10/06/2015 documental

En "La calle de los pianistas", Mariano Nante registra el presente de la joven artista Natasha Binder

Para quienes no conocen la vida puertas adentro de los pianistas apasionados por su profesión, "La calle de los pianistas", debut del joven cineasta Mariano Nante, que se estrena esta semana y a un mes de su presentación en el Teatro Colón como clausura del Bafici porteño, puede ser toda una revelación.

Claudio D. Minghetti

Por Claudio D. Minghetti

La calle de los pianistas.

La mirada transversal de un género tan abordado como el documental resulta motivo suficiente como para dejarse llevar por una trama que, simplemente, tiene que ver con la relación entre una talentosa madre pianista, hija y nieta de pianistas (de Antonio De Raco, nada menos), familia que por ahora cierra con su hija adolescente, a punto de decidir su futuro, el de cuatro generaciones de artistas reconocidos en todo el mundo.

Se trata de la argentina Karin Lechner y su hija Natasha Binder, que hoy tiene 14 años que al igual que su madre fue niña prodigio del teclado y ahora vive su adolescencia en medio de aprendizaje y conciertos, que es la que particularmente registra este paseo de Nante por momentos claves, tomados furtivamente.

La cámara de Nante es en extremo prolija en cuanto a iluminación y registro, como si se tratase de una ficción, y en cuanto a presencia, porque parece ausente ya que ninguno de los registrado manifiesta su presencia ni siquiera con una mirada accidental de los protagonistas, con algo que probase que son observados.

En este recorrido por la casa familiar en la que conviven con cinco pianos, instrumentos de afinación, un gato y muchos registros de unos y otros en diferentes momentos de su vida en VHS, la música y su capacidad de dejar marca con su pasión por el instrumento transmitida de una generación a otra.

Abuela, padre y hermana menor de Natasha, que también aparece en la obra de Nante, que muy pequeña todavía, ya deslumbra por su extraordinario oído y la técnica que incorpora a su mundo de juegos infantiles, en donde mucho tiene que ver el entorno familiar y las manos de sus entrenadoras.

Si bien no se escuchan temas completos, el cineasta acompaña a los Tiempo-Lechner por un universo de compositores como Bach, Schumann, Bizet, Faure, Ravel, Shostakovich, Tchaikovsky, Mendelsohn, Scarlatti, Piazzolla y hasta tres o cuatro notas de "La pantera rosa", de Henry Mancini.

De alguna forma, Nante juega con la vecindad de los Tiempo-Lechner con Martha Argerich, pero no los junta, sino que en diferentes momentos de un lado o del otro de las medianeras que los separan se escucha el piano del otro, el de Natasha, que tocó por primera vez en el Colón a los 9 años, o el de la consagrada.

En diálogo con Télam, Nante explica el porqué de esta elección, la de la familia de pianistas argentinos de la Rue Bosquet en Bruselas y de su relación con el cine, en el que debuta dentro del formato largometraje, y con la música, que en este primer ejemplo aparece en un primerisimo primer plano.

-¿Cómo nació la idea?
-Nació a partir de la periodista Sandra de la Fuente, que me comentó un día que existía "la calle de los pianistas". No tenía idea que la familia Tiempo-Lechner vivía al lado de Martha Argerich, en Bruselas, ni había escuchado nunca ese nombre, pero por supuesto conocía a los pianistas como melómano. Sandra me sugirió de inmediato que tenía que hacer algo cinematográfico con esa calle, así que juntos encaramos el desafío.

-Al ver tu propuesta se percibe cierto conocimiento del tema musical. ¿Es así?
-Toco el piano desde hace mucho tiempo, pero siempre de manera amateur. Vengo de una familia bastante musical, no a la manera de los Tiempo-Lechner, por supuesto. Mi hermano, por ejemplo, es compositor y estudia en el Conservatorio Nacional de París.

-¿Y tu relación con el cine..?
-Estudié en la Universidad del Cine y soy profesor allí de Historia del Cine, aunque este último tiempo tuve que abandonar la docencia momentáneamente por la película. Dirigí varios cortos y hoy trabajo como director para proyectos de distintos tipos.

-Siendo tu propuesta, de alguna forma, la transversalidad del documental, ¿cómo nace la estructura?
-La estructura se fue dando de manera natural a medida que filmábamos. Al principio no sabíamos que la película iba a estar centrada en Karin y Natasha; pensábamos que iba a ser más bien un mosaico de la calle sin jerarquía entre los personajes.

-Pero Bruselas y las fachadas de las casas, algunas calles, aparecen...
-De todas maneras, sabíamos perfectamente que tendríamos que encontrar la película en Bruselas, y que eso era simplemente un primer esbozo de idea. Empezamos a filmar para investigar dónde estaría el núcleo de la película, y ahí aparecieron Karin y Natasha con una frescura y una honestidad sorprendentes.

-¿Eso fue lo que te atrapó?
-Me atrajo mucho su historia y la manera en la que se relacionaban frente a cámara, con una naturalidad increíble. A los quince días de haberlas conocido, ya las estaba filmando en situaciones insólitas: desayunando, comprando ropa, mirando una serie en pijama... Pronto entendí que ahí había una película.
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