14/02/2015 Osvaldo Quiroga

Samanta Schweblin: el campo es peligroso, siniestro y perfecto

Basta con pasar revista a los libros publicados por Samanta Schweblin –El núcleo del disturbio, Pájaros en la boca y Distancia de rescate- para advertir que estamos frente a una de las voces centrales de la literatura argentina.

Por Osvaldo Quiroga

Y no solo por la originalidad de sus planteos, el núcleo de su literatura es la riqueza con la que maneja la lengua literaria y la relación que hay en sus textos con ciertos elementos ominosos y siniestros. Finales imprevisibles, distintos puntos de vista, deslizamientos insospechados en la trama y una descripción de la subjetividad de los personajes precisa y reveladora, alimentan la estética de una de las narradoras más jóvenes y talentosas de nuestras letras.
 
“La distancia de rescate –dice Samanta- es la que imaginamos al intentar salvar al otro de algo terrible que puede ocurrirle. ¿Cuánto tiempo tengo para lograrlo? ¿Dónde me encuentro en el momento en el que tengo que actuar?  Quizás en un instante puede perderse todo. Tal vez no llegue a tiempo para evitar el acontecimiento. De eso quise hablar en mi novela. Que empezó siendo, como todos mis textos, un cuento, pero a medida que iba escribiéndolo percibía que necesitaba más espacio para narrar la historia y encontrar el tono que buscaba.
 
De eso se trata la literatura, de encontrar una cadencia que parezca la única posible para narrar esa historia. Darse cuenta de lo importante es más difícil de lo que parece. También Distancia de rescate tiene que ver con la palabra justa. Cuando escribía observaba de qué forma hay que ordenar las palabras para hallar esa precisión que define lo esencial”.
 
Freud sostiene que lo siniestro es aquello que resulta extraño y familiar al mismo tiempo. La literatura del siglo XIX y también la del XX, con algunas excepciones, como es el caso de Horacio Quiroga, describe el campo como un paisaje bucólico y abierto. En Distancia de rescate, en cambio, el campo aparece como un lugar contaminado con agrotóxicos que producen distintas enfermedades, como malformaciones y varios tipos de cánceres. El que esto ocurra, claro, guarda estrecha relación con la lógica capitalista de la productividad por encima de cualquier otra consideración.  El verde de nuestras llanuras, la idea de inocencia que supone la contemplación de la naturaleza va enrareciéndose en el relato de Samanta Schweblin hasta acercarse a un límite donde lo real de la muerte se asoma de manera amenazante y casi insoportable. Eso es, precisamente, lo siniestro.
 


La historia de Amanda, Carla, Nina y David elude los lugares comunes para sumergirnos  en un clima ominoso. David le exige a Amanda que cuente sus recuerdos. ¿Pero se pueden contar los recuerdos sin evitar cierta imprecisión? ¿Cómo se narra lo insoportable? ¿Con qué palabras? “El punto exacto está en un detalle, hay que ser observador”, dice David insistentemente. Amanda entonces se ve compelida a repasar los acontecimientos que sucedieron en los últimos días, pero para ello tiene que recurrir a cierta exactitud exasperante. El lector participa de las mismas preguntas que se hace la narradora: “¿Qué pasa en ese mismo momento? ¿Cuándo empezaste a medir esa distancia de rescate? ¿Qué se siente ahora, exactamente ahora? ¿Por qué las madres hacen eso?”.
 
Samanta Schweblin reflexiona sobre su novela  y explica cómo la necesidad estética se impuso para que un posible cuento se convirtiera en una nouvelle de ciento veinticuatro páginas. “Traté de formularme algunas preguntas, aun cuando sabemos que toda respuesta es incompleta. Tengo una cabeza de cuentista, pero una historia tan introspectiva como la de Distancia de rescate no  podía contarse en diez páginas.
 
La búsqueda de un punto específico en un formato donde lo narrado se construye y se deshace simultáneamente necesitaba de otras estrategias narrativas. Para mí es muy importante la tensión. El libro lo presenté en México, en la Feria de Guadalajara, y para muchos de los asistentes a la presentación era literatura fantástica. Cuando en realidad las malformaciones que producen ciertos agroquímicos, las desgracias que generan en una y otra generación, hoy son una realidad insoslayable. En algún momento uno de mis personajes dice que aquí ningún chico nace bien. Y es verdad, sobre todo en algunos lugares de nuestro país. En ese sentido David carga las desgracias en su propio cuerpo. El campo se impone aquí como algo peligroso, siniestro y perfecto. Sí, perfecto,  como nos pasa con los tomates que muchas veces lucen impecables, todos del mismo color, y sin embargo en algún momento de su cosecha pudieron ser los causantes involuntarios de cosas terribles.
 
La belleza puede asociarse con algo terrible. Y la distancia de recate es el tiempo que le llevaría a un padre rescatar a su hijo si se cae a la pileta o le pasa algo. Me gusta pensar también en el hilo de pescar que en cualquier momento te puede matar. Y sin embargo nadie lo asociaría con la muerte. En mi novela el lector tiene la sensación de que puede pasar lo peor. Disfruto con esa sensación de inminencia de una revelación, algo que está por ocurrir y no ocurre. Y además la promesa de esa revelación”.
 
A la hora de hablar de las lecturas y de las influencias de otros autores en su literatura, Samanta Schweblin no duda en elegir a algunos creadores norteamericanos. Nombra a Flannery O’ Connor, a John Cheever y a Raymond Carver. Y aclara: con los latinoamericanos me deslumbré siendo muy joven, pero con los estadounidenses aprendí a escribir. Creo que ellos trabajan un realismo muy especial y potencian sus ideas de manera exquisita.
 
Los personajes de Schweblin, casi todos los de sus cuentos, son sujetos fracturados que reciben las noticias sobre si mismos a través de aquello que les es más extraño y más irreconocible. Esta es una constante que se repite en los cuentos de El núcleo del disturbio y Pájaros en la boca. Para los textos de esta escritora, tan distintos a cualquier corriente de moda, la historia no es el pasado, la historia es el pasado historizado en el presente. El pasado es siempre una deformación de quien relata en tiempo presente. Toda la obra, breve por ahora, de Samanta Schweblin, cabalga sobre la búsqueda de ese punto esencial en el que la ficción trata de dar cuenta de lo que ocurrió a través de los recursos de la mejor literatura.