04/12/2015 Poesa

"Nunca te habl con palabras", un poemario para nombrar la ausencia

En "Nunca te hablé con palabras", el poeta Sergio Kisielewsky compone un libro atravesado por la ausencia y la imposibilidad de nombrar eso que ya no está pero que vuelve con una memoria fragmentada, donde se impone la figura del padre, el amor que se fue, la respiración del tango y la potencia del mar.

Por Juan Rapacioli


En "Nunca te hablé con palabras", el poeta Sergio Kisielewsky compone un libro atravesado por la ausencia y la imposibilidad de nombrar eso que ya no está pero que vuelve con una memoria fragmentada, donde se impone la figura del padre, el amor que se fue, la respiración del tango y la potencia del mar.

En el poemario de Kisielewsky, “hay una recurrencia permanente a la ausencia, recuperada por el ejercicio de la memoria: recobra la memoria para revivir las emociones aquellas que dan sentido a la existencia del presente”, sostiene el escritor Hernán Jaeggi en la contratapa del libro publicado por Babel Editorial.

Kisielewsky (Buenos Aires, 1957) publicó los libros de poesía “Algo de la época”, “Memoria caníbal”, “Corazón negro”, “Electrificar Rusia” y “La belleza es un campo minado”. Su obra fue traducida al inglés por el poeta estadounidense John Oliver Simon. Trabaja como periodista en la sección Radar Libros y Diálogos del diario Página/12.

En diálogo con Télam, el autor habló del origen de este poemario, que a través de cierta cadencia del tango explora los barrios de Buenos Aires, los recuerdos de familia, los encuentros amorosos, la fugacidad de la relaciones y el territorio de la infancia.
- Una de las primeras cosas que llama la atención es la presencia, digamos, de la ausencia: cómo aparece para nombrar lo que ya no está.

- La poesía nace de la ausencia de la posibilidad de acceder a través de las palabras a lo que no está, como la presencia de mi padre. El libro es una forma de diálogo con él. Un hombre que me trajo los primeros libros que supo o intuyó que yo iba a escribir de por vida. De Chile me trajo la obra completa de Neruda en papel biblia y también libros de Alvaro Yunque, Aníbal Ponce, Raúl González Tuñón, entre tantos.

- Por la presencia de las calles de Buenos Aires, los barrios, el tema del desamor, el olvido, la melancolía, hay algo de la respiración del tango…

- De alguna manera, el lenguaje de la poesía hace presente a ese padre que corre libre en la orilla del mar: hasta el día de hoy escucho su voz. Como bien interpretaste él me hizo amar al tango. Primero porque lo oí cantar "Los mareados" y segundo por los discos de Julio Sosa, sin dejar de lado su amor por Mercedes Sosa y Charly García. Esa frase "que el tango te espera" me llegó de súbito hace pocos años evocando ese amor de mi viejo por las letras de los viejos clásicos del 2x4. Sus letras son de alta poesía popular.

- Otro elemento notable es la potencia del mar y su relación con la composición familiar…

- Ese mar, esas historias de Miramar donde pasé muchos veranos de mi infancia, fue una escuela de vida, allí vi la película “Dos extraños amantes” (Annie Hall) de Woody Allen, allí empecé a leer a Salinger, allí descubrí el amor en las primeras caminatas por la costanera desde la 9 de Julio hasta el Muelle de Pescadores.

Lo mismo me ocurrió con el tramayo en Valeria del Mar, allí con amigos entrañables nos metíamos para hallar peces. Eso lo vinculo con la poesía. Uno entra a ese mar de palabras y debe elegir no todas las palabras: se incluyen en un poema las que elige el corazón, para atrapar esa memoria, esos amores, ese costado de la vida donde uno fue feliz y lo es recordándolo.

- ¿Qué poesía te marcó?

- El poeta que me marcó fue Walt Whitman. Luego, en el Taller De Lellis, Juan Gelman, Paul Eluard, André Bretón y el gran César Vallejo. Rescato ese taller al que concurrí entre 1974 y 1977, pues veíamos la poesía como un amor colectivo. Hacíamos el taller y a la noche íbamos a ver El Señor K de Kafka interpretado por Manuel Callau. En ese espacio encontré grandes amigos y poetas que me enseñaron qué leer, escribir y corregir.

En los primeros años de la década del 70 leí el verso "esa mujer se parecía a la palabra nunca" de Juan Gelman y mi cabeza se abrió. No se parecía a nada de lo que había leído hasta entonces y comprendí el valor de la imagen dentro del poema, de la síntesis, del lirismo a toda prueba. Un estilo que rompió con lo coloquial para situar a la poesía en un lugar donde el poeta trabaja como un orfebre creando arcilla entre las manos, "arcilla que moldean fuegos rápidos" como decía el poeta peruano Javier Heraud.

Antes de entrar al taller, cuando tenía 16 años, con un grupo de anarcos queridos repartíamos unas hojas de poesía en las escuelas secundarias de Villa Urquiza con poemas de Tuñón, Eduardo Romano, Manuel Picón y uno mío que llamaba "La niña del colegio privado", que es el primer poema que escribí.

También, en el taller, conocí maestros como Leonor García Hernando, Mirta Satz, Nora Perusín, Alicia Volodarsky, Luis Alonso, Juano Villafañe y Pedro Donangelo. Con muchos de ellos, cuando se recuperó la democracia, fundamos la revista y editorial Mascaró. Más de 4000 personas durante dos años vieron la obra “Los poetas de Mascaró” en base a nuestros poemas dirigida por Leonor Manso en el Centro Cultural de la Cooperación. Fue una gran alegría, un acontecimiento estético y poético que sólo el teatro puede dar.