23/01/2016 deceso

Irina Bogdaschevski, segn Laura Estrin

Hija de rusos revolucionarios, nacida en Belgrado y educada como rusa, la escritora y traductora Irina Bogdaschevski, murió, a los 88 años, el pasado 13, en la ciudad de Buenos Aires.

Por Pablo E. Chacn

Deportada a Mathausen, estudió Letras en Salzburgo y emigró a la Argentina durante los 50; tradujo buena parte de la literatura rusa al castellano. Deja, entre otros libros, sus memorias, Apuntes en los márgenes de la vida, y cantidad de discípulos. Laura Estrin, una de ellas, cedió este texto a Télam.
 
Irina arrastra eras. Un mundo. Su mundo de viejos países. Lo que hablaba y escribía. Irina entiende el siglo XX, lo cruzó entero.
 
Irina es fuerte como una tromba sin permiso. Había pegado el mapa del gulag en la embajada soviética en Buenos Aires, quedó presa. Escuchaba. Retaba cualquier injusticia que conocía. Desacordaba claramente.
 
Irina entiende de mundos como éste. No veía su propia grandeza, sus enormes actos. Vestida de novia con un viejo paracaídas fue feliz en Austria, 40 días con chicos con escarlatina, exilados en el Hotel de los Inmigrantes, no le parecía proeza. Irina estaba donde tenía que estar. A pedido casi escribió sus Apuntes en los márgenes de la vida y otras prosas.
 
Irina es una mujer muy fuerte, quería seguir.
 
Enseñaba y repetía saberes. Creía en la ciencia, la ponía al lado, como Mandelstam. De memoria, los últimos días recordó un poema de aquel y lo traducía al dictado. Se lo regaló a un médico joven.
 
Para ella no había gente distinta. Hablaba igual a todos. Si alguien le parecía otra cosa, un silencio terrible caía y 'pobre desdichado'. Me había buscado una imagen de la madre de Dios para suavizar corazones crueles.
 
Ella sabía. Su fidelidad es inmortal.
 
Ella había vuelto a vivir varias veces, se sobreponía potente. Siempre atenta con todos los que se le acercaban. Algunos bebían su vodka casera y desaparecían.  
 
Siempre estaba en su casa de Villa Elisa, hace unos años, viviente de otro naufragio, una inundación la dejó casi sin nada, mojó todos sus libros y sus fotos. Se mudó a otra larga y luminosa casa. Irina estaba. Nos acompañaba. Leía todo, siempre respondía con su comprensivo saber.
 
Irina es clara. Entendía todos los cambios. Irina es una poderosa dignidad para siempre, cruzó exilios verdaderos, duplicó estudios, enfrentó olvidos. Siguió. En los 90 recibió premios, el Pushkin en Rusia.
 
Tradujo casi toda la literatura rusa al castellano. Era enérgica. Muy seria. Escuchaba e intervenía segura. No habrá nadie como ella pero la recordaremos siempre. Nos cambió la vida. Nos mostró autores y palabras, comprensiones directas.
 
De extremo pudor y fuerza, siempre entendía. No aceptaba nada que no fuera digno. Poetas grandes y seres pequeños podían rodearla. La locura de Gógol, la de Tolstoi le hacían pensar justo. La respiración de la prosa de Dostoievski con la que supo responder a Borges, la literalidad de la potencia de Tsvietáieva, volvían una y otra vez a ella.

Era rusa, dura, serbia, argentina. Podía escribir en casi todas las lenguas. Las buscaba. Tenía conocidos en todas partes. Defendía a los autores que traducía. Los conocía. Los cantaba o recitaba.
 
Ahora no está con nosotros porque estará para siempre en la enorme herencia de humanidad que fue su vida.