08/07/2016 Biografía

En 490 páginas Mario Gallina guía al lector por "Los caminos de Alfredo Alcón"

El investigador Mario Gallina, nacido y habitante de la ciudad de Miramar, es el autor de "Los caminos de Alfredo Alcón", un volumen de casi 490 páginas puesto en los anaqueles por Prosa Editores y el Instituto de Artes del Espectáculo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, que más allá de esos datos filiatorios es más que nada un acto de amor.

Por Héctor Puyo


Autor de reconocidas biografías de Lolia Torres, Virginia Luque, Carlos Hugo Christensen, un libro de conversaciones con José Martínez Suárez y el esencial "De Gardel a Norma Aleandro. Diccionario sobre figuras argentinas en el exterior", cualquier trabajo de Gallina es una garantía de seriedad y estudio profundo.

"Los caminos de Alfredo Alcón" no es la excepción: con una envidiable capacidad de trabajo, se basa en conocimientos propios, reportajes de varias procedencias, viejos programas de mano, investigaciones en museos y hemerotecas y toda clase de recortes periodísticos para recrear la vida de aquel gran actor del que cuesta creer que ya no esté entre nosotros.

Gallina traza una biografía cronológica sobre Alcón desde su nacimiento el 3 de marzo de 1930 en Ciudadela, en el límite de Tres de Febrero con el porteño barrio de Liniers, sus primeros años de chico mimado y la muerte de su padre cuatro años después, hasta la realidad consagratoria de ese hombre que trascendió las fronteras argentinas y llegó a ser astro en España y otros países.

En el medio están sus juegos infantiles donde la simiente del teatro había calado en él con ropajes estrafalarios, su timidez esencial, esa carcajada que solía arruinarle algunos momentos ya que según dicen "era muy tentado", sus primeros trabajos en radio -en "Las dos carátulas" pero también en un programa agropecuario que lo hacía madrugar-, los primeros amores y la llegada de la popularidad.

Dentro del amplio volumen aparecen varias páginas con fotos del astro en distintas etapas de su vida, una bibliografía alucinante por su extensión, una preciosa recopilación de premios y galardones, opiniones propias de Alcón y de otros y otras sobre él, en lo que será para siempre un libro de consulta, completo, respetuoso y alejado de todo amarillismo.

Sin embargo y como sucede con otras figuras encaradas por Gallina, lo que hay en su obra es la demostración de esa admiración desenfrenada que Alcón provocaba en el público -y también en Gallina, por supuesto- por su enorme calidad interpretativa, por su voz inconfundible y superior, su innegable belleza física y por su calidad humana, que aun en la cúspide de la gloria jamás le permitió soberbias ni maltratos con el periodismo ni con nadie.

La lista de personajes que aparecen en sus páginas abarcan desde su primera esposa, la actriz Nani Freire, quien perdió un embarazo en España, su mentor Antonio Cunill Cabanellas, Catalina Bárcena, María Rosa Gallo, Inda Ledesma, sus compañeros del Conservatorio Carlos Carella, Jorge Rivera López, Norberto Aroldi y Julio de Grazia y su entrañable relación con la fugaz Violenta Antier -compañera de rubro en un radioteatro-, hasta llegar a su casamiento en los 60 con Norma Aleandro, su "enfrentamiento" con Francisco Petrone y Samuel Eichelbaum y su mimetismo con Leopoldo Torre Nilsson, que lo entronizó en el cine a partir de "Un guapo del 900", en 1960, para colaborar después en nueve oportunidades.

Hay referencias a su paso por la fotonovela, un género con todas las de la ley que tuvo su apogeo desde finales de los 50 y parte de la década siguiente, así como su tarea teatral en Madrid, donde una actriz española señaló que el "castizo" de Alfredo era más auténtico que el de los locales, a lo que el actor comentó que llevaba en sus oídos los decires de sus abuelas, una castellana y la otra andaluza, oídos en su infancia.

Es imposible reseñar en su totalidad el libro del historiador miramarense, puntilloso, severo y de escritura brillante, que con sus años de investigación consigue construir un personaje casi novelesco, intensamente humano, de una humildad a prueba de cualquier homenaje, que siguió trabajando "a full", como era su estilo -Alfredo se "enamoraba" profundamente de las obras y los autores y podía disertar durante horas defendiendo a William Shakespeare o a Samuel Beckett-, cosa que demostró en su última tarea, cuando dirigió y protagonizó "Final de partida", con Joaquín Furriel, en el San Martín, hace increíbles tres años.

"Los caminos...", que parafrasea el título de "Los caminos de Federico", aquel recital sobre García Lorca urdido junto al catalán Lluís Pasqual en 1987, y que a partir del San Martín recorrió escenarios argentinos e internacionales para demostrar por el poeta granadino la misma pasión que el autor de este libro profesa por su biografiado.