25/07/2015 Pablo Maurette

“Creo que somos puro cuerpo, y que el cuerpo es una realidad muy compleja”

En El sentido olvidado, el ensayista Pablo Maurette arriesga una serie de hipótesis sobre el tacto, ese olvidado por la historia del pensamiento al menos hasta la fenomenología y las ciencias cognitivas que pusieron blanco sobre negro que tal olvido no sólo era imposible sino un paréntesis al cual no todos obedecieron si se recorren las páginas de Michel Henry, Franz Kafka y Herman Melville, o más atrás, de Homero y Demócrito.

Por Pablo E. Chacón

El libro, publicado por la editorial Mar Dulce en su nueva colección, Philos, lleva un prólogo de José Emilio Burucúa, historiador y teórico del arte.
 
Maurette nació en Buenos Aires en 1979. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA), también es magister en estudios bizantinos por la Universidad de Londres, y doctor en literatura comparada por la Universidad de Carolina del Norte. Es docente en la Universidad de Chicago, Estados Unidos.
 
Este es el diálogo que sostuvo con Télam.
T : En principio, ¿por qué razón, epocal o no, el tacto sería el sentido olvidado?
PM : La idea del tacto como sentido olvidado refiere, en primer lugar, a un berretín de ciertas corrientes críticas, de la historia de la literatura, del arte y de las ideas de los últimos veinte años, que una y otra vez se lamentaron del olvido del tacto y expresaron la necesidad de remediar este olvido y de estudiar el rol del tacto en la cultura. En segundo lugar, tiene que ver con el hecho de que en la cultura occidental, al menos desde Platón y Aristóteles hasta el siglo XX, ha existido una clara fijación con la vista como el sentido más noble, más fidedigno y más preciado. Incluso hoy se escuchan voces que hablan de la nuestra como una cultura de la imagen en la que las personas nos aislamos cada vez más, volviéndonos intangibles. Sin duda hay algo de cierto en decir que el tacto ha sido olvidado, porque las corrientes de pensamiento más influyentes en occidente han privilegiado la vista de manera bastante consistente y sistemática. Sin embargo, la idea de este libro es que, por un lado, el tacto ya no está tan olvidado: hace veinte años que venimos insistiendo en su olvido. Por otro lado, también desde la antigüedad clásica ha habido corrientes filosóficas, autores, artistas que han insistido con la importancia del sentido del tacto. Y, por último, se trata de un sentido tan fundamental, ubicuo, primordial, que no hay manera de olvidarlo, aunque queramos, aunque lo denostemos, aunque lo ignoremos. Quizás el libro debería haberse llamado ¿El sentido olvidado?, pero qué horror de afectación un título entre signos de pregunta, ¿no?
 
T : ¿Cuál es la relación, si es que existe, entre el dolor y el tacto? Si esa relación existe, ¿siempre es consciente o puede ser inconsciente? ¿Y cómo jugaría en ese cuadro la llamada psicosomática?
M : Claro, el tema del dolor (y del placer) es fundamental porque el dolor es una especie de alarma somática que, al sonar, hace que dejemos todo lo que estamos haciendo y nos concentremos en la sensación táctil y en la parte del cuerpo afectada. Justamente hoy una amiga médica me hizo notar que, cuando nos lastimamos, el primer impulso es agarrarse o tocarse. El tacto nos permite sentir, medir y calmar el dolor. Es decir que el dolor, al igual que el placer, obligan a concentrarnos en el tacto, ya se entienda tacto como contacto entre dos superficies, o como intracepción, la sensación del interior del cuerpo. En el Renacimiento, cuando gracias a los avances en la anatomía y en la medicina se descubre la complejidad del sentido del tacto y de su órgano principal, la piel, se habla de ciertas partes del cuerpo como posesoras de una sensibilidad exquisita. Ciertas partes del cuerpo como las palmas de las manos, los órganos genitales, los labios, son considerablemente más sensibles y perciben de manera mucho más fina el más mínimo contacto. Pero también se usa hablar del tacto a secas como sentido exquisito y entender que la función principal de la piel es avisarnos, mediante las sensaciones de placer y dolor, acerca de las bondades y los peligros del mundo exterior. En cuanto a la idea de psicosomático yo puedo decir que lo que no me gusta del término es que, aun siendo una sola palabra, conserva la dicotomía cuerpo-alma. Personalmente, no creo que haya un alma incorpórea independiente del cuerpo. Creo que somos puro cuerpo y que el cuerpo es una realidad extremadamente compleja, un conjunto de facultades sensibles, intelectuales, afectivas, una realidad capaz de sentir placer, dolor, alegría, odio, entusiasmo, amor, deseo, etc., con una intensidad tal que resulta desconcertante. Y el tacto, con su enorme variedad de manifestaciones, es nuestra principal línea de comunicación con el mundo, con los otros y con nuestro propio cuerpo.
 
T : Si el tacto opera como una interfaz entre el cuerpo y el mundo, ¿cuál podría ser el mito de origen que le da entidad?
M : Interfaz entre el cuerpo y el mundo, pero también, entendido como afectividad (y por eso, en el libro, hablo de lo háptico como conjunto de facultades que se relacionan con lo táctil), interfaz entre el cuerpo y sí mismo. Ahí, para mí, estaría el mito de origen, en lo que Michel Henry llama autoafectividad y que me gusta pensar como un instante fuera de todo espacio y de todo tiempo, o independiente de todo espacio y de todo tiempo, cuando el cuerpo individual se siente como tal. Digo se siente, pero todo esto es pre-sensible, o proto-sensible mejor dicho. ¡Es mítico! Ese primer instante irrecuperable e irrepetible (en el útero, supongo) cuando el ser humano se siente como entidad que existe y que se diferencia de una otredad, algo que la trasciende, sería el mito de origen del tacto como interfaz o como sensibilidad del cuerpo, como le dice Lucrecio.
 
T : Las ciencias cognitivas, si fueran una extensión técnica de la fenomenología de las percepción, ¿qué nos estarían diciendo del tacto o qué cosa el tacto mismo podría revelar?
M : No sé si las ciencias cognitivas son, o no, en sentido estricto una extensión técnica de la fenomenología, aunque es innegable que hay vínculos directos entre ambas tradiciones. Pienso en la obra de Francisco Varela, por ejemplo. Creo que las ciencias cognitivas y la fenomenología comparten una prerrogativa común que es la necesidad, o incluso la urgencia, de tener siempre un anclaje concreto en las cosas, en los cuerpos. La fenomenología me interesa particularmente porque creo que es la tradición filosófica del siglo XX que intentó comprender el misterio de la corporeidad y de lo afectivo con mayor tesón, de una manera a-histórica y sistemática. En cuanto a la ciencia cognitiva, en la idea, por ejemplo, de que el cerebro es el órgano de la mente, por ejemplo, hay, me parece, un intento de centrarse en lo corpóreo y de cerrar finalmente el bache abierto por los griegos entre cuerpo y alma. Las implicancias respecto del tacto, de la afectividad y del cuerpo son enormes, y nos acercan una vez más a lo que creían los antiguos atomistas: que todo es cuerpo y que la sensibilidad del cuerpo es fundamentalmente táctil. Pero lo cierto es que sé poco y nada sobre ciencia cognitiva y me imagino que lo que acabo de decir debe rayar con el disparate para alguien que se ocupe del tema con el rigor que merece.
 
T : ¿Es posible componer una historia natural de los sentidos sin poner en cuestión esa idea: natural?
M : Creo que no entendí bien esta pregunta. ¿A qué idea, natural, te referís? La respuesta corta sería que cualquier historia natural de los sentidos debe poner en duda toda idea que se haya aceptado tradicionalmente como natural. El Renacimiento lo hizo con la tradición que heredó de los clásicos, al reivindicar el tacto, por ejemplo. El siglo XX lo hizo al acusar a la tradición occidental de ser oculocéntrica y de dejar de lado otros sentidos, o de separar a los sentidos altos (vista y oído) de los sentidos bajos (olfato, gusto y tacto).
 
T : El beso, finalmente, ¿pretende una unidad imposible o es la forma posible que puede alcanzar esa imposibilidad?
M : Las dos cosas, ¿no? Una vez, cuando era chico, mi abuela me llevó al cine (fuimos a ver Piratas de Roman Polanski) y en la cola, atrás nuestro, una pareja de adolescentes se besaba desaforadamente. Me impresionó muchísimo, nunca había visto gente besarse así, creo. Me intrigó mucho lo que estaban haciendo, no podía dejar de mirarlos, y también me puso incómodo; yo creo que me excitó. Pero lo que más me quedó grabado en la memoria es que parecía que se estaban comiendo el uno al otro. El beso romántico pareciera ser un intento de poseer absolutamente al otro comiéndoselo, y si nos ponemos un poco poéticos, un intento de recomponer una grieta abierta entre dos personas. Claro que es imposible realmente volverse uno con un otro, estamos condenados a la soledad en nuestros cuerpos, de modo que todo intento está condenado al fracaso. Y, a la vez, en el mero intento de volverse uno, en la mera práctica del beso logramos la imposibilidad, porque el ejercicio de las bocas y las lenguas nos absorbe por completo y, de alguna manera, nos transformamos en el beso, somos todo beso con el otro, como decían los poetas barrocos.