03/06/2015 Osvaldo Quiroga

Luminosa novela de Claudia Pieiro

El error más común en el que se incurre cuando se habla de la escritora Claudia Piñeiro es vincularla directamente con Las viudas de los jueves. Como si su nombre fuera sinónimo del título de una de sus primeras novelas.

Por Osvaldo Quiroga

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Otra de las cosas que sucede con la autora es considerarla parte central de un paquete de best sellers, donde entran desde libros de autoayuda hasta novelitas sensibleras. Y la verdad es que Claudia Piñeiro ha demostrado un crecimiento constante en sus procedimientos estéticos. Textos tan entrañables como Elena sabe, en el que narra el descenso de una mujer aquejada de un mal incurable, o Un comunista en calzoncillos, donde irrumpe la figura de su propio padre, se alternan con tramas policiales, precisas y atractivas, como es el caso de Tuya o la más reciente Betibú.
 
Una suerte pequeña, su última novela, no sólo es un texto de una escritura envolvente, sino también una indagación sobre la responsabilidad y las consecuencias de ciertos actos que pueden parecer inocentes a simple vista. No vamos a contar la historia, porque nunca un comentario crítico debería avanzar en ese sentido. Sin embargo en este caso es imposible no dar algunas pistas para poder seguir avanzando. María maneja su auto y atraviesa un paso nivel de manera imprudente. En el asiento trasero viajan su hijo Federico, de seis años, y Juan, un compañerito de escuela. El auto de detiene en la mitad de las vías. Cuando aparece el tren ella intenta salvar a los dos chicos, pero lo logra sólo con su hijo. A partir de ese momento la existencia de María se convierte en un infierno. ¿Por qué se salvó su hijo y no el amiguito? ¿Qué reacción tendrá la comunidad a la que pertenece su familia frente a la tragedia? ¿Cómo reaccionarán con Federico los compañeros de Colegio? ¿Qué actitud tomará su marido? En toda buena novela las respuestas escasean y las preguntas abundan. A medida que se avanza en la lectura aflora el dolor de manera contundente. María ya no será aquella mamá que llevaba sus hijos a la escuela. La desgracia la ha convertido en otra. Pero también le ha de deparar una suerte pequeña, o inmensa, depende de cómo se mire. Un hecho fortuito la ubica al lado de un hombre, Robert Lohan, director de un prestigioso colegio de Boston, que lentamente la ayudará a recuperarse de la tragedia y le ensañará que no es lo mismo una mujer rota que una mujer dañada.
 
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Lejos del tono policial de algunas de sus novelas, valiéndose de una escritura rigurosa y de un tratamiento de la palabra exquisito, Claudia Piñeiro avanza en su relato por los costados psicológicos de cada uno de sus personajes. Consigue que el lector se sumerja en la historia y la viva casi como propia. En algún punto, la autora habla de ciertos aspectos de la condición femenina. Porque ser madre, cuando la vida aparece tan dañada para todos, implica tomar decisiones que van en contra de los conceptos más conservadores de la maternidad. Y en el caso de esta madre atormentada las decisiones son valientes, aunque en la radicalidad de los hechos se le vaya parte de la vida.
Es sabido que nadie puede regresar y modificar lo que hizo. El psicoanálisis nos enseña que el margen de libertad que tenemos es bastante escaso. El sujeto es opaco a sí mismo.
 
“La vida se me aparece comuna sucesión de períodos –dice Proust en En busca del tiempo perdido- en cada uno de los cuales, al cabo de cierto tiempo, desaparece todo rastro del presente”. Quizá el problema es que nada desaparece por completo. Los recuerdos toman otra forma y se esconden detrás de otras acciones. A menudo el ser humano es ignorante de las causas que determinan su conducta. El derrotero de María es un ejemplo en ese sentido. El corazón de lo real no es racional. El camino de la protagonista de Una suerte pequeña, quizá la mejor novela de Claudia Piñeiro, la lleva al sitio donde quería estar. Al fin de cuentas la felicidad no es otra cosa que una construcción en medio de la adversidad.
 
Claudia Piñeiro acierta también a la hora de construir los personajes masculinos. Robert Lohan se impone al lector como un hombre capaz de comprender y de ver lo que otros no pudieron, o no fueron capaces de descubrir en María. En ese sentido Una suerte pequeña es una novela de amor. Del amor posible, de la suma de gestos y actitudes que hacen que una mujer pueda sentirse protegida y feliz con un hombre. Pero no se trata de una felicidad de telenovela, ni de nada que se le parezca. Es probable que cuando alguien llega al límite de lo que puede tolerar, por los motivos que sea, se abra un sendero y que tomarlo no sólo sea una tabla de salvación, sino la posibilidad de elegir una vida distinta.
 
Novela existencial, Claudia Piñeiro sorprende otra vez por su ductilidad a la hora de escribir. Ya no son aquellos personajes de clase alta encerrados en los barrios privados. Tampoco lo central aquí es una crisis matrimonial, y mucho menos un crimen. Con el tiempo su literatura se ha concentrado en el detalle y en la reflexión acerca del mundo en el que vivimos. Tal vez en Una suerte pequeña todos los personajes tengan sus razones para actuar como actúan. Pero sólo María y Federico, su hijo, son capaces de construir desde los escombros. ¿Qué otra cosa podían hacer si no apostaban a la vida? Una vez más el azar juega un papel importante. La vida dañada tiene una segunda oportunidad. Lo demuestra Claudia Piñeiro en esta novela tan luminosa como entrañable.