07/01/2017 libros

Sanzol: “Cris Miró fue un prólogo para el debate social de esos cuerpos que escapan a las normas establecidas”

El periodista Carlos Sanzol escribió la biografía "Hembra. Cris Miró. Vivir y morir en un país de machos", la primera persona transgénero que se hizo famosa en la Argentina y que "fue un símbolo de los noventa".

El periodista Carlos Sanzol escribió la biografía "Hembra. Cris Miró. Vivir y morir en un país de machos" porque asegura que buscaba "contar una historia universal: la de una persona que debió luchar contra sus propios fantasmas y los prejuicios sociales para construir su identidad".

En el libro editado por Milena Caserola, Sanzol señala que la primera persona transgénero que se hizo famosa en la Argentina "fue un símbolo de los noventa" porque por esos días nuestro país "era una nación que, como Cris, trataba de buscar su identidad en un espejo que distorsionaba".

En declaraciones a Télam, el periodista resaltó que "por no entrar dentro de lo socialmente conocido, Cris sufrió. Ahora, pienso que otro hubiese sido su final, si ella hubiese vivido en esta época de mayor aceptación y comprensión y de reconocimientos de derechos para las personas trans. Por eso, este libro está dedicado a aquellos que aún no comprenden”.

 
"Acá hay sexo. Acá hay drogas. Acá hay muerte. Acá hay una vida", es la presentación del libro sobre la vida de Cris Miró para el que el periodista hizo una investigación que duró seis años y en el que repasa la figura de Miró sin perder el contexto de la década de los 90: "Si todo había caído -las instituciones, la religión, el sentido de la política y las grandes ideologías- sólo quedaba el cuerpo, como deidad única, como aquello sobre lo que se construía el yo, la identidad".

-Télam: ¿Cómo llegaste a esta historia de vida?
-Carlos Sanzol: En 2010 estaba escribiendo una nota para el suplemento de Espectáculos del diario La Nación sobre las diferencias entre las vedettes de antes y las de ahora. En ese artículo apareció, casi por casualidad, el nombre de Cris Miró. A partir de ahí, empecé a leer algunos artículos sobre ella que había en la Web. Me parecía que ahí había una historia interesante para contar. Además, yo quería escribir un libro sobre la vida de una persona que hubiese sido símbolo de algo. Finalmente, logré contactar al hermano de Cris y me reuní con él. Cuando terminé con la primera entrevista, me di cuenta que había una gran historia universal sobre la construcción de una identidad y la búsqueda de la aprobación social. De a poco, empecé a construir, gracias a los testimonios de los entrevistados, la historia de Cris y empecé a entender que ella había sido símbolo de una época, la del menemismo. Pero, sobre todo, también en el espacio público sirvió como una suerte de prólogo para el debate social de esos cuerpos que escapan a las normas establecidas.

-T: Se nota que hay una larga investigación y muchas entrevistas en el libro. ¿Cómo fue ese proceso? ¿Todos aceptaron hablar o hubo que convencerlos?
-CS: Empecé a pensar el libro y a preproducirlo en agosto de 2010 y lo terminé en octubre de 2016. Al mes de empezar, tuve la primera entrevista con el hermano de Cris, Esteban Virguez. Él me fue conectando con algunas amigas de ella. Y así pude ir armando su red social. Pero había un entrevistado muy próximo a Cris, su último asistente, que hoy se llama Jorgelina Belardo, que me llevó cerca de dos años encontrar. Más allá de la dificultad para hallar a algunos entrevistados, lo que me más me llamó la atención es que todos necesitaban hablar, contar la vida de Cris y, sobre todo, su muerte. Muchos tenían –creo que aún las tienen- ciertas heridas abiertas. Su muerte fue rápida y sorpresiva para todos. A veces, durante las entrevistas, había mucho dolor. En su último tiempo, Cris sufrió mucho.

Creo que para ellos, dar testimonio en el libro les sirvió para cerrar algunas heridas y romper el silencio. La historia de Cris estaba invadida de silencios porque, en esa época, había muchos tabúes, como, por ejemplo, el HIV, que terminaba por estigmatizar a los que vivían con el virus.

Acá hay sexo. Acá hay drogas. Acá hay muerte. Acá hay una vida


Carlos Sanzol
-T: Decís que en los 90 "la Argentina era una nación que, como Cris, trataba de buscar su identidad en un espejo que distorsionaba".
-CS: Su fama fue fugaz. Sólo duró cuatro años: desde que en 1995, debutó en la “Viva la revista en el Maipo”, de la mano de Lino Patalano, hasta que murió en 1999. Cris se forja en plena época menemista. En ese momento, muchos argentinos creían en el discurso gubernamental de estar viviendo en el Primer Mundo, pero, en realidad, en los márgenes muchos de sus compatriotas se ahogaban en la miseria, gracias a las políticas de ajuste. Cris, en tanto, en sus primeros tiempos, buscaba construir su identidad: era un chico andrógino de día, pero, por las noches, era una femme fatale; se convertía en Cris. Recién dos años antes de su muerte, en 1997, se somete a una mamoplastía y pasa a ser cien por ciento Cris Miró. Quizá, ella retardó la realización de ese deseo tantos años por el miedo a ser discriminada: en esa época, ser trans no tenía más destino que la prostitución.

-T: Hay entrevistas televisivas, sobre todo una que le hace Mirtha Legrand, que es muy cruel y la expone. En el libro queda claro que ella decide responder desde esa incomodidad más allá de la bronca que puede generarle el tono con el que se hacen las preguntas. ¿Qué lugar te parece que había decidido ocupar ella en ese momento?
-CS: No creo que haya habido crueldad en la entrevista de Mirtha. En ese momento histórico ser trans era visto socialmente como un “fenómeno de circo”, un paria o una persona que tenía alguna enfermedad psiquiátrica. Nos sorprendemos y nos horrorizamos ahora del tipo de preguntas que se les hacía a estas personas en la TV, como por ejemplo: ¿vos vas al baño de mujeres? o ¿alguna vez pensás que vas a volver ser un hombre y te vas a casar? Sin embargo, esa naturalización de la discriminación propia de esa época, claro que le dolió a Cris. Ella, que era muy inteligente, decidió, ­–un poco adoctrinada por su manager Juanito Belmonte–, adoptar una postura diplomática y mostrar una faceta más de “dama” que de una persona escandalosa. Sabía que ni los escándalos ni las confrontaciones le convenían para construir su carrera artística.

-T: Contás la llegada de Florencia de la V para reemplazarla en el teatro. Mientras Miró hacía un personaje de mujer, De la V de travesti. ¿Qué diferencias notás entre las dos? Más allá de las coyunturas en las que se instalan en los medios.
-CS: Florencia y Cris tienen dos personalidades y perfiles artísticos diferentes. Dos modos distintos de encarar el escenario. Cris se identificaba más con el rol de vedette. Ella entraba a un lugar o se subía al escenario e impactaba. Su metro ochenta y cinco, su postura, sus movimientos de gacela, su pelo largo y azabache; esas eran sus armas escénicas. Todos los entrevistados destacan su belleza y magnetismo. “No podías dejar de mirarla”, me dijeron. En cambio, Florencia era mucho más “pícara” y más rápida en sus contestaciones. En ese tiempo, se identificaba más con el rol de capocómica. Algo que finalmente terminó por cultivar.

-T: ¿Cómo te parece que fue mirada desde la comunidad gay, lésbica, bisexual y trans?
-CS: En ese momento la comunidad LGBT le criticó el hecho de no ser una militante ortodoxa. Es decir, de no participar de las marchas o de no ponerle el cuerpo a la causa. Sin embargo, con los años, se entendió que su sola presencia en la escena pública era su propia forma –involuntaria- de militar. Hay algo que me gustó mucho que me dijo la actriz Mariana A. Cuando ella le reveló a su madre ­-una mujer muy religiosa- que decidía vivir como una chica trans, la mamá le dijo: “Espero que seas como Cris Miró”. Y creo que eso es lo que Cris legó: abrió puertas para otras chicas trans en el mundo del espectáculo, mostró otra cara del travestismo e hizo que nos diéramos cuenta que hay personas que sufren y se ahogan por no ser lo que sienten.