18/01/2016 Zacarias Marco

“Beckett siempre es fiel a su trabajo sobre lo imposible”

El escritor y psicoanalista español Zacarías Marco, en diálogo con esta agencia, se extiende sobre la escritura y la actitud del irlandés Samuel Beckett, y continúa con James Joyce -sobre quien acaba de publicar un libro-, la relación de ambos con el último Jacques Lacan, y hasta con la obra del francés Maurice Blanchot.

Por Pablo E. Chacón

El tejido Joyce –tal el título de su libro- está publicado por Arena Libros. En junio próximo se cumplen cuarenta años del momento en que Lacan se dedicó de lleno a Joyce, pero Beckett también era una referencia, al igual que Blanchot.
 
Esta es la primera parte de la entrevista.
T : ¿Cómo hablar de la obra de Samuel Beckett: como un bloque, una diversidad de géneros, nada de eso?
ZM : Me parece que la pregunta refleja la dificultad con la que nos topamos todos aquellos atravesados por la lectura de Beckett, como si fuera inevitable tomar una posición, marcar una distancia con las definiciones simplificadoras al hablar de sus textos. ¿Se trata de la necesidad de introducir una perspectiva ética en la lectura? Así entiendo el nada de eso de la pregunta, pues parece casi evidente el descontento propio ante cualquier clasificación de su obra. La escritura de Beckett trabaja en un territorio donde los géneros se desmontan fruto de una necesidad interna, convocada o, más bien, surgida en el hacer propio de cada texto.
 
Cada escrito responde a su propia construcción siguiendo una concepción que nace en la vanguardia artística de entreguerras. Esto, claro está, no quiere decir que no se pueda diferenciar la novela del teatro o el relato breve de la poesía, etc., sino que debemos partir de una poética muy particular, para entender algo de lo que cada uno de esos géneros es para él. En todos ellos opera la necesidad de despojar el texto de un material sobrante que velaría esas voces fundamentales. (James) Joyce construía edificios a partir de lo que se encontraba, Beckett sopla para que todo lo superfluo desaparezca y espera pacientemente a que de esos restos, una imagen tal vez, surja la voz que la sostiene.
 
Lo que no impide que también se someta al género, por así decir, o a su visión de la particularidad del género con el que trabaja. Por ejemplo, cuando escribe teatro, todo ha de ser concreto, voz y movimiento, luz y oscuridad esculpidos siguiendo unos ritmos precisos, nada de ideas genéricas. Con respecto al otro escollo, el de la periodicidad, me parece que podemos también intentar sortearlo sin que tampoco conlleve su negación. Se ha señalado siempre ese momento en el que Beckett se haría con su voz.
 
Ese momento marca un antes y un después que genera, acabada la segunda guerra mundial, una expansión de su escritura. Pero sigue aplicando la exigencia de no repetirse, de dar siempre un paso más allá en el tratamiento de lo imposible. Beckett convoca el impasse y rechaza la fórmula. No existe algo así como una fórmula unificadora: despliega en cada territorio ganado a la escritura la matemática de su descomposición.
 
Él hablaba del agotamiento en el que parecía encallar porque no podía escribir lo mismo, lo que ya estaba escrito, su trilogía de finales de los cuarenta y sus primeras obras de teatro. Después dinamita los formatos, no más novelas, no más teatro de duración estándar. Pero lo que hace es seguir fiel al trabajo sobre lo imposible, ahí no cede un ápice. Tampoco pasa nada por establecer períodos. Salvo cuando eso se hace para tranquilizar la inquietud que despierta su lectura. Queremos ponernos siempre la venda del saber. Hay algo incorregible en ello. Obviamente sería mejor que aguantáramos más frente a lo inasible antes de intentar clasificarlo. Nos volvemos fácilmente locos en esa deriva. Se trataría de reconocer que todos fracasamos al intentar describir eso que es lo propio de Beckett. Tal vez sea por ese lugar único desde el que se coloca, desde aquel no haber nacido.
 
T : La supuesta influencia de Joyce en la obra de éste, ¿es efectivamente tan contundente, o fue un paso al interior de una construcción singular, que operó al final casi como una sustracción de cualquier retórica posible?
Z : Creo que hay suficientes indicios –y declaraciones explícitas– para pensar que Beckett padeció la obra de Joyce de una manera masiva, tanto positiva como negativamente, al menos ésta fue su impresión. Después del Ulises, y de una manera todavía más radical con Finnegan’s Wake, un auténtico terremoto había afectado a la literatura y era imposible no ser afectado por sus efectos. ¿Cómo no tener la impresión, perteneciendo a la vanguardia, que Joyce había hecho todo lo que se podía hacer?
 
En el terreno de la experimentación no se podía llegar más lejos. Esta manera de pensar se convierte pronto en una trampa, una obsesión que puede llegar a secar la pluma de cualquier joven promesa. El imán Joyce deleita con su capacidad y con sus juegos, no hay nada que se le resista, cuantas más dotes tenga el principiante mayor es su riesgo, y Beckett las tenía. De ahí derivó una obsesión que recuerda lo que (Jacques) Lacan dijera en el Seminario 23 sobre la necesidad de prescindir del Padre, con la condición de haberse servido de él.
 
¿Era posible, partiendo de Joyce, dejar a Joyce? Beckett logró subvertir algo que se había convertido en una aporía: logró encontrar un camino propio sin variar el exigente rumbo de la escritura de vanguardia. Incluyo entonces las dos partes que aparecían en su pregunta como disyunción. Va de lo uno a lo otro. Es inevitable preguntarse cómo pudo hacer tal viraje, cómo pudo dejar atrás la obsesión del maestro y zarpar en una dirección no ya distinta sino opuesta a Joyce. Como sabemos, Beckett dio el nombre de auténtica revelación a ese momento, acaecido en la habitación de su madre –y tratado con alguna variación en Krapp’s Last Tape–, en las postrimerías de la guerra. Pero es demasiado fácil cargar a posteriori de sentido lo que allí ocurrió. Creo que no se trataba de dar simplemente con la tecla. Por un lado parece cierto que sólo después de que aquella madre dura de corazón, intratable, se le volviera tratable, Beckett pudo liberarse del yugo de Joyce. Pero también podemos pensarlo desde la dificultad para partir de lo que le era más propio y que se había negado a aceptar hasta la fecha, esa oscuridad, ese no saber, algo que había percibido como bajo, deshonroso.
 
Esto me llevó a establecer un nexo entre ese momento y aquel otro ocurrido en Londres diez años atrás, escuchando una conferencia de (Carl Gustav) Jung en compañía de su analista, (Wilfred) Bion. Aunque es cierto que habría que tomar esto con reservas, no cabe duda que las palabras de Jung describiendo a una desvitalizada paciente le impactaron profundamente. Pusieron nombre a una sensación que siempre le había atravesado, la de no vivir realmente. Ahí Beckett parece aceptar una nominación: aquello lo nombra a él, que nació el día en que Cristo murió, como le gustaba recordar. Pero es una asunción que de momento no termina de cuajar, sigue dominado por el fantasma creativo de Joyce. Va a necesitar diez años para asumir su lugar, uno podría estar tentado a decir que asumía su ser-para-la-muerte si no fuera por el odio de Beckett a toda grandilocuencia.
 
Sí, mejor decir la miseria que le tocó en suerte. Ser fiel a esto tenía que pasar para él por la sustracción y por el abandono de los juegos escapistas del lenguaje. Se dedica a ello con tal tenacidad que el fantasma de Joyce se termina evaporando casi por completo. Esto es curioso. Hay fragmentos de texto de su última época, frases, que podrían sonar bastante a Joyce y sin embargo es Beckett en estado puro, creo que sin saberlo le ha dado la vuelta a la tortilla.
 
T : ¿De dónde cree usted sale esa suerte de fascinación que provoca la figura de Beckett, y la cantidad de anécdotas que circulan sobre el personaje?
Z : Es verdad que impresiona. No es una sorpresa que lo más singular sea lo que devenga universal, pero el caso de Beckett es verdaderamente único; cuando uno lo lee produce la curiosa sensación de ser su primer lector, de que el texto te espera. Como a tantos otros, a mí también me lo produjo. Entonces uno busca anclar esa escritura tan exquisita y particular en un sujeto fuera de todo molde, casi va de suyo, y hay que decir que en este caso lo encuentra con fundamento. No queriendo prestarse a ello, el personaje se presta. Esto no deja de provocarme cierto rechazo. Soporto mal la idolatría, algo imparable en todos los ámbitos. Cuando se coloca a alguien en un pedestal, se lo ha destruido. Me refiero a la lectura, ha destruido la posibilidad de acercarse desarmado a la actividad creativa.
 
Cuando uno lee, está creando; si adora, no lee. Dicho esto, la pregunta no puede dejar de plantearse, ¿de dónde vendrá esta fascinación por la figura de Beckett de la que también hay que prevenirse? Continuando con la pregunta anterior, Beckett no elige, parece que es alguien que tiene el valor de asumir –con los matices que sea– la terrible miseria de su vida. Y hay mucho de esta falta de fundamento que es universal. Puede que por ahí tengamos una pista para comprender su paradójico e increíble sentido del humor. Recordemos que su frase preferida de Final de partida era No hay nada más divertido que la infelicidad. Beckett es esa rara avis que hace su recorrido como si ya lo hubiera hecho antes y pudiera desprenderse de algo relativo a la existencia.
 
Podría entenderse la referencia que hice a (Martin) Heidegger en el sentido de cura o de final de análisis del Lacan de los últimos años de su enseñanza, aplicable a alguien que ha hecho un proceso para poder agarrarse a su inicio, a la basura que uno es, alcanzando así una diferencia absoluta. La manera neurótica es la de mantenerse siempre en el engaño de uno-mismo, en las ficciones que uno se crea, y cuanto más uno-mismo se cree, más identificación con el ropaje que lleva. En definitiva, más fijeza y menos autenticidad. La escritura de Beckett va en la dirección opuesta, es la del desasimiento radical, la fragmentación del sujeto haciendo el trabajo lógico de su descomposición. Y creo que puede decirse que lo hace sin la mínima pretensión porque, sencillamente, eso es lo que hay, así es cómo es.
 
El haber dado demasiados tumbos durante tanto tiempo no auguraba abrazar de esa manera su impedimento. Parece que hasta entonces Beckett daba una impresión más bien patética, de artista frustrado. Una vez alguien se le acercó en una fiesta ofreciéndole algo de conversación, le vio aburrido sentado en una esquina y le preguntó qué hacía. Beckett le contestó: estoy sentado sobre mi culo, me tiro pedos y pienso en Dante. Por lo que sabemos de Beckett, un buen día dejó de intentar engañarse –algo inaudito– y pasó de ser patético a ser fascinante.