29/01/2015 "Los metales terrestres"

Una lrica de luz y sombras que danza alrededor de las preguntas esenciales

En Los metales terrestres, el poeta Jotaele Andrade compone un poemario marcado por diversas formas de la pérdida, representada a partir de preguntas que se formulan para saberse vivo, hasta la exploración de un ser cambiante que insiste en nombrar, líricamente, el mundo en una búsqueda desesperada por encontrar la luz en la propia oscuridad.

Por Juan Rapacioli

 
El libro, publicado por Añosluz Editora, cuenta con una contratapa a cargo de Liliana Herrero, donde la cantante argentina sostiene que "este hombre habla del cuerpo, de la putrefacción de las cosas, de la intemperie vital, del deseo constitutivamente trivial y de la huida constante del mundo". 

Jotaele Andrade (La Plata, 1974) es autor de El salto de los antílopes, El oleaje del mundo, Elefantes con anteojos y La mano del verdugo, entre otros libros. Es coordinador, además, del Festival Internacional y Acampada poética de la Ciudad de Azul. 

¿Cómo pensaste el poemario? ¿Qué son los metales terrestres? 
Fui tanteando a partir del concepto que quería trabajar, los primeros cuatro o cinco poemas son cruciales para encontrar el tono, ahí se descarta mucho material. En este caso, el concepto son los metales terrestres. El tono se fue depurando hacia un lugar que trata de explicar qué son estos metales. No sólo son los elementos -fuego, agua, aire, tierra-, sino un lugar de resonancia. El metal más alto de la vida es la poesía, porque puede crear mundos. La flor no puede admirarse de sí misma, ya que necesita la otredad. El tono de este libro es de desesperación y de épica. Uno de los pocos poemas de amor es el que le da nombre al libro, a partir de él danzan los demás. 

A través del libro se percibe una búsqueda de luz en la oscuridad, que también puede entenderse como la búsqueda de la belleza en el caos… 
Es muy extraño que el ser humano se pase buscando la luz cuando el universo está hecho de luz. Hay millones de soles de distintos tamaños; nuestro sol, al lado de algunos, es un grano de arena, pero el universo también es eso: una especie de diamante compuesto de soles y lo aledaño es supuesto vacío, lo que llamamos la nada. Sin ser grandilocuente, la búsqueda de los metales es esa. Intenté pararme en el lugar de extrañar la luz pero desde la sombra. Pensar la luz como algo que no termina de anclar; por eso, este es un libro de pérdidas. 

¿La idea de la pérdida tiene relación con las preguntas que no encuentran respuesta? 
Las preguntas que me hago en este libro están planteadas de otro modo en "Los prodigios menores", un poemario que es primo-hermano de Los metales; ahí retomo la idea de que el ser humano es un prodigio menor, el amor y la vida también lo son, por la cuestión universal, hay cosas, mundos, metales, que no conocemos. Otro de los conceptos que hay acá es la pudrición de una manzana. Esa cuestión de la fugacidad establece una contraposición entre la existencia de lo total, la eternidad, con nuestra fragilidad como mortales.

También se puede ver un diálogo con lo femenino en distintos niveles… 
Me gusta hablarle a lo femenino, todo lo que tenga que ver con la creatividad está ahí, por algo se llama poesía, se llama vida; se dice 'el hombre' genéricamente, pero la vida es la vida, la flor es la flor, la tierra es la tierra, la luna es la luna, y así. Esa cuestión de la feminidad tiene que ver con una otredad con la que trato de sostenerme. Lo veo como un lugar de fertilidad donde uno puede descansar; a veces la mujer, la niña, tiene que ver con la infancia. Creo que Gelman fue quien dijo algo así como que 'todo lo que no supe en mi infancia no lo sé ahora', porque todo lo que uno vio en la niñez después lo va repitiendo con menos gracia, con menos magia.



Se nota en cada poema un trabajo cuidado con el ritmo y la lírica, ¿en qué consiste ese proceso creativo? 
En realidad este es un libro al que no le tenía fe, lo quería destruir. Para mí los poemas son visiones, y esas visiones no están hechas sólo de palabras, sino de texturas, colores, sonidos. Cuando hacés el traslado de visión a lenguaje hay una pérdida enorme, y además están las propias limitaciones que hacen que haya una doble pérdida. Para escribir un poema puedo estar cinco horas, es una especie de trance, soy otro, hay una tensión que me requiere el poema donde el mundo queda afuera o yo quedo afuera del mundo. Se inscribe una nueva realidad en la que yo quedo inmerso y es como chapotear en un líquido amniótico.

Pero más allá de ese buceo, cuando salgo y veo lo que quedó me suele producir mucha ira, porque siento que no llegué a alcanzar eso que buscaba; es como querer agarrar un cometa que pasa y que solo te queden cenizas. Charly García dice que "todo se construye y se destruye tan rápidamente que no puedo dejar de sonreír", parafraseándolo digo: todo se construye y se destruye tan rápidamente que no puedo dejar de escribir.