19/09/2016 ensayo

Luciano Lutereau: "Las consignas libertarias suelen llevar al terror"

En "Ya no hay hombres", el escritor y psicoanalista dispone un procedimiento teórico-práctico (político) para responder a una pregunta que hegemoniza los salones femeninos (y algunos masculinos) sin dar respuestas como para clausurar ese enigma, y con el sentido del humor imprescindible que la comedia humana autoriza.

Por Pablo E. Chacn

El libro, publicado por la editorial Galerna, es un estudio que no descarta las referencias a la mitología, la literatura y el cine, y que da lugar a una serie de hipótesis sobre el ser masculino, el ser femenino y las enseñanzas del mismo Jacques Lacan.


Lutereau es psicoanalista. Doctor en Filosofía y en Psicología por la UBA, donde trabaja como docente e investigador. Coordina la Licenciatura en Filosofía de la UCES, es autor de diversos libros, entre otros "Histeria y obsesión", "La verdad del amo" y "Celos y envidia". Es miembro del Foro Analítico del Río de La Plata.

-Télam: "Ya no hay hombres" es un título polémico, especialmente en una época en la que muchas mujeres mueren en manos de varones. ¿Se trata de una suerte de desafío al feminismo?
-Lutereau : En absoluto. Me siento afín al feminismo, aunque no podría decir que me considero feminista porque mi único compromiso con una actitud práctica y pública es a partir del ejercicio y la enseñanza de la clínica psicoanalítica. Asimismo, el feminismo dista de ser una corriente homogénea. En particular me interesan los desarrollos de Judith Butler, en la medida en que propuso recientemente una revisión de los totalitarismos en los que el feminismo mismo puede incurrir. No puedo estar de acuerdo con ninguna postura romántica que no advierta que las consignas libertarias suelen llevar al Terror. Dicho de otra manera, cuando hoy en día hay una preocupación constante por "visibilizar", ¿no es algo ingenuo (mucho más después de Heidegger) creer que llevar a lo visible no es también una forma "invisibilizar"? La pregunta de todo pensador crítico, y es el caso del psicoanalista, debería ser entonces: ¿qué se invisibiliza al visibilizar? ¿Al servicio de qué goce se denuncia a los supuestos Amos? Porque el hombre es un Amo supuesto. Decir "Ya no hay hombres" es decir "Ya no hay Amos", una idea que extiende el aforismo nietzscheano: "Dios ha muerto".

-T : Entonces su propuesta no es de desafío, pero ¿es reivindicativa? ¿Se extraña a los hombres?
 -L : No es de desafío, aunque es cierto que el título encarna una queja histérica contemporánea. Debería matizar, entonces, que tampoco es nostálgica. Tampoco estoy seguro de que haya habido hombres alguna vez. Al menos no desde un punto de vista en que la masculinidad no fuera un síntoma. La historia (y la histeria) de la hombría es el relato de los síntomas masculinos: desde la impotencia como índice de la causa del deseo, hasta el amor que, en nuestros días, toma la forma de una condición feminizante. Esto podría ser una ventaja. Asimismo, incluye la pregunta por la paternidad como acto que sin duda toca la relación con la herencia, la genealogía y la descendencia. No se extraña a los hombres, a veces sí a los padres; pero, ¿hubo padres alguna vez? El aspecto más relevante no deja de ser que esta función sólo puede ser atribuida desde la filiación. No hay nadie más ridículo que el que dice "soy tu padre". Cuando quien escucha esto no responde desde la creencia (y el creyente siempre es culpable de su fe), tiene la puerta abierta para interrogar "¿quién sos vos para decir que sos mi padre?". Tarde o temprano, cualquier niño lo demuestra.

-T : Una de las aristas más interesantes de su libro es la interrogación de la enseñanza de Jacques Lacan. ¿En qué sentido la teoría lacaniana no es el delirio o una fantasía de Lacan?
-L : En efecto, las diferentes versiones del padre en la obra de Lacan permiten responder a una inquietud específica: ¿por qué el psicoanálisis lacaniano no es la neurosis de Lacan? En este punto, se trata de la misma pregunta que Freud se formulara en el caso Schreber, respecto de la teoría delirante de un psicótico. En última instancia, se trata aquí de que la enseñanza del psicoanálisis no puede dejar de llevar las huellas de quien transmite y entonces, ¿cómo dar cuenta que esas marcas no llevan al engaño fantasmático? En muchos aspectos la concepción lacaniana de la metáfora paterna parece una construcción neurótica que podría caer en una especie de apología del padre que opera (fallidamente, por cierto); pero en última instancia habría un nombre para el goce, el Nombre del padre... cuyo fracaso quedaría revelado por la invención del objeto a. Asimismo, los operadores de la metáfora paterna son el ideal y la identificación, que prescriben una respuesta normativa para el ser sexuado.
De este modo, esta primera formulación lacaniana a la cuestión de la sexuación es parcial, y algo artificial, dado que se piensa en términos de funciones parentales (padre y madre), mientras que a partir del seminario "El reverso del psicoanálisis" (en la relectura que Lacan realiza del Edipo a la luz de otra lectura de "Tótem y tabú") se asiste a una nueva versión del padre cuyo punto de llegada será la noción de père-version en los últimos seminarios. El padre ya no será el agente de la castración, sino quien la transmite de forma sintomática. El padre no es el nombre de una ley para el goce sino aquel que hizo de una mujer la causa de su deseo. Si "La interpretación de los sueños" es un testimonio de Freud como analizante, la rectificación de las versiones del padre en el seminario de Lacan es un equivalente de su paso en la enseñanza, que demuestra que su posición en ese dispositivo era también la del analizante.