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Esteban Prado: Ana, la nia austral

Ana, la niña austral, de Esteban Prado –letra Sudaca Ediciones, 2015- es una de esas novelas a las que ponerle un señalador o doblarle una esquina para interrumpir la lectura genera culpa.

Por Leonardo Huebe

Porque el libro de Prado no tiene fisuras (o sí las tiene; en la ilustración que abre la historia:    una foto de Marylin pegada en la pared traspasada por grietas de humedad), baches de transición ni hilachas sueltas. Ana la niña austral es una novela rotunda e inquietante, una de esas novelas que esconden una sorpresa, a veces grata, a veces atroz a cada vuelta de página.
 
El autor
Esteban Prado (Mar del Plata, 1985): Estudió Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata, donde se desempeña como docente en el área de Teoría y Crítica Literarias.
Sus textos han sido publicados en revistas de Argentina, Brasil, Colombia, Estados Unidos y España. El relato “Técnicas de nado para no hundirse en mar argentino” fue incluido en la Antología de Nuevos Narradores del Instituto Ricardo Rojas-UBA (2012). Con Libertella, un maestro de lecto-escritura obtuvo el segundo premio en la categoría “ensayo” del Fondo Nacional de las Artes (2012).
Es coeditor de Puente Aéreo Ediciones junto a Esteban Quirós. Junto a Poppy Bras Harriot y Lucio Ferrante, llevan adelante la productora de cine Hamaca Films. En 2012 ganaron el primer premio en el festival Mil Gritos de Punta Alta, con el cortometraje Lara and the dead dolls.
 
Colaboró como guionista en Parabellum (Rotterdam, 2015) de Lukas Valenta Rinner, largometraje con el que obtuvieron el Premio Especial del Jurado en el Jeonju Film Festival de Corea.
 
En 2013, fue becado por la Fundación Carolina para asistir a un taller de escritura creativa en Madrid. Fue en esa instancia que comenzó a escribir Ana, la niña austral.
 
Ana, la niña astral
Nosotras siempre fuimos sumisas pero no sé cuánto tiempo va a seguir así. Las “niñas australes”, así nos llaman todos, excepto nuestras madres que nos dicen “niñas astrales”. Los barcos vienen desde no se sabe dónde y nosotras acá, esperando, vienen de tan lejos que llegan exhaustos.
 
Quién quiera encasillar esta novela en un género se va a encontrar con un problema irresoluble. Una de las mayores virtudes de la narrativa de Esteban Prado es ir variando el registro sin que el lector note el cambio. Pasa del costumbrismo erótico a la fantasía mitológica y de allí a la ficción científica con suavidad, engañosamente.
 
La novela tiene diferentes caras (por eso es que nunca aburre), al igual que las diferentes caras que tiene su protagonista.
 
Ana, la niña sin alma, la que al dormir no respira, la del aliento helado, la prometida por su madre a Joachim (ese dios hiperbóreo vengativo quien viene a buscarla desde la eternidad), la de la misión secreta, la que un día se irá.
No es un cyborg, tampoco es un clon ni ninguna otra bestia de laboratorio, mucho menos algo divino. Ana es Ana, la mires de frente o del revés.
 
 Eso es lo que dice Matías, el narrador, pareja de Ana, su observador y su testigo. Matías entra en esta historia, en la de la niña austral, y es pieza clave en la enrevesada trama que la llevará a cumplir su misión de niña astral, trama cruzada por rutas, ciudades, violencia, ritos ancestrales, conspiraciones corporativas, amenaza de cataclismo y sexo. El derrotero de Matías y Ana podría marcarse en un mapa con gotas de sangre, sangre propia y de sus víctimas, y de las víctimas de sus víctimas. Nada detiene a Ana, ni nada detiene la fascinación de Matías por aquella mujer que lo arrastra a cumplir su tarea, que no está dictada por el destino, sino que fue pergeñada y trazada muy atrás en el tiempo.
 
Prado hace de Matías el narrador perfecto. Las diferentes etapas del plan preestablecido, las continuas mutaciones de Ana, todo aquello fuera de lo común que lo rodea, pasan por sus ojos sabiendo que está viviendo momentos únicos, y que necesita retener esos momentos para en el futuro no perderlos.  Esa condición le de status de observador, aunque esté implicado en todas las acciones y tenga, literalmente, las manos manchadas con sangre.
 
Si habría que resumir esta novela, lo mejor sería hacerlo utilizando palabras de Ana: éxtasis y terror.        
 
Para finalizar, el comienzo:
Ana espera el día con los ojos bien abiertos, quieren ver las llamas mientras duren y quiere también ver los barcos cuando lleguen. A un lado, el Atlántico y, al otro, la Pampa. Sabe, siempre lo supo, que es una niña austral. Su madre le decía: “Ana, la niña astral”. Desde esos días, cuando el viento y la sal le cortaban los labios, ya tenía la imagen en su retina: la casa, el fuego, la lluvia.
 
Una postal del futuro, traté de definir pero a ella le pareció rimbombante.
Cuando se acuesta en la arena, la casa todavía arde. El frío nunca le ha calado los huesos pero esta noche un pulso le recorre cada vértebra. Quisiera estar ahí pero eligió irse en silencio antes que una tierna y triste despedida. Creo que en algún punto le dio miedo quedarse. Se fue para irse. Sé que a donde va no puedo ir pero al menos quisiera mover un pañuelo desde la costa y verla desaparecer. De alguna forma estaré ahí, no tuve el valor de hacerme odiar.
 
Durante unas cuantas semanas y meses de amor o, como dice ella, de éxtasis y terror, me fue regalando cientos de postales. No conozco el orden pero me queda una vida para mirar y mirar. Un día habré olvidado su nombre y las postales serán estampas de la “niña austral” o de la “niña astral”, eso aún no lo sé.





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