06/10/2015 Enrique Vila-Matas

Literatura y arte: un vnculo elctrico y centelleante

En "Mariembad eléctrico", Enrique Vila-Matas transgrede los límites de la ficción para dejar paso a un texto abierto, multiplicado de sentidos, en el que la literatura y el arte se entreveran a través de la amistad del escritor catalán con la artista francesa Dominique González-Foerster y donde la impronta creativa de cada uno impacta en la obra del otro.

Por Mora Cordeu

"Me pareció que alguien de repente, con mucho nervio y un gesto único y centellante, electrificaba Marienbad entera y la dejaba flotando en una luz muy vívida, una luz desconocida, tal vez solo olvidada", escribe el autor sobre una sensación experimentada en esa ciudad, al igual que esos destellos del arte que iluminan la escritura de este libro, recién publicado por Caja Negra. 

"He trabajado muy a gusto, liberado por completo de corsés y otras limitaciones que me crea el género novelístico, nunca soy ensayista exactamente, ni aún menos novelista. Hago un paseo en prosa, soñando que hago de la vida, literatura", cuenta a Télam el autor de "El viaje vertical", "El mal de Montano", "Dublinesca", "Aire de Dylan" y "Kassel no invita a la lógica", entre otros muchos libros. 

"No siempre haré lo que he podido hacer en 'Mariembad eléctrico'. En otros, limitaré más mi libertad para poder hacer cosas que con absoluta libertad no las podría conseguir. En mí cada libro es distinto, aunque todos simulen parecerse", desliza.


Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es autor de más de una treintena de obras, que incluyen novelas, ensayos y otros tipos de narrativa difíciles de encuadrar en un género específico. 


Su obra ha sido reconocida con diversos galardones, como el Premio Rómulo Gallegos (2001), el Premio Herralde (2002), el Premio Médicis (2003), el Premio Premio Formentor de las Letras (2014) y el reciente Premio FIL de Lenguas Romances (2015) por el conjunto de su obra literaria.


El cruce entre literatura y arte que se da en "Marienbad Eléctrico" ¿es una manera de ampliar horizontes como se observa hoy en la contaminación deliberada entre distintas disciplinas artísticas? 
Se daban las condiciones ideales: nació de un encargo de Dominique Bourgois, mi editora francesa, es decir, la idea vino de fuera de mí. No sé por qué, pero eso me gustó, me hizo sentirme menos oprimido que nunca. El libro describe una experiencia real que se mueve muy cómoda cuando colinda con el ensayo y la ficción. Pero en ningún momento al escribirlo hice nada de un modo deliberado, sino que me dejé llevar. Decidí hablar de nuestra relación, del arte de la conversación y de nuestro intercambio de ideas sin inhibiciones. Y, poco a poco, fui descubriendo en qué se iba a convertir ese encargo de Bourgois. La verdad es que con DGF ha sido siempre todo muy estimulante. Ella pertenece a la generación de artistas franceses (Philippe Parreno, Pierre Huyghe) que se negaron a replegarse en sí mismos y situaron su trabajo en una intersección de disciplinas y de intercambio de ideas con las demás artes.


Aparte de los equívocos creativos entre usted y DGF surge la sensación de que la literatura impregna la obra de ella y el arte la suya, incluso el cuarto de un hotel lo vive como una instalación...
Alguien definió a los hoteles como teatros de lo imaginario, donde acontecen todas las cosas posibles. Voy a ellos igual que empiezo novelas, para tratar de que mi vida cambie un poco, aunque sea sólo gracias al nuevo espacio. Una vez, DGF me habló del One, de Kabul, que fue fundado en 1971 y, como su propio nombre indica sólo tiene una habitación. Después, ella montó en el Palacio de Cristal de Madrid el Hotel Splendide, con una sola habitación y yo imaginé que allí iba a exponer a Rimbaud en persona, en vivo. Una locura, claro. En la Retrospectiva que DGF acaba de inaugurar en el Pompidou de París hay una habitación cerrada, la 19, invisible para todo el mundo, menos para mí, que tengo la única llave. 


¿De qué manera incide el lenguaje visual en las tramas de sus ficciones? 
En mi mundo cada vez hay menos separación entre el interior y el exterior. Es lo mismo que pasa en un cuadro de Matisse, pintado en Niza, en 1905: 'La fenêtre ouverte à Collioure'. "Si he podido reunir en mi pintura tanto el exterior (el mar) como el interior es porque la atmósfera del paisaje y la de mi cuarto es la misma", dijo Matisse de esa habitación de Colliure. 


El desplazarse por zonas nebulosas como hace DGF ¿no es una forma de interpelar los cánones tradicionales de la literatura? ¿Es un signo de la imposibilidad de encorsetar las nuevas narrativas en un sólo género?
Sí, es muy posible. De hecho, tengo a veces la impresión de que todo lo que capta DGF lo ve como algo que podría entrar a formar parte de la obra. A mí me pasa lo mismo. No hay nada que no merezca mi atención, porque sé que todo, hasta lo invisible, puede entrar en lo que escribo. De hecho, DGF -tal como comentara la ensayista brasileña Ana Pato- ha encontrado "otras formas de escribir novelas" y viene practicando desde hace tiempo el arte de la literatura expandida. En cuanto a mí, ya le he hablado de mi ambigüedad al escribir, que es lo mismo que si le hubiera hablado de mis movimientos en zonas de nebulosa y de puro riesgo.


La mención a algunos filmes recrea estéticas de un tiempo que traído al presente se resignifica: ¿Cuánto ha influido el "deslumbramiento" por el cine de los años 60 en su producción literaria? 
Esto requeriría una respuesta en forma de un libro entero. Me formé con el cine independiente de esos años. Y de ahí que me encuentre tan cómodo en la heterodoxia. Y pensar que Godard, por ejemplo, se ha vuelto en realidad bien aburrido y pedante, pero me encanta leer sus teorías, sus propuestas de un nuevo cine. Me parece un símbolo de la resistencia. En 1974 me senté en la silla de un bar en la que él acababa de dejar el sobre de una carta que le había escrito Anna Karina. Me quedé ese sobre y luego lo perdí. Pero entendí esa casualidad de haberme sentado en el lugar que acababa de dejar él como un signo de futuro, como si me hubiera pasado algún tipo de responsabilidad artística. Me gustaría zafarme de esa herencia, pero no lo consigo, quizás me esfuerzo poco. 


En el texto hay espacios para que el lector intervenga o indague como un Watson más en las múltiples bifurcaciones del libro ¿Qué siente ante esta intrusión? ¿Es algo que quiere provocar?
Dejo en el aire ciertos aspectos de la historia que sinceramente desconozco, por eso no hablo de ellos. 


En ese sentido, su escritura tiene la capacidad de ralentizar la velocidad de estos tiempos, que dejan pocos huecos para detenerse a ver y pensar en algo antes de su desaparición a toda prisa...
Estoy encantado de que haya notado esto. En plena velocidad de las cosas, no hay nada como "darle tiempo al tiempo", que decía Cervantes.