16/04/2015 Gustavo Dessal

La Moda Del Je Suis

El psicoanalista y escritor Gustavo Dessal, que días atrás presentó en Buenos Aires su libro en colaboración con el sociólogo Zygmunt Bauman, reflexiona en este texto -exclusivo para su publicación en esta agencia- sobre los efectos corrosivos de lo políticamente correcto en sociedades donde ese concepto encubre otros modos de dominación y colonialismo.

Por Pablo E. Chacn

Este es el texto:

  Si no fuese suficiente con la política para mantenernos en un estado que fluctúa entre el desconcierto, la ira y la desazón, resulta ya francamente deplorable el grado de estupidez que lo políticamente correcto puede alcanzar. Asombra comprobar la disparatada discordancia que existe entre la disolución de prácticamente todos los valores, licuados en la deshumanizada amoralidad del mercado, y la corrección política con la que se pretende compensar la creciente desorientación del individuo posmoderno. 

  La sucesión de despropósitos, originados a partir de las declaraciones  de Domenico Dolce (uno de los fundadores de Dolce&Gabanna) sobre su visión de la familia, pone de manifiesto uno de los síntomas más interesantes de nuestra época: la hipocresía al servicio de una épica de la libertad. Domenico Dolce, preguntado por la revista Panorama si le habría gustado ser padre, responde taxativamente que su condición de gay se lo impide. Está convencido (lo cual dista mucho de que pretenda convencer a nadie) de que la familia es una institución que no debe modificarse, y que un niño solo puede ser el fruto de un padre y una madre. Debo reconocer, más allá de mi opinión personal al respecto, que hay dos cosas que me han gustado de sus palabras. La primera, es que afirme que la familia no es una moda pasajera. Esto, en boca de uno de los iconos de la moda, no deja de resultar interesante. 

  La segunda, que posee un calado mucho mayor (incluso aunque tal vez el propio Dolce ignore lo que en verdad está diciendo) es haber afirmado: Creo que no se puede tener todo en la vida, en referencia a lo que califica como los hijos de la química, los niños sintéticos, los que provienen de úteros de alquiler, casi elegidos por catálogo.  Antes de que mi comentario encienda más la mecha de una polémica muy mal llevada por todos sus interlocutores, debo aclarar que la primera observación ayuda a pensar que las transformaciones de la estructura familiar no pueden ser abordadas con la ligereza de una moda, y que no se puede tener todo es en este contexto algo mucho más serio que el acostumbrado tópico. Si algo cabe rescatar de estas declaraciones (que como veremos no tardaron en desencadenar una oleada de absurda indignación en algunos, y un arrimar el ascua a sus sardina en otros) es ese no se puede tener todo, una sentencia que, más allá de lo que Dolce piense sobre la paternidad contemporánea, estalla como una provocación insoportable en un mundo embriagado de la fe en lo contrario, en que no solo sí se puede tener todo, sino que se lo debe buscar como sea, puesto que en eso consiste -supuestamente- la libertad: en que nada se interponga entre el sujeto y la realización de sus deseos.    Algunos famosos, como Elton John y Madonna, parecieron sentirse directamente aludidos por las palabras del modisto, y no solo clamaron al cielo en defensa de sus cachorros, sino que incitaron a una suerte de yihad amenazando con lanzar al fuego las prendas de D&G de sus guardarropas, y promover una campaña para boicotear la compra de los productos de esa marca. En distintas ciudades, grupos de gays, lesbianas y colectivos varios organizaron manifestaciones para repudiar las opiniones de Dolce. Atenazado por terribles escrúpulos morales, Giuliano Federico, director de la revista de lujo de la firma italiana, decide renunciar a su puesto por considerar que las declaraciones de Domenico Dolce son totalmente incompatibles con mi conciencia como ser humano (sic). Por su parte, los grupos de la ultraderecha católica aplaudieron al diseñador, al que pretenden convertir ahora en abanderado de la defensa de la familia tradicional. Es una lástima que en plena batahola, y posiblemente atemorizado ante el movimiento sísmico que no imaginaba provocar, Dolce cometa la -esta vez imperdonable- imbecilidad de diseñar un cartel en el que puede leerse “Contra la falsa informazione: Je suis D&G”.  

  Mientras esta secuencia de idioteces tenía lugar fundamentalmente en el seguro territorio virtual de las redes sociales, 140 personas en Yemen volaban por los aires del espacio real. La noticia pasó casi desapercibida en Twitter y Facebook, y ninguna celebrity se ocupó del asunto. 140 yemenitas y más del doble de mutilados no son materia interesante ni para Elton John ni para Madonna, ni mucho menos para los líderes mundiales, que sin embargo no dudaron en marchar en apretada fila para repudiar el asesinato de los humoristas de Charlie Hebdo. Poco importó que en aquella manifestación, personajes de dudosa calaña como Netanyahu y algunos otros que contribuyen activamente  a la barbarie cotidiana se mostraran compungidos. El público los aplaudió, gritó vítores a la policía (la misma que mañana no vacilará en apalear a sus admiradores), y se sumó con absoluta pasión a la moda del Je suis, que aunque dicho en francés y en la primera persona del singular, equivale indudablemente al universal del Todos somos. La libertad de expresión se defiende como un bien en sí mismo, sagrado e intocable, siempre y cuando no lesione mi sensibilidad personal. Elton John se siente con el absoluto (y desde luego indiscutible) derecho de ser padre, pero condena al fuego a Domenico Dolce (en el acto simbólico de quemar sus prendas) por expresar una opinión que ofende su ego.

  Es evidente que la blasfemia es algo que no solo afecta a los que pertenecen a la comunidad islámica. Dolce no ha necesitado meterse con el Corán para ser amenazado de muerte, una muerte sublimada, un intento de aniquilación social, por supuesto, pero que respira una intransigencia cargada de un narcisismo exacerbado.   

Esta pequeña muestra de la incongruencia humana no es algo que deba asombrarnos por completo. Forma parte de nuestra condición desde el fondo de los tiempos, y es una excelente prueba de que las formas cambian, pero que no sucede lo mismo con algunos de los resortes más profundos de la subjetividad. No suscribo las palabras de Domenico Dolce, pero sería una imprudencia tomar a la ligera algunas de sus implicaciones. En primer lugar, porque estamos aún desprovistos de la perspectiva temporal suficiente para evaluar el derrotero al que puede conducirnos una biogenética a la que debemos numerosos progresos, pero cuyos límites desconocemos, porque la tecnociencia es una maravillosa maquinaria que ignora la causa última que la mueve. Más aún, no tiene el más mínimo interés en saber sobre dicha causa.   

En segundo lugar, porque la objeción de Dolce al todo (No se puede tener todo en la vida) es, en definitiva, lo más políticamente incorrecto que se ha atrevido a pronunciar el modisto. Vivimos en una época en la que el desacato a la inercia del todo se experimenta como una afrenta peligrosa, inaceptable, por desafiar el imperativo moderno de que nada puede ni debe ser imposible. Es incluso bonito privarse de algo, dice el modisto en algún momento de la entrevista. ¿Privarse de algo? ¿No será esa una satisfacción demasiado arriesgada como para dejarla correr? La globalización no puede permitirse el lujo de semejante disidencia, y aunque la mitad de la humanidad vive privada de casi todo lo esencial, lo importante es que el mensaje no decaiga.   

Todos somos todo, aunque sea mentira, aunque no todos somos ni siquiera algo, aunque no todo sea posible, ni todo pueda lograrse, ni todo deba convertirse en pura mercancía, ni todos los deseos tengan por qué ser satisfechos. Hay que seguir manteniendo el mensaje a toda costa, y que el sistema continúe reproduciendo su mecanismo letal. Es por eso que si alguna esperanza de cambio puede albergarse, solo podrá provenir de un pensamiento que se afirme en el principio del no-todo, un principio que no niega el derecho de todos, pero que intenta hacer compatible la singularidad de cada uno con la participación en la vida común.