04/06/2015 Sebastin Basualdo

Pichonas de Claudia Aboaf

Si es cierto que todo lo que no se nombra no existe, entonces Pichonas, la nueva novela de Claudia Aboaf, podría pensarse perfectamente desde esta perspectiva. Un domingo al mediodía Juana llega al barrio cerrado en el que viven su hermana Andrea y su marido Jorge, en Ingeniero Maschwitz.

Por Sebastin Basualdo

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Hace ya algunos años que no se ven y este reencuentro da toda la sensación de parecerse sin mucho esfuerzo a las reuniones anteriores: un momento impostado, construido sobre el intento vano de dos hermanas que aun viviendo durante dieciocho años en la misma casa, jamás llegaron a sentirse parte de la  misma familia. ¿De qué modo se reconstruye una relación que pareciera estar quebrada desde un principio? “Andrea, desde muy chica, maniobraba sus sentidos para obrar como un varón. Palpitaba junto a su padre el resumen del fútbol y a continuación, las noticias decapitadas que lo dejaban a él murmurando desgracias mientras subían juntos las escaleras. Se besaban y antes de las diez de la noche cada uno estaba en su cama.
 
Al día siguiente salían temprano, Andrea para el colegio y su padre a dar clases en la universidad”. Mientras tanto, pero a contra-turno, vivían bajo el mismo techo Juana y su madre. Ciella era una actriz que pasaba más tiempo ocupándose de su hija menor  y de su propio oficio que de su marido y de Andrea. Del mismo modo, Juana pasaba más tiempo en el camarín esperando hasta que terminaran los ensayos sintiendo que su verdadera familia eran los actores con los que su madre trabajaba y no en su propia casa compartiendo tiempo con su padre o con su hermana mayor.
 
La rutina era siempre la misma: unas horas después de que en la casa ya sólo quedaban ellas dos, entonces sí bajaban a desayunar y practicaban con absoluta naturalidad los diálogos que Ciella debía interpretar en alguna de las tantas obras de teatro en las que acostumbraba trabajar. “Repetían el mismo párrafo hasta que Ciella se sentía convincente. Finalmente, la acompañaba hasta el colegio, al turno de la tarde”.
 
Y de este modo crecieron: sin saber el motivo real por el cual no podían compartir una vida en común, ambas hermanas fueron construyéndose a sí mismas sin la mirada de la otra y sobre todo como si cada una fuera la hija única de un matrimonio divorciado, distanciándose entre sí, forjando sus propios secretos y sus propias libertades. Pero concibiendo, principalmente, una especie de rencor y de inseguridad por sentirse tan opuestas,  sabiendo que ese fue el deseo de sus padres en primer lugar. “Se habían odiado de la manera en que se odian las hermanas.
 
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Primero, con ligeras envidias por las diferencias que sus cuerpos comenzaron a mostrar”. (…) “La envidia se desarrolló en la creencia de que la otra hermana se había llevado la mejor parte y eso las volvió rivales. Pasados los años, las hermanas se miraban de soslayo. Les bastaba con estar enteradas de la otra. Pero era una mirada oblicua, que les mostraba un recorte, un ángulo que invitaba a la especulación”. Sin embargo, como diría Nietzsche, llega un momento en la vida en que uno debe afrontar aquello a lo que le teme para convertirse por fin en un adulto. Aunque a veces, es cierto, uno llega a ese destino sin siquiera proponérselo y entonces aquellas cosas que quedaban silenciadas por no tener nombre se precipitan un día sobre nosotros con todo el peso de la revelación.
 
Esta anagnórisis en el sentido aristotélico del término, es decir el momento exacto en que uno descubre quién es, le ocurre a Juana cuando logra destrabar el instante preciso en que comenzó el miedo. “En el intermedio de la función final, alguien tocó el camarín. Golpes de nudillos pequeños. Juana dormitaba sobre unos almohadones de terciopelo que la madre había puesto en el suelo para ella. Los goles esperaron un instante para repetirse. (…) En el momento en que bajó el picaporte, Juana abrió los ojos. Se asomó un rostro conocido bajo un maquillaje a medio quitar”. A partir de aquí, Pichonas dará una vuelta de tuerca tan enigmática como contundente y no sólo un clima siniestro y de terror empezará a envolver  la historia sino que también  tendrán un lugar predominante dos personajes que hasta el momento estaban supeditados a una trama compleja que Claudia Aboaf resuelve con maestría.  
 
Porque por un lado está Jorge, un hombre fuerte y violento no sólo con su esposa, sino también con el entorno que lo rodea, irá mostrándose a la vista de los demás como un déspota arrogante que se maneja con total impunidad en una casa cimentada sobre la amenaza y el miedo. Y por el otro, Eduardo Alcuaz, el jardinero, un hombre enano que vive con ellos y que parece salido de una película de Fellini. Tuvo distintos trabajos, entre ellos participó durante muchos años en distintas obras teatrales. Juana siente hacia él una especie de miedo primario e irracional que hasta ese día nunca antes pudo explicar.
 
“El hombrecito que vio en los ojos de su hermana y la descripción que hizo de la estatura de Eduardo, del sol y de la amenaza, se transformó en un recuerdo eléctrico. No dijo nada, pero por un momento creyó reconocerlo ubicado en su infancia”. Así, Andrea y Juana, lograrán encontrar por primera vez una causa común a modo de revancha y se afrontarán juntas contra eso que por separado nunca podrían lograr. “-Hagamos un pacto, si vamos a defendernos, que Eduardo caiga en tus manos. De Jorge me ocupo yo”. Con un manejo notable de los diálogos y un singular estilo poético, Claudia Aboaf ha escrito una novela entrañable, dura por momentos, donde la psicología de los personajes asumen una dimensión existencial llevada al límite. Pichonas es una  notable novela que indaga sobre aquello que llamamos experiencia y no es otra cosa que recuerdo acumulado.