06/01/2016 cine

Terror, suspenso y la epidemia de fiebre amarilla de 1871 en “Resurrección"

El cineasta Gonzalo Calzada estrenará mañana “Resurrección”, una película de suspenso y terror gótico ambientada en el marco de la epidemia de fiebre amarilla que azotó la ciudad de Buenos Aires en 1871, que aborda el tema del miedo del hombre frente a la incertidumbre y la desolación de la muerte y que confirma -con una factura técnica destacable- un crecimiento sostenido del cine de género fantástico en la Argentina.

El protagonista de la historia es un joven sacerdote interpretado por Martín Slipak que, impulsado por una visión mística, decide dejar su puesto en Córdoba y dirigirse a Buenos Aires para asistir a las víctimas y enfermos de la terrible epidemia, pero en el camino se detiene en la quinta de su familia, donde lo espera una pesadilla de horrores, apariciones fantasmales, brujerías y asesinatos que lo hacen dudar de su fe.

Con Patricio Contreras, Vando Villamil, Adrián Navarro y Ana Fontán en el elenco, “Resurrección” desarrolla el conflicto existencial que surge de la angustia del hombre frente a la muerte, al caos y al sufrimiento cruel y desconcertante de la peste, pero según dijo a Télam su director “todo está construido para que la vacilación este siempre activa: ¿Realmente están ocurriendo esos sucesos en la casa o el protagonista está loco? ¿O es la fiebre que lo hace alucinar?”

-¿Por qué elegiste la epidemia de fiebre amarilla de 1871 como telón de fondo de Resurrección?
-Siempre me pareció un contexto muy fuerte para utilizar en alguna narración. Esa epidemia fue la más espantosa que sufrió Buenos Aires, que además en esa época ya se mostraba como el símbolo del progreso y lo civilizado con la presidencia de Sarmiento. Es notorio saber que la peste aparece con el carnaval, como si la hubiera traído el mismísimo diablo y que en Semana Santa la ciudad quedó casi abandonada, con 400 a 500 muertos por día. La peste no discriminó clases, edades, ni cargos, y se apoderó de la ciudad entera transformando a muchos de sus habitantes -a ese hombre “civilizado”- en el peor de los salvajes.

-¿Qué elementos narrativos o fantásticos te disparó ese momento trágico argentino?
-Mucha gente huyó hacia sus casas quintas de las afueras y ese contexto de huida y encierro me pareció conveniente para explotar la idea de una intriga dentro de una casa. La acción la lleva adelante un joven seminarista que tiene visiones místicas y atrapado por la peste pone en duda su fe acosado por una intriga familiar.

-¿Qué significado tiene la peste como eje del drama del protagonista?
-La fiebre amarilla es una de las muertes más crudas y desconcertantes. La epidemia arrasó con todo lo que podía y acorraló al hombre frente a una ciudad incapaz de defenderlo, la religión del progreso se había desmoronado y en ese contexto me pareció interesante el dilema de fe que tiene un joven cristiano. Un místico que se siente impulsado para ayudar en Buenos Aires pero que queda atrapado antes de llegar a la ciudad y se contagia de la enfermedad, quedando confuso del sentido de sus señales. También sirve para el diseño de policial del tipo “caja cerrada” que presenta la película, es decir, los personajes encerrados en un contexto deben lidiar con sus propios fantasmas.

-¿Por qué elegiste a un joven diácono como protagonista?
-Me parecía conveniente que fuera un seminarista y además también un místico, el que tuviera que enfrentarse con un problema de fe, la angustia de no saber si efectivamente todo aquello en lo que creyó no fue una mala interpretación de sus síntomas o si por el contrario todo se trata de saber interpretar bien los signos de la cruz.

-¿Qué importancia tenía la reconstrucción de un hecho histórico y la recreación de una época?
-Pienso que no sólo es la clase social aristócrata la que se muestra en la película. En esa casa, están metidas todas las clases sociales y las distintas posturas que cada ser humano (más allá de las clases) tiene frente a la muerte. Es verdad que está la familia de Edgardo que pertenece a la aristocracia, pero también están los criados que huyen al llegar Aparicio, está el curandero que más allá de lo simbólico representa el litoral, el Paraguay, de donde se cree vino la peste, y está Quispe que es un criado de la casa, un norteño que representa al indio, al gaucho, al salvaje.

-¿Qué elementos del terror gótico te interesaba trabajar y por qué te sumergirte en ese subgénero?
-No sé, es una cuestión de gustos. Me gusta ese tipo de películas, las disfruto mucho viéndolas y siempre soñé con hacer una película de ese estilo. Me gusta mucho Edgar Allan Poe y Howard P. Lovecraft. Cuando uno lee sus cuentos hay algo muy cinematográfico en ellos.

-¿Cómo fue el trabajo de escritura y puesta en escena de las escenas de visiones y pesadillas?
-La idea era concebir toda la película como una inmensa visión. Por eso fue muy importante el trabajo meticuloso en la producción para lograr que realmente las imágenes pudieran lograr ese efecto. Partimos de la base de generar el mejor equipo posible que nos permitiera llegar a esa intensidad visual. Creo que la película en mucho es un triunfo de una producción hecha a conciencia.

-¿Qué papel cumplen en la historia los vómitos frecuentes de los personajes y los estigmas en las manos que tiene el protagonista?
-Los estigmas son parte de una seña, que intenta que genere en el espectador “la duda” de si efectivamente eran señales divinas o bien eran producidas por el personaje mismo y su estado demencial, como los síntomas de la enfermedad en la que cae. Todo está construido para que la vacilación este siempre activa. ¿Realmente esta ocurriendo esos sucesos en la casa o está loco? ¿O es la fiebre que lo hace alucinar? Pienso, como dicen muchos teóricos del genero que la vacilación entre lo real y lo extraño es en mucho la base del relato fantástico.