05/02/2015 Historias argentinas

Dinamita en el parque

El parque 3 de Febrero, en Palermo, hoy uno de los espacios verdes más importante de Buenos Aires, fue a fines del siglo XIX, lugar de grandes controversias. Allí estaba la casa de Rosas, allí su mejor enemigo Sarmiento imaginó la piedra angular de una nueva civilización y asistió a sus tropiezos, allí Menem, cien años después, quiso imaginar un pasado sin conflictos. La casona de Restaurador, su demolición para conjurarlo, el parque moderno, el "Sarmiento de Rodin" y hasta la ecuestre de Rosas en pleno neoliberalismo. Todo eso y más, en un espacio saturado de significaciones.

Mariana Santngelo

Por Mariana Santngelo


“En la noche fui a Palermo, tomé papel de la mesa de Rosas y una de sus plumas, y escribí cuatro palabras a mis amigos de Chile, con esta fecha: Palermo de San Benito, Febrero 4 de 1852. Era esta una satisfacción que me debía (…). Había cumplido la tarea.” Así cuenta el boletinero Sarmiento su entrada al caserón en la noche posterior a Caseros. Entra satisfecho al “Versailles bárbaro” formando parte del ejército vencedor de Urquiza. Para su regocijo encuentra también unos apuntes que un soldado rosista le había robado semanas antes. Habían pasado por la vista del tirano, había quizás pensado –imagina Sarmiento– que él le zumbaba cerca, esperando su caída. Sin embargo, el presagio le es devuelto: los papeles están “amarrados con una ancha cinta colorada”. Ve en ello que al carro triunfante “le faltaban las tuercas de todos los tornillos”, vislumbra su alejamiento del caudillo entrerriano y su nuevo exilio. El punzó se negaba a desaparecer.

La vivienda de Rosas ya había sido centro de varias polémicas. Los detractores del gobernador habían querido leer en ella un signo inequívoco de la barbarie y de la rusticidad. De nuevo Sarmiento toma la delantera: acusa “la desnudez de sus murallas, la falta de colgaduras, cuadros, jarrones, bronces y cosa que lo valgan”, las “habitaciones estrechas”, los “galpones de obra en las esquinas, hechos sobre arcos que reposan en columnas sin base, ni friso”, sólo aquel “bigotito de ladrillo salido que ponen loa albañiles en los arcos de los zaguanes”, y todo construido sobre un terreno cenagoso mal elegido y en esquina “como una pulpería”. Malicioso semiólogo, añade: “toda la novedad, toda la ciencia política de Rosas estaba en Palermo visible en muchas chimeneitas ficticias, muchos arquitos, muchos naranjitos, muchos sauces llorones”.

Rosas había elegido construir su residencia privada y su sede política en esos terrenos alejados para ese entonces del centro de Buenos Aires, pero con buenos caminos hacia el centro y hacia sus estancias. Una profunda transformación de suelos inundables había hecho del caserón el centro de un lugar que conjugaba producción, política y también parque público. La ausencia de jerarquías y de fronteras nítidas entre lo público y lo privado del caserón determinaba que los usos recreativos no fueran infrecuentes para los habitantes de la ciudad.

Como es sabido, el sanjuanino tendría todavía mucho que decir sobre la suerte del edificio y de esas tierras después de Caseros. Rápidamente y suponiendo que el lugar era expresión de la tiranía vencida, proponía “someter a la cultura” a Palermo. Exposición agrícola, escuela de Artes y Oficios, Colegio militar, Liceo Naval fueron varias de las refuncionalizaciones de la construcción, dependencias estatales que se pretendían instrumento civilizatorio en un lugar construido por la “mano del despotismo”. Por acto de la Providencia, dice Sarmiento, Rosas sirve a su pesar. Entretanto, en 1875 se inaugura el Parque 3 de Febrero, espacio social utópico, donde todos los ciudadanos, sin diferencias, se darían cita. (En 1882 Sarmiento lo vive como fracaso: el parque “aún no forma parte de la vida de Buenos Aires”, sólo la gente de gala lo frecuenta.)

No obstante, los trabajos sobre el parque siguen su curso de la mano de Carlos Thays. Pero los ladrillos del caserón siguen impávidos en su sitio. No por mucho más. En 1899 se vuelve intolerable esa mancha en un parque que cultiva el buen gusto. Es preciso abrir las perspectivas, dejar de estropearlas con ese “cuerpo chato y vulgar”, dice La Prensa. Quitar el siniestro recuerdo. Los jardineros de la civilización precisan liberarse del pasado, allanar el terreno, borrar las huellas y comenzar de nuevo.

El intendente Bullrich decide acabar con el edificio. (Experiencia familiar no le faltaba en eso de desbrozar y lotear la campaña para rematarla al mejor postor.) La controversia crecerá en los diarios. Fray Mocho, desde Caras y Caretas, defenderá la necesidad de que el caserón siga en pie. Aquellos arcos aún hablan, fueron la “pampa salvaje reclamando a cuchillo sus derechos” y ahora el criterio vengador –dice– borrará con la piqueta esa presencia por lo menos pedagógica.

Se decide hacerlo a lo grande. Un espectáculo de dinamita que haga saltar por los aires cualquier vestigio. Una sola lección. El 2 de febrero a la noche, para que “el sol de Caseros” ya no encuentre ni su sombra. Asado y fiesta, bombitas eléctricas iluminando todo y un nutrido público que grita festivo cada aviso de explosión. Sin embargo, sus escombros no se convierten en naturaleza, porque la batalla sigue. La humareda levanta todo tipo de espectros: las entrevistas con el Restaurador, las visitas de Manuelita, el arroz con leche del sobrino Mansilla, los colgados de Aquino…

El conjuro no es aún completo. Sólo trece meses después, el 25 de mayo de 1900, una multitud vuelve a ocupar el terreno. Civiles y decenas de formaciones militares. Nuevas explosiones: salvas para festejar el acontecimiento. En la esquina que ocupaba el caserón se descubre la estatua de Sarmiento encargada al eximio Rodin. “¿Quién es ese Picio desgalichado”, de “frente deprimida”, “nariz ondulada”, “pelo largo”, “ojos hundidos” y una “pierna a la rastra”? Esperaban la silueta de un gigante y el escultor francés les devuelve un “abate del siglo quince”, un “burócrata cualquiera”. Nadie parece reconocer a Sarmiento. Una estatua equívoca e infiel que parecía una broma póstuma del suelo en el que se levantaba. Si “eso” no es Sarmiento, la identidad del sitio también quedaba en suspenso.

Casi cien años después Rosas vuelve. Lo vuelven. En 1999 se construye su estatua ecuestre en Palermo, en diagonal a la de Sarmiento. Su cuerpo descansaba en suelo argentino desde hacía diez años, repatriado por Menem como prenda de unidad nacional, para “despedir un país viejo, malgastado, anacrónico” e “inaugurar el tiempo de la gran síntesis entre todos los argentinos”. Un consorcio amplio y sin discordias que incluía los primeros indultos que firmaba ese mismo año.