12/09/2015 teatro

"La tragedia de Ricardo III" traslada su Mal al Holocausto judo

El director Jorge Eines vuelve al país y monta una revulsiva traslación del texto shakespeareano a un campo de concentración de la II Guerra Mundial, donde el texto original es salpicado por el Holocausto. En la sala de El Tinglado, Mario Bravo 948, los domingos a las 17.30.

Por Hctor Puyo

Con un comienzo musical de resonancias medioeuropeas, sorprende que las primeras palabras sean dichas en una lengua extranjera -¿alemán, idish?-, en forma imperativa, brutal, por el actor (Alejandro Cop) que luego será el duque de Gloster y Ricardo III.

Se destaca enseguida el destartalado vestuario saturado de uso, con rastros de distintos orígenes, desde lo esplendoroso a lo más humilde, junto a una escenografía de objetos sombríos y un fondo en el que se adivina una barraca que oficia de campo de concentración.

A partir de allí se verá que no se trata de un "Ricardo III" normal, que no tiene deformidad física alguna, sino la representación teatral forzada de un grupo de judíos en un "Lager" alemán asumida como forma de supervivencia.

Así, la historia de aquel personaje atormentado y despótico, cruel en su ambición, se mezcla con la realidad de los obligados intérpretes y la síntesis que propone Eines termina mezclando significados que trascienden el asunto y terminan hablando del sentido de la identidad y la muerte.

Hay una gran mentira en esa representación -con fuertes trabajos de Cop, Hilario Quinteros y Florencia Limonoff dentro de un elenco ejemplar-, porque del mismo modo que la sangre riega la tierra en la Inglaterra del siglo XV, en ese escenario casi ritual la latencia de la vida corre por un hilo muy delgado.

Ricardo hace encerrar de por vida a su hermano Jorge en la Torre de Londres bajo una acusación falsa, asesina al padre y al marido de la mujer que desea y que será su esposa -Lady Ana-, y accede al trono pero su sed de sangre no cesa.

Lo mismo parece suceder con los nazis que organizan el torvo espectáculo, pero los intérpretes se esfuerzan por estirar la acción y perfeccionarla para que cada instante les asegure la sobrevida, en un juego reforzado por algunos intérpretes que asumen roles sin distinción de género.

La "Tragedia de Ricardo III" de Eines podría englobar también "La tragedia de seis millones de judíos" explotados, escarnecidos y asesinados en las cámaras de gas, privados de su condición humana, porque la premisa de William Shakespeare -sucede también en otras obras suyas- consiste en la conquista del poder a través de lo cruento.

El poderoso elimina a ese Otro al que odia pero sobre todo teme y a cada paso debe allanar su camino con la muerte y por eso el primer actor, histriónico, tramposo, va creciendo como un enemigo de sus iguales en su identificación con el personaje.

Esos rasgos de repugnante humanidad son manejados con perfidia por Eines, un director de gran presupuesto visual, creador de climas inquietantes y con facilidad para aproximarse a argumentos ajenos -"Nina", de un autor español sobre "La gaviota", de Chéjov- que en el caso de este "Ricardo III" destila un nihilismo absoluto.

El espectáculo, algo extenso pese a la adaptación, se beneficia con la escenografía de Lucas Muñóz Bombín -ominosa, veraz en la ilusión de perspectiva que crea-, el vestuario de Denise Yañez y las luces de Sebastián Crasso.