17/09/2016 poemario

Paz Busquet: "La tragedia clsica dio marco a mi escritura"

"Crudas", primer poemario de Paz Busquet, configura una intensa voz atravesada por la animalidad, la infancia, la sexualidad, el mundo onírico y la presencia de la muerte, donde se condensan una serie de imágenes impregnadas en una suerte de memoria brutal que no es otra cosa que la intimidad.

Por Juan Rapacioli

Publicado por la editorial Audisea, el libro está estructurado en cuatro partes donde el lenguaje va sufriendo una encarnación a través de un ordenamiento de sensaciones ancladas en los recuerdos: "Pasajes de infancia", "Niñeras", "Matar y morir", "Prioridades y olvidos".

Busquet (Buenos Aires, 1985) habló con Télam sobre el origen de "Crudas".

"El olvido es muy importante en el poemario. Hay algo que no se recuerda. Uno podría pensar que es un libro de recuerdos, pero es un libro que ordena sensaciones", dijo.

- Télam: ¿Cómo nació este poemario? ¿Hubo un disparador o punto de partida?
- Busquet: Puedo explicarlo de la siguiente forma: a los 2 años me terminé un kilo de uvas. Sentada al lado de la bolsa, aproveché los 30 minutos de viaje para meterme cada una de las frutitas en la boca. Las tragué sin masticar. Vomité. Después lo olvidé todo. Más tarde, a eso de los 8 años, en la chacra de una vecina, descubrí que una vez que se arranca una fruta, ésta no vuelve a crecer sino hasta la estación siguiente. Tendrían que haber visto la expresión de Sara cuando vio que ya no quedaba ni una sola fruta en la parra.
- "¡Te comiste todas las uvas!". Sentí vergüenza de lo que fui capaz de hacer: la fuerza de provocar algo irreversible. Las uvas arrancadas, esas pequeñas plenitudes de placer dulce, dejaron varios huecos. Primero ocurrió la transgresión: comer. Después reconocí el hueco. ¿Cómo reponer? ¿Cómo transformar? Ese invierno volví por las mandarinas. Con las cáscaras le escribí un mensaje a Sara para que supiera que había estado ahí, comiendo. Son esos momentos en los que aparecen en mis poemas: acción, reconocimiento, palabra.


- T: Animalidad, sexualidad, infancia, sueño y muerte atraviesan el libro...
- B: El libro está dividido en cuatro series. De una a la otra va ocurriendo algo a nivel del lenguaje, una encarnación. Es cierto que condenso mucho, eso es bastante onírico. El poemario surge de escenas muy sensibles que pueden llamarse "sexuales" desde una mirada adulta. Más tarde aparecieron los poemas relacionados con lo muerto, con lo que se muere. Entretejiendo las dos partes, se escriben los poemas dedicados a las niñeras ¿madres? pero también nenas, que cuidan y delimitan un territorio femenino. Las niñeras, tomadas a partir de ciertos rasgos, son las imágenes degradadas de la Virgen (madre), son las santas de la devoción de la nena sin ritual. En la última serie se produce un ordenamiento de las sensaciones, se priorizan ciertas cuestiones, se olvidan otras.


- T: Las imágenes golpean, de alguna manera, el trasfondo del recuerdo...
- B: Cuando la hermana se abre la pierna y corre riesgo de vida, la quemadura del dedo propia pasa a ser insignificante. Sensualidad (más que sexualidad) en los paisajes de infancia, directos y desmoralizados. Quien habla es un objeto más del paisaje. Ante la indiferencia del mediodía, no hay distinción entre la vaca muerta y ella de cuatro, cinco u ocho años. Matar y morir. Hacer y dejarse hacer. El placer es una plenitud señalada por el hueco que deja la fruta en la rama. En cada nueva estación renace algo de ese placer, otro fruto. Pero se acaba. Se come. Los animales se matan. Las personas se mueren. Todo se seca al sol. La serie de las niñeras ofrece figuras que configuran una imagen propia. No es hombre, no es mujer, tampoco animal. Son íconos paganos que encarnan los conflictos y los deseos ajenos, crecidos en la tensión de la clase social. Prioridades y olvidos. El olvido es muy importante en el poemario. Hay algo que no se recuerda. Uno podría pensar que es un libro de recuerdos, pero es un libro que ordena sensaciones.


- T: La tensión es una constante: entre la inocencia y el deseo; entre la niñez y el mundo adulto.
- B: Escribir "Crudas" fue, entre otras cosas, acercarme a una imagen aislada: una canilla con una gota que quiere caer, está a punto de caer, y se resiste aún, prendida a la boca del caño. Esa imagen conocida en un tiempo muy temprano me obsesionaba. Quería recuperar el contexto que había olvidado. Más tarde la gota a punto de caer volvió con el orgasmo de la adultez. Renace ese algo, quizá la magdalena de Proust, en lugar de otra cosa que nunca es ese algo, ¿un ritual?, sino la magia de acercarse con los sentidos a un paisaje. Creo que en la gota también está esa tensión.


- T: La intimidad se vuelve un espacio que contiene una suerte memoria brutal...
- B: Creo que la intimidad es justamente eso: una suerte de memoria brutal. Ahí pude escribir, en un espacio habitado por muchos, armado y amado desde el conflicto. No sé qué tipo de intimidad ocurrirá más adelante.


- T: ¿A qué autores considerás formativos?
- B: El teatro estuvo presente durante el armado. Escuché recitar, memorizar y accionar "Bodas de Sangre". Escuché actores repitiendo los textos de mil maneras diferentes e infinidad de veces. De a poco fui entrando en la raíz de Lorca. También tuve un proceso parecido con Beckett. Los monólogos de Antígona y Andrómaca, el cuerpo de la tragedia clásica, dieron marco a mi escritura, me enseñaron algo de lo formal del lenguaje. Memoria y acto se suelen dejar de lado cuando se piensa en lo textual. Justamente la cuestión oral y práctica del lenguaje tiene que ver con algo muy primario. Quizá sea por eso que no puedo pensar la escritura de este libro por fuera del texto teatral. En ese punto me entendí con Ted Hughes, no sólo porque escribió todo lo que yo hubiera querido escribir cuando se mete con ese cordero naciendo, tironeado, violetón, sino porque también tradujo "Bodas de Sangre" al inglés.
El fue la piedra que me permitió dar el salto a la orilla de la poesía anglosajona.
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