23/09/2016 literatura

El libro de la semana por Beatriz Sarlo: “El Absoluto”, de Daniel Guebel

Nacido en 1956, ha mirado con distancia irónica las modas cultas de la literatura argentina. Es un escritor desesperado que no ha renunciado a la levedad y la gracia. "El absoluto" es su última novela.

 Daniel Guebel nació en 1956 y desde sus primeras novelas, hace casi tres décadas, demuestra una habilidad prodigiosa y una imaginación inagotable. Su escritura fluye de manera tan elegante, que puede confundir a quienes creen solo en las ficciones que presentan evidentes tropiezos. Guebel ha mirado con distancia irónica las modas cultas de la literatura argentina. Es un escritor desesperado que no ha renunciado a la levedad y la gracia. "El absoluto" es su última novela.

Vida de artista: el padre de Frantisek Deliuskin recorre las estepas siberianas descongelando mamuts, cuyos bloques helados desprende con dinamita, para venderlos a los museos de Europa. Después de aprender los principios elementales de la música, Frantisek se convierte en un artista original, cuyas obras tienen la cualidad de ordenarse no según tonos sino siguiendo los "temas" que percibe en el cuerpo de las mujeres con quienes mantiene relaciones: un tonalismo de los cuerpos que le sugieren temas diferentes. En suma, una erótica musical.

Este es solo el primer paso. Frantisek triunfa con una canción que hace vibrar todas las cuerdas de lo que se llama el "alma rusa". Se casa con una artista finlandesa que pinta acuarelas desvaídas (el lector puede imaginar las de Caspar Friedrich) y tienen un hijo. Los hijos son necesarios en esta novela de Guebel, porque aseguran la continuidad de la ficción a lo largo de la historia, desde el último tercio del siglo XVIII hasta el último del XX. Casi ciego, Frantisek escribe un poema sinfónico que se anticipa a Berlioz. Los lectores de Guebel podemos suponer que esa obra es la más alta realización del nacionalismo estético o, en palabras de un médico de aldea, mientras caminan por el campo: "Algún día todo esto será suyo, musicalmente hablando". Primer tema: ¿es posible dar expresión a los sentimientos colectivos? ¿dónde y de qué modo se unen la identidad y el arte?

 El hijo de Frantisek y la pintora se llama Andrei Deliuskin. Será el bisabuelo del narrador. Sus primeros años transcurren en Finlandia, la patria de su difunta madre, y hereda allí la fortuna de sus abuelos, y la tutoría de una cierta Marina Tsvetskaia. Imposible no recordar en los sonidos del nombre de esa tutora el de Maria Tsvestkaeva, la gran poeta rusa. Rusia está en todas partes. 

Aquí, la novela toca otro tema: Andrei lee los "Ejercicios espirituales" de Ignacio de Loyola, el fundador de la orden jesuítica. Con un elíptico salto, Guebel intercala a Lenin, conductor político-militar, centralista y duro, como fue Loyola. La historia espiritual es materia de paralelos, deslizamientos, semejanzas y reflejos. Como si hubiera leído a Carl Schmitt, Lenin (llegado desde el futuro) manifiesta en un diálogo bien jesuítico: "…La religión sería la instancia de nominación trascendente de los avatares de la política". Perfecto. 

Regresamos a fines del siglo XVIII. Andrei se enamora y, como a tantos hombres enamorados, le llega el momento de partir con las tropas de Napoleón a la conquista de Egipto. Napoleón, (nos informamos en "El absoluto") decide su campaña de Egipto solo para recuperar a Josefina. Andrei se enrola para olvidar a la que fue su mujer. Simetría romántica.

Podría seguir con cientos de episodios de "El absoluto". Hay anarquistas que fracasan en atentados verdaderamente acontecidos en la historia de Europa Central; hay primeros planos de grandes estrellas del espiritismo, el espiritualismo, el mentalismo: Madame Blavatsky, por ejemplo. Los personajes descubren un singular entrelazamiento temático en las canciones revolucionarias rusas; o escriben tratados políticos brillantes, donde se leen frases redondas como la que sigue: "Pensar el acto revolucionario como si fuera una representación teatral"; o inventan máquinas leyendo revista como Mecánica Popular. Guebel piensa la ficción como un espacio sin límites y piensa la cultura como el espacio ilimitado de la ficción.

En las primeras páginas de "El absoluto", quien narra se presenta como sobrina del gran músico ruso Alexander Scriabin. Pero, antes de llegar a "Scriabin" (las comillas valen porque Guebel escribe biografías imaginarias), esta novela presenta múltiples biografías ficcionales. "El absoluto" tiene 550 páginas divididas en seis "Libros" que relatan seis "vidas". La primera, como se vio, es la del tatarabuelo Frantisek Deliuskin; la segunda se hace cargo del bisabuelo Andrei; la tercera, del abuelo Esaú; la cuarta de un hijo de Esaú que, por accidente, fue separado de su hermano Sebastián en la primera infancia; por eso lleva un apellido diferente al patronímico familiar y resulta ser el imaginario "Alexander Scriabin"; la quinta es la biografía de Sebastián Deliuskin, el hermano de "Scriabin", músico viajero, que sueña terminar la gran obra inconclusa de su desconocido hermano, con quien lo vincula una relación extrasensorial, como la de Los hermanos corsos. Este Sebastián tiene una hija, que es la madre del protagonista del sexto libro, titulado con aparente sencillez "Yo". 

La migración ha hecho que estos personajes últimos tengan a la Argentina como escenario de sus amores, de sus locuras y de sus inventos. La lista de los seis libros puede parecer complicada, pero es sencilla: se trata de una familia durante varias generaciones. ¿Se entiende? No importa. Hay que leer este árbol genealógico aceptando su simple complejidad. Hay que reconocer la unión de estos calificativos contradictorios.

Innecesario aclarar que el "Alexander Scriabin" del Libro 4 de "El Absoluto" es una invención. Guebel lo da a entender desde el principio porque el Scriabin real y su "Scriabin" han nacido con treinta años de diferencia. Sin embargo, hay rastros que vuelven verosímil (como si se tratara de una representación) al "Scriabin" de Guebel. No solo los maestros de música, cuyos nombres son los mismos en la realidad y la ficción, o el nombre de la pianista y esposa Tatiana Schloezer, sino la tendencia irrefrenable y desmesurada hacia el absoluto: "La totalidad… la totalidad de lo existente". Y, por eso, el relieve de espiritualistas como Gurdieff y Blavatsky que pueden entender esta pregunta: "¿por qué un músico, sólo un músico, ni más ni menos que un músico, decide poner en marcha lo imposible?"

Si el "Scriabin" de Guebel no es Scriabin, igualmente persigue ese absoluto. En una nota publicada por Pablo Gianera en La Nación, se señala la coincidencia: "Algunas obras pretenden la consumación de una utopía. Esto encierra cierta ambigüedad: la consumación parecería clausurar la dimensión utópica en la medida en que la priva de su lejanía. A semejantes obras suelen esperarles la inconclusión y el abandono. Ese es justamente el caso del 'Mysterium' de Scriabin, después de cuya interpretación en un templo en el Himalaya sobrevendría -según creía el compositor- el fin del mundo".

"El absoluto" trata de ficciones masculinas, donde las mujeres son sombras. Sería fácil y tan equivocado como fácil decir que las mujeres son fugitivas porque los hombres tienen la responsabilidad de la acción estética, científica, militar, política y social. Las mujeres son figuras que se desvanecen (como las acuarelas que pinta una de ellas), porque esta novela tiene como tema central el desconsuelo que produce esa ausencia. Las mujeres son lo que, en verdad, se persigue de modo irreparable.

En el final, donde las novelas tradicionales, los bestsellers y otros productos colocan el desenlace de la trama, en el último capítulo del último Libro, Guebel cita una bien conocida escena de Proust: aquella en que el narrador, cuando era niño, de noche ya en su cama, espera "la visita y el beso" de su madre. Guebel sigue a Proust en el sentimiento de que el drama y las fantasías de la infancia se originan en esta espera del beso maternal y nocturno, una espera que siempre se teme defraudada y que, en ocasiones, solo puede mitigar una abuela (también como en Proust) o la fantasía que trabaja como linterna mágica.