16/01/2015 Historias argentinas

Puños mocovíes

Todo juego encierra en sí mismo aquella posibilidad, la de eludir un horizonte prefigurado. Y pocos juegos como el boxeo –ese combate sometido a mínimas pero concisas reglas– poseen ese carácter trastocador. Pero para Monzón, ese orden invertido no estaba destinado a durar.

Mariana Santángelo

Por Mariana Santángelo



Contaba Leonardo Favio hace unos años que para 1975 ya había comprado los derechos a la viuda de Gatica para filmar la vida del boxeador. Lo cierto es que, al advertir el tembladeral político que se venía, se decide por una película “chiquitita” y encara Soñar, soñar (que se terminaría estrenando en julio de 1976 y en un marco que terminó superando cualquiera de sus premoniciones). Elige sin embargo convocar a otro ídolo popular del boxeo para hacer de compañero de ese busca transhumante y melancólico que en la pantalla personifica Gianfranco Pagliaro. Carlos Monzón es allí Charly, un empleado municipal que aspira a ser artista y acompaña fielmente los pasos y los traspiés de su mentor. A Favio lo hacía acordar a su propia adolescencia en Luján de Cuyo, a “lo crédulos que éramos muchos”. Efectivamente, ese Charles Bronson local – cuyo cuerpo viril la película se anima a mostrar con ruleros en una escena memorable de acicalamiento y coquetería entre hombres– había nacido en un barrio humilde de Santa Fe, San Javier, lugar del “último malón” del siglo XX. (“¡Deficiente! ¡Indio!”, le grita Pagliaro a Monzón luego de una de las tantas rutinas fallidas que intentan sus personajes. “¿Yo indio? ¿Y vos qué sos?” “¡Europeo!”)

Monzón deja la escuela en tercer grado y se la rebusca como puede en distintos oficios hasta que entra en el gimnasio de boxeo. Allí, de la mano de su entrenador Amílcar Brusa, comienza una meteórica carrera con más de setenta victorias en el mundo amateur. Ya en 1963 debuta como púgil profesional, ganando por nocaut ese primer combate. Los puños mocovíes continúan en línea ascendente hasta que en 1966 se convierte en campeón argentino de peso mediano, y luego sudamericano tres años después. La consagración llegará, no obstante, en un cuadrilátero romano. En el Palacio de los Deportes, el 7 de noviembre de 1970 Carlos “Escopeta” Monzón desbarata cualquier cálculo al noquear con un potente derechazo al preferido Nino Benvenuti. Se convierte esa vez en campeón mundial de su categoría, título que defenderá en catorce ocasiones durante siete años y que marcará un récord sólo mucho después igualado. Con sólo 35 años, en agosto de 1977 Monzón anuncia su retirada como el mejor boxeador argentino de la historia.

Tres años antes había comenzado una irregular carrera cinematográfica. Su debut en la pantalla grande será en 1974 junto a Susana Giménez en La Mary, película de Daniel Tinayre en la que la pareja protagónica inicia también un tumultuoso y renombrado romance. Por aquellos años los apodos que le llegan serán más aduladores, lejos del “Monito” que también Gatica recibía con furia. Carlos Monzón será en ese momento el “Macho”, como lo llamaba su amigo Alain Delon, organizador de las muchas fiestas del jet set europeo en las que participará el santafesino. (El Macho será también el nombre de un inefable western ítalo-argentino que Monzón filma en 1977.) Como otros boxeadores, había esquivado –quizás momentáneamente– su destino de clase y había conseguido una vida repleta de lujos y mujeres en la que la cantidad de trajes y zapatos era siempre un dato rápido con el que explicaba el tamaño de su éxito.

Todo juego encierra en sí mismo aquella posibilidad, la de eludir un horizonte prefigurado. Y pocos juegos como el boxeo –ese combate sometido a mínimas pero concisas reglas– poseen ese carácter trastocador. En el ring se reduce a su mínima expresión la contienda humana. Se ha dicho, por otra parte, que para reconocer quién ocupa el último lugar de la escala social, nada más fácil que ver los avisos de las peleas de boxeo, seguir los nombres, sus procedencias.

Para Monzón ese orden invertido no estaba destinado a durar. En el verano de 1988 golpea salvajemente a su mujer Alicia Muñiz y la tira por un balcón. Por el crimen es sentenciado a once años de prisión. Cumplirá casi un lustro tras las rejas antes de conseguir la libertad condicional. En enero de 1995, en una de esas salidas transitorias, y de regreso a la cárcel, pierde la vida en un accidente automovilístico.

Dos años antes, en 1993, Favio había conseguido finalmente filmar su Gatica. En plena desarticulación de las conquistas populares, la parábola del peronismo que encerraba el film se hacía necesaria para “traerla a la memoria de la gente y mostrarla a las nuevas generaciones”. Según el cineasta, la vida del boxeador que había hecho rugir la leonera sintetizaba un legado, un tiempo, que debía transmitirse aún en ese contexto desfavorable. Otros, menos optimistas, creían que ese relato podía ser contado precisamente porque se trataba de una pasión irrepetible y cancelada que recién ahora podía compartirse. El sepelio de Monzón reveló que sus seguidores –a pesar de la caída– seguían siendo muchos. El cementerio municipal de Santa Fe se llenó con una multitud que trasladó a pulso el féretro desde la entrada hasta el nicho final. Cualquiera que vea el registro en video de ese momento lo puede escuchar: son muchos los que lo lloran y gritan “¡el negro no se va, el negro no se va!”. Tras eso la proclama cambia o se completa con otra: “¡Argentina, Argentina!”. ¿Qué partes de la nación se enterraban y qué otras pervivían en el entierro del ídolo?