28/07/2016 aniversario

Se cumplen 35 aos de la histrica experiencia de Teatro Abierto

El primer movimiento de resistencia cultural a la última dictadura militar reunió a 20 autores, 20 directores y más de 150 actores y técnicos para manifestar la existencia y vitalidad de una escena nacional que entonces era negada, y que se transformó en un acontecimiento de resonancias políticas que fueron más allá de la ambición y los intereses de sus impulsores.

El primer ensayo abierto al público y a sala colmada de tres obras (el plan era presentar tres obras diarias nuevas de autores argentinos a lo largo de los siete días de la semana) se realizó el 28 de julio de 1981 en el teatro Picadero, que días después, entre la noche del 5 y la madrugada del 6 de agosto, fue incendiado por un grupo de tareas, atribuido extraoficialmente a la Marina.


Este hecho generó una asamblea pública, de la que participaron entre otros Adolfo Pérez Esquivel (recientemente había sido nombrado Premio Nobel de la Paz) y Ernesto Sábato, que decidió trasladar la actividad al teatro Tabarís de avenida Corrientes, una sala de 700 butacas, durante los siguientes tres meses, donde se desarrolló la experiencia a sala llena en todas sus funciones.

Las primeras reuniones que dieron forma a Teatro Abierto se realizaron en el bar de Argentores con la participación de autores como Osvaldo Dragún (el principal promotor del acontecimiento), Carlos Gorostiza, Ricardo Halac y Tito Cossa, entre otros, y respondió al impulso de dar respuesta a la negación del teatro argentino que se estaba realizando desde el Estado.

Hubo dos hechos que impulsaron a la comunidad teatral a pensar algún tipo de respuesta que derivó en Teatro Abierto: la eliminación de la cátedra de Teatro Argentino Contemporáneo en la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD), tradicional centro de formación del quehacer teatral local, y también que ese mismo año el director del Teatro San Martín, Kive Staiff, ante la consulta periodística de por qué no había en las salas oficiales puestas de dramaturgos argentinos respondió, “¿de qué autores? Si no hay autores argentinos”, en declaraciones que fueron publicadas por el diario Clarín.

“Teatro Abierto fue una respuesta a un gobierno dictatorial que estaba negando el teatro argentino; muchos actores y directores estábamos prohibidos y actuábamos con seudónimos, hubo también episodios de censura y autocensura y entonces surgió esta idea movilizada por Dragún de hacer 21 obras cortas nuevas de 21 autores tres por día todos los días de la semana”, cuenta a Télam Rubens Correa, que formó parte del grupo originario y que en esa primera edición dirigió “Lobo.. ¿estás?" De Pacho O'Donnell.

“Gris de ausencia”, de Cossa; “El acompañamiento”, de Gorostiza; “Lejana tierra prometida”, de Halac; “Papá querido”, de Aída Bortnik; “La cortina de abalorios”, de Ricardo Monti; “Decir sí”, de Griselda Gambaro; y “Tercero incluido”, de Eduardo Pavlovsky, fueron algunas de las 20 obras que se vieron en el ciclo.

“Creo que más allá de la fuerte significación política de Teatro Abierto, fue interesante porque reeditó y saldó un viejo conflicto sobre el teatro nacional, que se remonta a una polémica de principios del 900 entre Mariano Bosch y Vicente Rossi”, propone Gonzalo Demaría, escritor, ensayista y autor de obras como “Tarascones”, “Deshonrada” y “El acto gratuito”.

“En esta polémica -cuenta Demaría- Rossi sostenía que el teatro argentino, con autores nacionales, actores y público nacional, nacía con los hermanos Podestá, mientras que Bosch negaba esta posibilidad; creo que Teatro Abierto cerró esta polémica con una demostración de que el teatro argentino ni siquiera desaparece con una dictadura que lo niega y lo persigue y un incendio que quiere acallarlo; Teatro Abierto es un símbolo y con él queda firme que el teatro argentino existió y existe”.

Experiencia única en el mundo, movimiento estético-social que movilizó a un público que también estaba silenciado, como señaló el actor Onofre Lovero, Rubens Correa marca también la posibilidad de la aparición de Teatro Abierto a partir de la existencia previa de un fuerte movimiento de teatro independiente que arranca en la década del 30.

“Creo que Teatro Abierto es un hito fundamental de la historia del teatro argentino y que tiene mucho que ver con la existencia del teatro independiente”, asegura Correa.

“Cuando Barletta funda el Teatro del Pueblo en noviembre de 1930, meses después del golpe de Uriburu que derriba al gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen -agrega Correa-, señala que el actor como artista tiene la responsabilidad de decir lo que él cree que tiene que decir y no lo que dice el empresario que diga y que para poder hacer esto debe autogestionarse y ser dueño de sus propias salas”.

“Esta idea de Barletta -continúa Correa-, que prende rápidamente y lleva que para el 38 haya más de 20 compañías autogestionadas, da origen a un teatrista argentino muy acostumbrado a opinar y a autogestionar en el teatro, y creo que esas son dos de las condiciones básicas que hacen posible Teatro Abierto, que en un punto es la continuación del mejor teatro independiente. Hay una capacidad de producción que le viene al teatro argentino de su propia historia, cuando se plantea hacer 20 obras nuevas, con 20 escenografías y 20 elencos en muy pocos meses y sin recursos económicos, nadie dijo que eso era una locura, porque esa capacidad autogestiva está incorporada en el teatro argentino sin mucho discurseo”.

Primer movimiento contestario a la dictadura y que luego se replicó en otras artes y hecho político mucho más grande y significativo de lo que sus propios gestores imaginaron, Teatro Abierto, dice el actor, director y autor, Pompeyo Audivert, “fue una fuerza de choque, un piedrazo en el espejo de una realidad siniestra que el poder cívico militar había establecido a sangre y fuego”.

“Nacido como expresión sintética y artística de fuerzas históricas que se volvieron conscientes y pasaron a la acción, Teatro Abierto significó una contraofensiva cultural descomunal que superó las expectativas de quienes lo impulsaron y se volvió un espacio de resistencia de naturaleza político artística”, asegura el dramaturgo de “Muñeca” y autor de “Puente roto”.

“El teatro es en el fondo una asamblea metafísica -continúa Audivert-, Teatro Abierto fue además una asamblea antihistórica pues su sola existencia discutía con el frente histórico desde las formas mismas de producción. Fue también, la reaparición de fuerzas revolucionarias que habían sido diezmadas a sangre y fuego y que ahora retornaban a escena enmascaradas, vueltas poética pura, un influjo de otredad. Es una pena que hoy no exista una unidad artística antihistórica como aquella”.

"Teatro Abierto fue una respuesta a un gobierno dictatorial que estaba negando el teatro argentino; muchos actores y directores estábamos prohibidos y actuábamos con seudónimos, hubo también episodios de censura y autocensura y entonces surgió esta idea"


Otro de los elementos presentes en la experiencia de Teatro Abierta fue el modo, transversal, desorganizado, a momentos caótico, democrático, asambleario como se gestó y se llevó adelante.

El iluminador Jorge Merzari, que tomó parte, se pregunta: “¿Quién mandaba? No mandaba nadie, todos hacíamos”, y ese modo de hacer es lo que rescata también el actor, autor y director Mariano Saba (“La patria fría”, “Al servicio de la comunidad”), que tenía 1 año cuando Teatro Abierto se desarrollaba.

“Cuando escucho narrar su experiencia a teatristas que protagonizaron aquella resistencia artística -y por lo tanto política-, siempre asoma en sus relatos -a pesar de todas las vicisitudes- un profundo latido de humanidad, de enorme valentía, de feliz sentido de lucha colectiva y creadora. Son voces humanas las que hablan. Y en esas voces que rememoran aquellos días surge muchas veces lo teatral entendido como un arriesgado intento de la voz contra las fuerzas despóticas del silencio, bestiales siempre, brutales también”.

“No creo que a nadie se le escape la contundente metáfora de lo real que dejó aquel primer Teatro Abierto de 1981 -destaca Saba-: ante la tragedia del fuego incendiando un teatro, el teatro mismo respondió encendiendo con su fuego sagrado una apasionada multitud de creadores y espectadores”.

"El teatro -agrega- es imbatible porque es humano, porque lo vertebran hombres y mujeres que reúnen sus voluntades para contrarrestar con la presencia de sus cuerpos los desmadres idiotas de una realidad muchas veces perversa. Por eso, sea quien sea el que ocupe el cargo, siempre debería temer a la fuerza redentora de lo teatral, ya que nunca se doblega ante la idiotez o la falta de sinceridad o de nobleza. Por eso me animo a afirmar que el gesto político de Teatro Abierto resultó fundacional para cierta ética de resistencia que aún palpita en el teatro independiente contemporáneo”.

“Siempre estará ahí, como un claro ejemplo de que incluso ante una realidad depredadora, el teatro puede valerse de la actuación, de la poesía, del humor, de su insondable polisemia para ponerse bravo y hacer trastabillar a lo real”, concluye.
Para el productor Sebastián Blutrach, que en 2011 compró la en 1981 incendiada sala del Picadero y la reabrió en 2012 y que en momentos de Teatro Abierto tenía 13 años, la experiencia “dejó en claro que la política y el arte, la política y el teatro siempre estuvieron unidas y en constante relación”.

“Lo que sale de eso -agrega Blutrach- es gran fuerza de la comunidad teatral para manifestarse y dejar sentada su posición; creo que el teatro argentino ahí se resignificó, dejando como una de sus herencias la alianza del compromiso artístico e ideológico y dejó también la capacidad de unirse”.

Respecto de la sala que regentea, Blutrach sostiene que al programarla “lo que se plantea en el Picadero como propuesta está relacionado con la historia que tiene, porque es una sala que está observada por la comunidad teatral, por lo que significó, por el mito”.