13/06/2015 inclusin y derechos

Un curso de automaquillaje para mujeres ciegas que colabora en el proceso de autonoma

Ellas se maquillan sin mirarse al espejo, lo hacen con las manos, recorren sus rostros al tacto, ríen, se divierten y también se estresan en su segunda clase de automaquillaje para mujeres ciegas o con disminución visual que se dicta en la ONG Tiflonexos, una opción en el camino de la inclusión y los derechos.



"Las mujeres ciegas son muy miradas en la calle. Ellas lo saben y quieren sentirse bien. También cuando tienen una entrevista laboral o una fiesta, porque el maquillaje no sólo es una cuestión de estética, es protección para la piel y les da autonomía el hacerlo solas", resume Sabrina Tinguelly, mientras enseña técnicas de automaquillaje durante una sesión de la cual participó Télam.

Los bastones que las alumnas usan para desplazarse en la calle están plegados sobre la mesa junto a cremas, pinceles, labiales, sombras para ojos, mientras Mónica Drimer, Estela López y Gabriela Cingolani, se colocan vinchas en el cabello, despejan el rostro, para retomar la experiencia de poder sentirse más bellas.

"Hace seis años que no me maquillo. Fue cuando comencé con mi problema de visión que, incluso, me obliga a internarme cada tanto. Así que estoy acá para sentirme mejor, como parte de una nueva etapa en mi vida", comparte Mónica, de 41 años.

A su lado, Estela de 62, desliza una sombra rosada sobre sus párpados que realza su piel y su cabello, y retoma así parte de una rutina que había perdido: "Me maquillaba mucho, pero desde hace 15 años convivo con una masculopatía, que hace que sólo tenga visión periférica, y dejé de pintarme los ojos", cuenta.

Su patología le impide detectar si tiene la cantidad de color adecuado y no puede delinearse los ojos. Ahora, en el curso, lo está reaprendiendo, usando el tacto "sentido que tuve que valorar y aprender a utilizar", dice.

Las alumnas son de distintas generaciones pero las une la necesidad de sentirse bien y ser autónomas, también, con su aspecto.
"Nunca me maquillaba. Hago intentos desde hace un año pero lo hago mal. Entonces me pintaba mi mamá, pero desde que vengo a estas clases ya comencé a hacer cosas solas, y dice mi mamá, que me queda bien", relata con una sonrisa Gabriela, de 27 años, mientras desliza la brocha con rubor por su pómulo.

Los maquillajes pasan de mano en mano y el intercambio de tips llena la sala de Tiflonexos, mientras Sabrina, maquilladora profesional explica con pasión cómo colocar cada producto en la cara.

La profesora hizo una primera experiencia con mujeres ciegas, el año pasado, en la Biblioteca Argentina para Ciegos, adonde llegó como voluntaria.

Ese primer contacto con personas con discapacidad visual le disparó la idea de hacer el curso y para eso agudizó su mirada sobre los envases de cremas y productos cosméticos para analizar el tipo de tapa que tienen, los dosificadores, los tipos de cerdas de los pinceles, las opciones que brindan los envases con sombras para ojos.

"Fui a muchos negocios que venden productos de belleza y cuando les contaba lo que hacía se sorprendían. No hay opciones en el mercado, salvo algunos productos de Natura que tienen inscripción en Braille en sus envases, pero no en los maquillajes", explica.

La textura de las cremas de limpieza, hidratantes y demaquillantes, como de los distintos tipos de pinceles que se utilizan en maquillaje, son posibles de distinguir al tacto. No ocurre lo mismo con los colores de labiales, delineadores y sombras para ojos, que además, no suelen tener perfumes, por lo que no es posible usar el olfato para hacer distinciones.

"Las paletas de colores son mas complicadas porque tienen muchas opciones, pero igual yo les doy toda la información a las chicas. En general, conviene que tengan un dúo de sombras que ellas puedan marcar en el estuche para saber qué color está a cada lado", detalla la profesional.

Otro dato que aporta es que es muy distinta la percepción de una mujer ciega de nacimiento a otra que vio colores en algún momento de su vida.

Sabrina les explica, les deja hacer, las corrige, les pide que vuelvan a intentarlo, hasta que las tres, luego de reírse y también estresarse un poco, terminan con rostros iluminados por los colores y la satisfacción de haberlo logrado.
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