27/05/2015 Historias de la Copa Amrica

Racismo a beneficio

Después de la participación de argentinos y brasileños en el Torneo Sudamericano de 1920, ambas asociaciones decidieron organizar un amistoso a beneficio en Argentina. Marchaba todo viento en popa hasta que un periodista uruguayo escribió: “Monos en Buenos Aires”.

Eduardo Cantaro

Por Eduardo Cantaro


La cuarta edición del campeonato sudamericano se había jugado en Santiago, capital de Chile, donde Uruguay había obtenido su tercer título continental. El segundo lugar había quedado para Argentina, que empató con charrúas y chilenos, mientras que el defensor del título, Brasil, terminó en la tercera colocación.

Como los brasileños tenían que pasar por Buenos Aires en su camino a casa, decidieron participar de un amistoso con Argentina, a beneficio del Asilo de Huérfanos Militares.

La justa deportiva tenía fecha para el domingo 3 de octubre de 1920 en el field de Sportivo Barracas, otrora casa principal de la selección albiceleste. Pero un terrible diluvio hizo postergar el encuentro para el miércoles 6, en el mismo estadio.

Antonio Palacio Zino era un periodista respetado. Nacido del lado oriental del Río de la Plata, era una de las plumas a leer para el pueblo futbolero. Era abogado, le gustaba “firuletear” con las oraciones, era hábil y sabía mucho del juego, Incluso fue integrante de la delegación uruguaya en la Copa de 1919 disputada en Brasil.

Con su lírica habría de dejar dos apodos en la posteridad: fue él, en 1915, quien creó el mito de “La cancha del lechero ahogado” para el reducto de Tigre. El hecho de aquel día, 2 de diciembre, en realidad fue que un hincha estaba siendo acercado al estadio por el lechero y cuando bajó, cayó en una zanja. La herida más grave fue una salpicadura, pero el mito creció con el paso del tiempo.

Anteriormente, le había regalado el apodo de “Calamares” a los jugadores de Platense, pero no por el color de la camiseta, sino porque su cancha tenía barro constantemente, debido a la cercanía con el río. Y en esa cancha, decía Palacio Zino, “se movían como calamares en su tinta”.

El uruguayo aportaba de vez en cuando notas en el diario Crítica y tal vez su mayor desatino fue la nota de presentación del partido Argentina – Brasil. Quedaba claro que los brasileños no le caían bien y lo expresaba desde su crónica arrancando livianito: “Ya están los macaquitos en tierra Argentina. Esta tarde habrá que prender la luz a las 4 de la tarde para verlos”.

El charrúa seguía con su crónica y en lugar de bajar los decibeles, le subía el volumen: “Los hemos visto pasar por esas calles a los saltitos. Si alguna gente nos resulta cómica son los brasileños. Son elementos de color que visten como nosotros y pretenden confundirse con la raza americana, gloriosa por su pasado y grande por tradiciones”.

Los visitantes recibieron un ejemplar de Crítica y no les cayó demasiado bien el relato. Ofendidos por los escritos fueron hasta la redacción de diario para tener “una charlita” con Palacio Zino. Se cuenta que le quisieron hacer comer la nota. Y también la ligó Taborda, el dibujante que aportó los simpáticos monitos.

Tars esa agresión sufrida por el medio porteño, los jugadores Telefone, Rodrigo, Japonés, Junqueira, Fortes y Zezé se negaron a ser parte del partido el miércoles 6 aprovechando la estadía para salir a caminar por la calle Florida.

El resto de los deportistas decidieron presentarse por respeto al público, pero con su limitado plantel no llegaban a juntar 11. Si agregaban a Oswaldo Gómez, jefe de la delegación, sumaban siete.

Mientras tanto, el público comenzaba a impacientarse, porque el aperitivo (un partido de intermedia) había pasado hacía rato y los seleccionados no salían al campo de juego.

“Somos argentinos papá” dijo un dirigente que en las gradas había divisado footballers de la primera división.

Con un nivel de elección digno de patovica de boliche, fue directamente a los morochitos: Castro,  de Del Plata; Solari y Baigorri de Chicago y un cuarto sin identificar, salieron a la cancha vistiendo los colores del conjunto visitante.

Los hinchas habrán tardado 30 segundos en darse cuenta que había 4 colados en el equipo brasileño y empezaron a tirar a la cancha todo lo que tenían a mano. Eran 5000 espectadores enojados que estaban siendo estafados impunemente: “Querían ver fútbol internacional, para eso habían pagado su entrada, no para ver al 4 de Chicago” relataba el periodista de La Nación.

Entonces, con un poco más de cordura, decidieron hacer un partido 7 contra 7 en dos tiempos de 30 minutos que terminó 3 a 1 para los albicelestes. No fue ni por asomo un partido internacional,
.
Mientras tanto, el periodista charrúa tenía la certeza que iba a pasar unos días “engayolado”. Palacio Lino, desde su publicación Míster Bull (cuenta el historiador Sergio Lodise “una revista deportiva destinada al público que pocos años antes había comenzado a leer e interesarse en los sueltos periodísticos que hoy llamaríamos chusmerío”), repetía una otra y vez que era una brincadeira, una broma que, a la luz de los resultados, había salido demasiado mal.