cifrado en los papeles póstumos que Yo (Y) clasifica obsesivamente como si en algún lugar pudiera por fin poner orden, la chispa y más tarde el desasosiego de otro desencuentro amoroso. 

Ni siquiera un viaje a la casa familiar en Córdoba y otro al Faro del Fin del mundo en Tierra del Fuego mitigan el vacío del conjunto. Quiromante a la deriva, Yo (Y) busca claves para leer el presente en las vetas de la madera, en títulos de libros en la biblioteca pública, en la visión ampliada de un telescopio o en la "Historia del tiempo" de Stephen Hawking. El vaivén entre la que escribe y la que dibuja se difumina entretanto en una dirección y en otra. Una obra real de Gerber, la artista, se cuela narrada en el relato (las vetas de unos tablones de madera que Yo (Y) pinta con dedicación Zen de Agnes Martin) y, en la dirección contraria, una visita a una muestra ficticia en el Museo Tamayo, Poéticas de lo ilegible, se despliega en las páginas "curadas" por la escritora, con cameos de otros artistas, Twombly, Ulises Carrión, Mirta Dermisache, Carlos Amorales. Entre líneas asoma otra genealogía, que contraría el exilio o lo zanja: Cortázar, Alberto Greco, Salvador Elizondo, Bolaño. Y aunque el relato es deliberadamente fragmentario y desordenado, y el lector debe ir componiéndolo con un ojo enfocado en el texto y otro en los dibujos, "Conjunto vacío" sortea las arideces de los experimentos literarios conceptuales. Bajo la pretensión científica de los diagramas y las observaciones distantes del telescopio, late una prosa íntima, precisa y honda, que solo a veces mira el mundo "desde arriba" según la teoría de conjuntos, para intentar contar mejor lo que desde siempre se resiste a la linealidad obstinada de la escritura: las heridas del exilio, las desapariciones, la desilusión amorosa. 

Hacia el final del libro, tienta contrariar a Gerber e invertir su fórmula autobiográfica. A juzgar por "Conjunto vacío", una primera novela dolida y luminosa que renueva como pocas el paisaje de la joven narrativa latinoamericana, Gerber es una escritora que dibuja o, en todo caso, que ha conseguido colar "íconos verdaderos" entre esos signitos opacos alineados en unas páginas impresas que hemos convenido en llamar literatura. Con cierta justicia poética en la inversión del viaje, la novela, premiada en México el año pasado, acaba de editarse en la Argentina.