19/02/2017 aniversario

Hace 80 años moría Horacio Quiroga, un clásico del siglo XX

La figura de Horacio Quiroga remite de manera inexorable a la fatalidad que marcó su vida e impregnó su obra, con la que trascendió como cultor del cuento breve, donde por lo general se acompaña a los personajes a través de situaciones límite como la locura, el aislamiento o el enfrentamiento con animales salvajes en la selva misionera, donde el autor vivió.

Por Claudia Lorenzón

La figura de Horacio Quiroga remite de manera inexorable a la fatalidad que marcó su vida e impregnó su obra, con la que trascendió como cultor del cuento breve, donde por lo general se acompaña a los personajes a través de situaciones límite como la locura, el aislamiento o el enfrentamiento con animales salvajes en la selva misionera, donde el autor vivió.

Quiroga, nacido en la ciudad uruguaya de Salto en 1878, murió 80 años atrás, el 19 de febrero de 1937, al beber un vaso de cianuro. Su última decisión acompaña una vida marcada por la fatalidad: la muerte accidental de su padre, el suicidio de su padrastro y el de su primera esposa, el asesinato accidental de un amigo al manipular un arma y el suicidio de sus tres hijos.



Hay quienes relacionan estos sucesos biográficos con la oscuridad y el destino trágico de los personajes de su obra.

Muchas de esas historias transcurren en la selva misionera, región que conoció a instancias de Leopoldo Lugones, y donde vivió durante años. Este escenario natural está presente en "Cuentos de amor, de locura y de muerte" y en su notable novela "Los desterrados" (1926), encarnada por personajes que Quiroga conoció en la selva, a la que llegaron por decepción, desdicha o fracaso.

Pese a las dificultades económicas y a los oficios que realizó -agricultor, inventor amateur, juez de paz y docente- para poder sobrevivir, Quiroga siempre tuvo clara conciencia de su deseo de ser un escritor profesional y poder vivir de ello.

"Lejos del perfil de escritor de las décadas de 1880 y 1890 -médicos o abogados que escribían literatura en sus ratos libres-, hizo de la literatura su profesión: vivía parcialmente de lo que escribía, actuaba en la arena pública en tanto escritor y concebía la escritura como un trabajo", sostiene la crítica literaria e investigadora del CONICET Soledad Quereilhac.

"Entendió tempranamente la necesidad de concebir la escritura como trabajo remunerado y de defender los derechos del escritor. Integró el primer intento de conformación de una Sociedad de Escritores (a principios de siglo, encabezada por Roberto Payró), y luego la efectiva fundación de la SADE en 1928, presidida por Leopoldo Lugones", señala Quereilhac en diálogo con Télam.
Además "fue un modernizador de la forma cuento, discípulo de Poe y Maupassant, que debió adaptar sus historias al formato que demandaban los diarios y revistas de principios del siglo XX", agrega.

Para el escritor Luciano Lamberti, Quiroga es "el modelo del escritor no intelectual, del salvaje que va a buscar a la selva una respuesta a la Modernidad, cuya obra responde a una construcción astutamente elaborada: cualquiera que lea sus ensayos notará que detrás de su aparente ingenuidad hay un mundo".

Otro rasgo fundamental de su literatura es "la representación literaria del monte chaqueño y de la selva misionera, espacios que tenían escaso protagonismo en una literatura nacional dominada por el tándem campo pampeano y ciudad. Quiroga abordó esos espacios sin caer en el pintoresquismo ni en el afán coleccionista de costumbres del regionalismo", sostiene Quereilhac.

Imbuido del realismo social característico de la literatura hispanoamericana de la época, "en relatos como 'Los mensú' o 'Una bofetada', Quiroga incorporó también las indignas condiciones de trabajo de los indígenas en las plantaciones, con un tratamiento literario ciertamente más efectivo que el del realismo pietista de muchos contemporáneos del grupo de Boedo", recuerda la investigadora.

Estos rasgos le valieron a Quiroga a partir de la década de 1920, según afirma, "el reconocimiento de algunos de sus pares en la Argentina y de escritores jóvenes de otras zonas de Latinoamérica".

Al igual que los cuentos de Julio Cortázar, según la opinión de los especialistas los textos de Quiroga funcionan como un excelente vehículo de iniciación en la lectura para niños y jóvenes, sobre todo entre los lectores de la escuela primaria. Con el tiempo, Quiroga fue reconocido como un pionero de la literatura para niños por títulos como "Cuentos de la selva" (1918) y textos como "El almohadón de plumas" (1907) y "La gallina degollada" (1909), que se convertirán en clásicos del género fantástico y de terror.

"La clave no solo está en el atractivo de sus historias, sino en su perfección formal, en el consciente manejo de la economía de palabras. Hay una enorme dimensión de lo sugerido en los cuentos de Quiroga que incentiva la imaginación de los lectores niños y jóvenes, sobre todo sus cuentos fantásticos y de terror", señala Quereilhac.

"Es por eso que el escritor se sigue incluyendo en las currículas escolares de la Argentina y del Uruguay, ya que es un escritor de doble filiación nacional, hijo de un argentino y una uruguaya que nació en Uruguay pero desarrolló la mayor parte de su obra en la Argentina", cuenta.

Para el escritor Hernán Ronsino "la idea de voluntad y la irrupción de la tragedia atraviesan la vida y la escritura de Quiroga como latigazos. La escena final en el hospital de Clí­nicas -donde se suicida- a fines de la década del 30, es sin dudas la condensación de eso".

Ronsino descubre también que el primer hallazgo de Quiroga fue a través del ámbito escolar, con "Cuentos de la selva", uno de los primeros libros que leyó.

"De la lectura de ese primer Quiroga me queda más bien un recuerdo muy ligero. Pero cuando leí, ya de grande, sus cuentos, y conocí más en profundidad las tragedias de su vida, descubrí a un autor potentísimo", agrega.