22/09/2016 opinión

Adicción al juego: el consumidor consumido

La adicción patológica a los juegos de azar y las apuestas se conoce como ludopatía. Sobre sus consecuencias opinó para Télam la psicoanalista María Cristina Oleaga.

Por María Cristina Oleaga (*)

En 1595 Caravaggio, en "La partida de cartas", pintó la estructura y dinámica del juego. Uno de los jugadores mira sus cartas antes de jugar, el otro recibe de un tercero, que también las mira, señas que le permitirán ganar. Hay uno que -indefectiblemente- será embaucado. Sin embargo, sabemos que si se trata del ludópata, éste no dejará de insistir. Como decía Freud, al analizar esta afición en Dostoievski, lo que verdaderamente importa al jugador es jugar. Freud ubica una "adicción original" en el onanismo y dice que las otras, que se presentan como "tentación irrefrenable", revelan asimismo su origen en la masturbación. Dado que sí o sí, el jugador empedernido termina arruinado, Freud analiza allí tanto el sentimiento de culpa del sujeto como la satisfacción de la necesidad de castigo.

Este esquema elegante en su simplicidad revela la esencia del fenómeno adictivo. Veamos lo descriptivo: se trata de alguien para quien siempre hay señales que lo invitan a jugar, números, fechas, sueños, todo puede ser vía regia a un triunfo con el que fantasea, triunfo que -si bien no es la meta fundamental- lo impulsa y lo engaña cual espejismo. Se miente y miente al otro, de ser necesario, para seguir jugando. Algunos, más cerca de la verdad, aluden a la "adrenalina", a una excitación que los hace sentir vivos cuando su destino mismo pende del hilo de una vuelta de ruleta, de una carta, de los números, de las figuras en la máquina tragamonedas, del galope de un caballo y de otras claves en las que esperan el golpe de suerte. Si ganan ya no pueden detenerse. Pero -ya sea porque los sistemas de juego están pensados para evitarlo o porque el ganador debe, llevado por oscuras fuerzas inconscientes, castigarse- terminará perdiendo siempre más de lo que pudo obtener.

El jugador involucra, con su impulsividad, a su familia y amigos, a cualquiera que le ofrezca ayuda económica. No puede detenerse ni ante el dolor que causa. En sus fantasías de redención futura siempre compensa al otro con creces. Sólo en momentos puntuales puede conectarse con lo incontrolable en él; son momentos en los que, a veces, puede acceder a tratarse.

Si, en lugar del juego, ubicamos otras predilecciones incoercibles, tendremos un esquema parecido. Varían los daños según se apunte a la salud -como cuando el objeto son las dietas o las cirugías estéticas, por ejemplo-, a los vínculos y creencias - como cuando el sujeto adhiere a grupos de riesgo-, etc. Actualmente, surgen permanentemente nuevas conductas adictivas. Hay que enfatizar esta modalidad más que el dato del objeto a consumir: droga, comidas saludables, Internet, gimnasios, trabajos, etc.

Cualquier predilección corre, en la sociedad capitalista de mercado, el riesgo de convertirse en objeto fetiche, de consumo y -quizás- de adicción. Los mandatos sociales incitan a una imposible satisfacción ilimitada ante la que el sujeto queda en falta.
Se trata de una sociedad que promueve el individualismo y que favorece, por lo tanto, el encierro autoerótico de sus miembros.

Nos reencontramos, así, con la conceptualización freudiana de las adicciones. Los síntomas de época, en línea con estos rasgos, son la depresión y las conductas impulsivas, polos que reflejan un obstáculo en el campo del deseo. La paradoja es que muchos -hartos de tanta presión- buscan salidas en preferencias que consideran anticonsumistas y se encuentran, de nuevo, enredados en opciones adictivas. Desde el running al fomento de la vida sana, todo parece convertirse y les es devuelto como oferta consumista adictiva. El final de juego del ludópata, su ruina, es el ejemplo más contundente del lugar de objeto de desecho, consumidor consumido, en que puede quedar el sujeto.

La ludopatía es una adicción que crece en el mundo. Aquí, desde los años 90 -al amparo de los diferentes gobiernos- la invasión de bingos, casinos y juegos de azar copó la oferta en todos los barrios, con horarios que garantizan una continuidad sin límite. Se trata de una verdadera operatoria sobre la subjetividad, solidaria de los mandatos de éxito en un medio cada vez más expulsivo con sus miembros. La edad de comienzo de los jugadores ha descendido, ya que actualmente los adolescentes pueden jugar a través de Internet, hacer apuestas online, acceder a micropréstamos, sin moverse de su casa. Hasta pueden burlar el requisito de la mayoría de edad si logran hacerse de un documento ajeno.

Un dato clave: en la Universidad de Harvard las asociaciones de juegos y entretenimientos, de casinos y de tecnología para estos establecimientos financian la investigación de esta adicción desde el Centro Nacional para el Juego Responsable, con sede en Las Vegas. Sus conclusiones ponen el acento en la predisposición de algunos pocos para la ludopatía y descalifican el riesgo que correrían los otros, habilitándolos así a jugar libremente. Hemos dejado, en este terreno como en muchos otros, a las ovejas al cuidado de los lobos.

(*) Psicoanalista, miembro del staff de la revista El Psicoanalítico.
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