21/03/2015 Esteban Rodrguez Alzueta

A propsito de Pnicos Morales, de Kenneth Thompson

En Pánicos morales, el investigador y sociólogo británico Kenneth Thompson desarma esa categoría, viga maestra del lazo social contemporáneo, para pensar su relación con lo real de la política, la criminología, la psicopatología y la industria de los medios, usando también la historia y la mitología a la hora de situar su uso.

Por Pablo E. Chacn

El libro, publicado por la editorial de la Universidad Nacional de Quilmes (UnQ), en la colección que dirige Alejandro Kaufman, es comentado en exclusiva para esta agencia por el cientista social Esteban Rodríguez Alzueta, autor, entre otros libros, de Contra la prensa y Temor y control. La gestión de la inseguridad como forma de gobierno.
 
Acá el texto:
Hay categorías que tienen la capacidad de sobrevivir al paso del tiempo y llegar hasta nosotros más o menos ilesas. El pánico moral es una de ellas. Tal vez porque los libros donde se formuló por primera vez nunca fueron traducidos al español. Una categoría que resistió a los pastiches académicos y los embutes que trama el periodismo. Se sabe, cuando los académicos o los periodistas se enamoran de una categoría, la palabra se devora a su sentido y será muy difícil seguir utilizándola. Si todo se vuelve pánico, todo es causa del pánico, objeto de pánico, entonces nada lo es y hay que ponerse a inventar otra categoría para explorar más o menos lo mismo que se quería explorar con su uso.
 
Pánico es una categoría con historia, y una historia de larga duración porque nos remonta a la Grecia antigua. Pan era el dios de Arcadia, otro protector de los griegos que difundía el terror entre los pastores y sus rebaños. Todos recordarán la pintura El coloso, de Francisco de Goya, de la serie pinturas negras. Allí se pinta a Pan como un coloso golpeando con sus puños un cielo cargado de nubes que espanta y dispersa a la multitud como sucede en la torre de Babel.
 
Pánico moral fue la categoría que compuso la criminología anglosajona para explorar una serie de fenómenos emergentes a fines de los 60 y principios de los 70 en Europa y los EEUU. Me refiero a los trabajos de Stan Cohen (Folk devils and panic moral, de 1972); Jock Young (varios artículos, entre ellos The drugtakers, de 1971) y un poco más tarde, en 1978, el libro de la Escuela de Birmingham compilado por Stuart Hall y Tommy Jefferson, Policing the crisis: Mugging, the state and Law and order (Vigilando la crisis: Mugging, El Estado, la ley y el orden). Estos estudios intentaban explorar los procesos de estigmatización y demonización de los que eran objeto algunos grupos de jóvenes, en especial, la contracultura juvenil definida por determinadas prácticas y consumos.
 
El pánico no fue contra las drogas en sí sino contra la gente que utilizaba las drogas y las razones por las que las utilizaba. Es decir el problema no era tanto el la droga sino la cultura hippie que rodeaba la droga y que promovía niveles extravagantes de hedonismo y expresividad. Por otro lado, el pánico moral estaba enraizado en transformaciones masivas en el sistema de valores y en las relaciones de producción y consumo en las sociedades occidentales.
 
El pánico moral, entonces, era un síntoma, la expresión de otros fenómenos más profundos, otros conflictos subyacentes que tenían que ver con el impacto de cambios económicos en la vida de las personas, en sus hábitos, costumbres, tanto en la cultura burguesa como proletaria. Conflictos que daban cuenta de una brecha generacional. Así, frente a la vida afectiva estable (la familia y el matrimonio) anteponían el amor libre y la vida en comunidad; frente al trabajo y la disciplina que postergaban la felicidad para tiempos mejores (cuando los ahorros fueran suficientes), actividades hedonistas que privilegiaban la gratificación inmediata.
 
Decía Cohen: Periódicamente, las sociedades parecen caer en accesos de pánico moral. Una condición, un episodio, una persona o un grupo de personas aparece y es descrito como una amenaza para los valores e intereses de la sociedad; los medios de comunicación lo presentan de forma estilizada y estereotipada; editores, obispos, políticos y otras gentes de la derecha se atrincheran entonces en sus combates morales; expertos socialmente acreditados pronuncian sus diagnósticos y soluciones; se buscan alternativas para afrontar el problema o (lo más frecuente) se recurre a ellas cuando no hay remedio; entonces la condición desaparece, se sumerge o deteriora y se vuelve más visible. De modo que -agregaba-, cuando la reacción oficial a una persona, un grupo de personas o una serie de acontecimientos no guarda absolutamente ninguna proporción con la amenaza real existente, cuando los ‘expertos’, bajo la forma de los jefes de policía, el poder judicial, los políticos y los editores, perciben la amenaza en términos casi idénticos (…), cuando los medios enfatizan los aumentos ‘repentinos y drásticos’ (…) y la ‘novedad’ en una medida mucho mayor de lo que una evaluación sobria y realista podría sostener, entonces creemos que es apropiado hablar de un pánico moral.
 
Luego, la Escuela de Birmingham, le dará una vuelta de tuerca porque leerá el pánico moral en clave gramsciana, tratando de pensar, por ejemplo, la relación que existe entre el pánico moral y la crisis política que como se sabe, es la crisis de confianza de las élites. Cuando las clases dirigentes no pueden dirigir, encuentran dificultades para ganarse la adhesión de los sectores subalternos, y suelen construir chivos expiatorios tratando de desplazar la cuestión social por la cuestión policial, haciendo derivar la atención hacia otros problemas menores que tienen sin embargo la capacidad de ganarse la atención y la adhesión de aquellos sectores debido a que se trata de problemas que involucra valores y tocan fibras muy sensibles que no están dispuestos a resignar.
 
¿Qué es el pánico moral? Una presentación de temas (identificados como problemáticos) exacerbados si se los compara con la realidad; una presentación pública exagerada de la conflictividad social; que magnifican los fenómenos. Es decir, el pánico es moral porque es subjetivo, ficticio, desproporcionado. La experiencia pánica dejó de ser real para volverse moral. Eso no significa que no tenga efectos de realidad. El pánico moral amplifica los problemas hasta volver maniquea la realidad, hasta partir a la sociedad en dos (buenos y malos). Porque los pánicos funcionan como los mitos: son pedagogías maniqueas que tienen la capacidad de escindir a la sociedad, de cortarla en dos.  
 
El pánico moral es un punto de vista moral de las cosas. Aquellas imágenes-fuerza no tienen pretensiones de objetividad. Antes que buscar comprender se apresura a abrir un juicio negativo sobre los actores alcanzados con las etiquetas que va tallando.
 
Semejante a los espirales del silencio que tienden a producir consensos súbitos ante el temor de quedar solos, estos espirales de indignación también producen consensos difusos. Solo que estos consensos no están hechos de silencio sino de bravatas, de pirotecnia verbal.
El pánico moral es consecuencia de las presentaciones espiraladas de significación. Tema que retoma Thompson en varias oportunidades cuando vuelve sobre los trabajos de Stuart Hall y su grupo. ¿Qué es la espiral de significación? Un proceso de significación pública amplificado de episodios de conducta desviada para crear una sensación de riesgo creciente.  ¿Cómo se logra esto? A través del tratamiento o la especial cobertura que el periodismo ensaya a través de determinados hechos.
 
Para Thompson, la categoría regresa pero en plural. No se habla ya de pánico moral -en singular- sino de pánicos morales. El uso del plural se justifica no sólo porque el autor se propone hacer un estado de la cuestión en torno a los estudios sobre el pánico moral desde su formulación hasta la fecha, sino porque pretende hacer alusión a las diferentes formas que asume el pánico en la sociedad contemporánea.
 
Pánico a la inflación, a los negros, a la gripe A, a los motochorros, a los pedófilos, a los piqueteros, a los pibes chorros, a los barrabravas, los transas, el sida, las villas, los chavistas, al paco, etc. El uso del plural se explica por su volubilidad, es decir, por la rapidez con la que va cambiando de forma. Y porque tienden a involucrar a diferentes actores. Antes el pánico se focalizaba en un actor particular y ahora tiende a atrapar a muchos actores. Los actores que fueron apuntados alguna vez como provocadores de pánicos, no desaparecen de la escena. Subsisten como fantasmas. Y como todos los espectros tienen incursiones intermitentes, aparecen y desaparecen constantemente de las tapas de los diarios, en las habladurías, en el barrio. Los pánicos morales no van quedando atrás sino que van sedimentando las napas de la memoria.
 
Esta categoría regresa y cobra centralidad en un contexto donde los mass media tienen cada vez mayor protagonismo en la definición de los problemas públicos. El especial tratamiento que el periodismo en general y el periodismo televisivo en particular ensaya sobre determinados eventos referenciados como noticiables actualiza el uso del pánico moral. En efecto, en la última década asistimos a un cambio de la agenda policial en los medios. El pasaje del delito al miedo al delito coincide con el pasaje de la crónica policial (el caso) a la agenda securitaria (la ola). El problema ya no es el delito (un hecho extraordinario) sino otro delito (un evento ordinario). Los hechos son inscriptos en una serie para plantear un nuevo problema: la inseguridad. Y cuando los problemas se plantean de esta manera, se entiende que el periodismo no quede boyando alrededor del victimario que era contado a través de estrategias literarias que retomaba del grotesco para hacer patente precisamente el carácter extraordinario. Hoy en día la palabra la tiene la víctima. El movilero le zampa el micrófono a todas las víctimas, tanto a la víctima directa como a las victimas indirectas o potenciales. Porque si el problema no es lo que pasó sino lo que nos puede pasar, todos tenemos algo para decir, una sensación que compartir y nos apiñaremos para impartir la nueva ética protestante.
 
El pánico moral es el punto de encuentro entre el punitivismo de abajo y el punitivismo de arriba; el momento donde confluyen los emprendedores morales y los demagogos. En contextos caracterizados por el debilitamiento de horizontes de certezas o crisis de confianza, los pánicos morales puede ser los mejores insumos para religar (el lazo social) y rellenar (vacíos políticos). Por abajo, funcionan como una suerte de reserva moral, umbrales que la sociedad no está dispuesta a resignar.
 
Por arriba, son la expresión de la instrumentalización política del miedo, otra promesa de regulación social. Contribuye a recrear consensos difusos vacíos de política. Cuando los dirigentes tienen dificultades para ganarse el consentimiento y la adhesión de los distintos sectores, empiezan a evocar los fantasmas avivados por el periodismo que se convertirán muy rápidamente en la vidriera de la política.